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sobre Maceda
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Las castañas calientes revientan entre los dedos cuando las sacas del papel de estraza. Es domingo de noviembre, las once de la mañana, y el olor a humo de leña sube desde los puestos de la plaza. En un banco alguien sopla sobre un vaso de vino nuevo. Arriba, el castillo de Maceda vigila desde su peña. Si uno llega al pueblo en esos días, entiende rápido de qué va esto: caminar despacio, levantar la vista y dejar que el lugar hable.
La piedra que cuenta historias
A unos 580 metros de altitud, entre robles y castaños que en octubre se vuelven de oro apagado y cobre oscuro, Maceda se abre sobre el valle del Támega. Cuando el sol de invierno entra bajo, la piedra granítica de las casas refleja una luz fría que se queda pegada a las fachadas. Las calles suben con decisión hacia el castillo. En algunos tramos el pavimento está gastado.
Las casas llevan tejados de pizarra negra, pesados, inclinados para que la lluvia no se quede. Desde cerca se ven los líquenes en las juntas de la piedra y las contraventanas de madera que crujen al abrirse por la mañana.
El Castelo de Maceda domina todo ese conjunto. Sus muros gruesos y las torres redondeadas recuerdan que no nació como edificio bonito sino como defensa. Tradicionalmente se cuenta que aquí pasó parte de su infancia Alfonso X, que más tarde sería llamado el Sabio.
Hace ya unos años el edificio se restauró y empezó a utilizarse como alojamiento. Dormir allí cambia la perspectiva: las ventanas miran al pueblo desde arriba y, cuando cae la noche y se apagan la mayoría de luces, solo se oye el viento moviendo los pinos de la ladera.
Cuando el pueblo se disfraza
En enero Maceda cambia de ritmo. Durante las semanas de Entroido aparecen los felos, una figura muy ligada a esta zona de la sierra de San Mamede. Llevan medias blancas hasta la rodilla, una especie de capa hecha con mantas o colchas antiguas y una máscara de madera donde suele aparecer dibujado el animal de la sierra.
Bajan corriendo por las cuestas haciendo sonar los chocos que llevan atados a la cintura. El ruido rebota contra las paredes de granito.
No es un desfile pensado para quien llega de fuera. Es algo que la gente del pueblo lleva dentro desde críos. Las abuelas miran desde los balcones con mantas sobre las piernas y los niños observan con mezcla de respeto y ganas de ponerse la máscara cuando les toque.
A última hora de la tarde el aire huele a masa frita, a chocolate caliente y a humo de las hogueras que se encienden para espantar el frío.
El sabor de la sierra
Noviembre trae otro olor reconocible: castaña asada. Alrededor de San Martiño suele celebrarse el magosto, una reunión sencilla alrededor del fuego donde las castañas se abren con un chasquido seco y el vino nuevo todavía está algo turbio.
En muchas casas aparece entonces el cocido con grelos, contundente, pensado para días fríos. El butelo —un embutido muy ligado a estas montañas— cuece despacio con garbanzos mientras las ventanas se empañan por el vapor.
También circula el pudin de castaña, que no se ve todo el año. Requiere tiempo y bastante fruto seco, así que suele aparecer cuando la cosecha ha sido buena. Si llegas en temporada es fácil verlo en los escaparates de las panaderías del pueblo, normalmente en bandejas bajas y oscuras.
El agua que busca su camino
Debajo del casco urbano el río Laboreiro baja entre rocas claras y manchas de musgo. El paseo fluvial sigue su curso durante un tramo corto, lo que se recorre en unos veinte minutos caminando sin prisa. El sonido del agua cambia: a veces resbala suave entre las piedras y otras cae en pequeñas cascadas.
Quedan varios molinos antiguos junto al cauce. Algunos conservan todavía las piedras de moler y las entradas por donde se desviaba el agua para mover la maquinaria.
Por esta zona también pasa una ruta cicloturista que enlaza distintos pueblos del entorno. Son algo más de treinta kilómetros con bastantes subidas, sobre todo al acercarse de nuevo hacia el castillo. En primavera los márgenes del camino se llenan de brezos y de pequeñas orquídeas silvestres que aparecen entre la hierba.
Cuándo ir y qué conviene saber
Octubre suele ser uno de los meses más agradecidos para pasear por Maceda. Los castaños están en pleno cambio de color y la temperatura permite caminar cuesta arriba sin acabar sudando.
En agosto el ambiente cambia bastante. Muchos vecinos que viven fuera vuelven al pueblo y aparecen coches aparcados en cualquier hueco. Hay más movimiento en las terrazas y el silencio de otras épocas del año se pierde un poco.
Si buscas calma, un día de otoño entre semana funciona mejor: las calles están tranquilas y todavía hay tiempo para detenerse a hablar con alguien del pueblo. A veces alguien acaba contando la historia de João da Nova, el navegante nacido aquí que participó en expediciones portuguesas por el Atlántico hace más de cinco siglos.
Un detalle práctico: el comercio sigue horarios muy locales. El sábado por la tarde muchas persianas bajan y el ritmo se vuelve más lento. Conviene llegar con lo necesario comprado o simplemente asumir esa pausa como parte del lugar.