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sobre Agolada
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A las diez de la mañana, la lluvia fina deja un velo de perlas sobre los Pendellos. Bajo los cobertizos de piedra y madera, el silencio huele a castaña y a cuero curtido. En este lugar empieza muchas veces el turismo en Agolada: bajo una veintena larga de arcadas donde, hace siglos, los mercaderes colocaban el ganado, el lino o los aperos sobre mesas de piedra. Hoy solo hay un gato naranja que se estira entre los pilares, indiferente al paso de los coches que cruzan la nacional sin bajarse.
Agolada no se entrega de golpe. Hay que andarla despacio, con tiempo de sobra y botas que aguanten el barro. Está en un cruce de caminos entre Lugo, Pontevedra y A Coruña, y cuando sopla el viento se lleva las palabras por la carretera. Las casas bajas se agrupan alrededor del asfalto como si buscaran refugio. El arroyo Ferreiroa corre por detrás, murmurando el antiguo nombre latino —Aqua Lata— que muchos relacionan con el origen del topónimo: agua conducida, agua que nunca se queda quieta.
El olor del cuero y el humo del laurel
En la parte alta del pueblo, el antiguo curtido se ha convertido en museo. El Museo do Couro no es un lugar de vitrinas brillantes: es más bien un almacén de olores. Entras y el cerebro viaja: piel mojada, aceites, el ácido que quitaba el pelo, el humo de los secaderos. Las máquinas de coser todavía conservan el desgaste de los dedos que pasaron por ellas.
Durante mucho tiempo el cuero fue uno de los oficios importantes del lugar. Las pieles se trabajaban aquí y luego salían hacia talleres de otras ciudades gallegas y, según cuentan, también más allá. Hoy queda la memoria de ese oficio y algunas piezas que aún aparecen en los días de feria.
La feria grande coincide con San Pedro, a finales de junio. Entonces Agolada cambia de ritmo: ganado en los Pendellos, conversaciones a media voz que acaban en trato cerrado y puestos donde huele a embutido ahumado desde primera hora. Conviene acercarse temprano. A media mañana la plaza ya está llena y cuesta moverse entre los soportales.
El Arnego y la piedra que fue puente
A pocos kilómetros, el río Arnego se abre paso entre robles y tejos. La senda suele empezar cerca del área recreativa de Carmoega, donde los domingos se oyen parrillas chisporroteando y niños corriendo hacia el agua.
El camino es llano, de tierra y grava, y el río avanza a la derecha con un murmullo constante. En los tramos más cerrados la humedad cubre las piedras de musgo y el suelo se vuelve blando. Al llegar a Pena Maior el paisaje se abre y entra más luz: el valle respira y el agua parece ir más despacio.
Antes de un viejo puente de piedra entre las aldeas de la zona, el río hace un remanso. Se dice que aquí hubo paso desde muy antiguo, cuando estos valles conectaban rutas interiores de Galicia. Al atardecer, si el cielo está limpio, el arco se refleja en el agua y durante unos segundos parece un círculo completo que tiembla con cada corriente.
Cuando el pueblo huele a crema y almendra
En Ferreiroa, parroquia vinculada a la conocida torta del lugar, los tejados de pizarra y los rosales de los jardines marcan el ritmo de las casas. La receta es sencilla —crema pastelera, hojaldre, almendra laminada— pero cada familia guarda su forma de hacerla.
Tradicionalmente se preparaba para los domingos o para celebraciones pequeñas. Hoy todavía aparece en algunas cocinas del municipio, muchas veces por encargo y sin cartel en la puerta. En el propio pueblo suelen saber quién la está haciendo esos días; preguntar funciona mejor que buscar un escaparate.
Un pueblo que se mueve despacio
Agolada no funciona con horarios turísticos muy claros. Para orientarse, lo más práctico suele ser acercarse a la biblioteca o al propio ayuntamiento, donde acostumbran a indicar rutas y puntos que ver por la zona.
Entre ellos aparece a menudo el pazo de Borraxeiros, una construcción que se levanta donde hubo una fortaleza anterior vinculada a las revueltas irmandiñas. El hórreo, largo y elevado sobre varios pares de pies, es de lo primero que llama la atención desde el camino. Las visitas al interior no siempre están disponibles, así que conviene informarse antes.
Si vienes en otoño, trae paraguas y calzado con buena suela. Las castañas caen sobre los caminos y la piel se aplasta en el suelo como pequeñas bolas resbaladizas. En mayo, en cambio, el aire cambia: el toxo florece en los bordes de las fincas y las tardes se alargan lo suficiente como para quedarse un rato en la plaza cuando cae el sol.
Evita las horas centrales de la feria de San Pedro si prefieres ver los Pendellos con calma. Hay años en que el pueblo se llena hasta tres veces su tamaño y las casetas de feria acaban tapando la piedra.
Cuando te marches, el coche dejará de oler a cuero y empezará a oler a campo mojado. Cruzarás la nacional en dirección al monte Farelo y, en el retrovisor, quedarán los tejados rojos y las arcadas de los Pendellos. A esa hora, si vuelve la lluvia fina, es probable que el gato naranja haya recuperado su sitio entre las columnas.