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sobre Rianxo
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Llegué a Rianxo un martes a mediodía, con la marea baja y ese olor a mejillón que se queda flotando en el aire. Si buscas turismo en Rianxo, te cuento una cosa rápida: en menos de diez minutos me crucé con tres vecinos que me saludaron como si fuera de la familia, y yo todavía estaba intentando recordar dónde había dejado el coche. Ese es Rianxo. Tiene esa manera de tratarte como si llevaras viniendo toda la vida.
Donde los escritores se quedaron a vivir
Rianxo es como ese barrio que no suele salir en las guías grandes pero del que todo el mundo de la zona habla. Aquí nacieron Manuel Antonio, Rafael Dieste y Castelao. Tres nombres que, si te interesa un poco la cultura gallega, aparecen enseguida.
Manuel Antonio fue poeta, Dieste tiró más hacia el teatro y la narrativa, y Castelao… bueno, Castelao es una figura enorme en Galicia. Escritor, dibujante, político. De esos nombres que aparecen en los libros del colegio y que luego, cuando vienes aquí, entiendes un poco mejor.
La casa donde nació sigue en el casco urbano. Es una vivienda de piedra bastante sobria, con su balcón de hierro y una placa que recuerda quién vivió allí. Cuando entras te das cuenta de algo sencillo: el tipo creció mirando la misma ría que ves tú al bajar hacia el puerto.
También hay un pequeño museo de escultura contemporánea en el pueblo. No es muy grande, pero tiene piezas que te hacen pararte un rato a pensar qué estaba intentando contar el artista. Algunas se entienden rápido; con otras te quedas mirando unos segundos más de lo previsto.
El pazo que se cree castillo y la iglesia que guarda sorpresas
El Pazo do Martelo tiene ese aire de edificio que empezó siendo una cosa y terminó siendo otra. La torre original es medieval, y luego la familia fue ampliando el conjunto con el tiempo. El resultado es una mezcla curiosa entre casa señorial y pequeña fortaleza. Hoy forma parte del patrimonio histórico protegido.
La iglesia de Santa Columba, en cambio, por fuera parece bastante discreta. Piedra, líneas sobrias y ese aspecto típico de muchas iglesias gallegas que llevan siglos viendo pasar la lluvia.
Pero si levantas la vista hacia los canecillos —las pequeñas piezas de piedra bajo el tejado— aparecen algunas figuras bastante… explícitas. Escenas que hoy llamarían la atención en cualquier fachada, y más en una iglesia. No es algo raro en el románico gallego, pero siempre sorprende cuando te das cuenta de lo que estás mirando.
Mejillones, xoubas y fiestas que huelen a ría
La ría de Arousa manda en la cocina local. Mejillones, sardinas pequeñas —aquí llamadas xoubas— y mucho producto que sale prácticamente directo del mar a la mesa.
Con el mejillón pasa algo curioso: si lo has comido muchas veces en ciudades grandes, aquí notas la diferencia enseguida. No hace falta mucha elaboración. Cocido al momento, un poco de limón si acaso, y listo.
Las xoubas tienen incluso su propia fiesta gastronómica en el pueblo, algo bastante habitual en Galicia con los productos del mar. Y también suele celebrarse una feria que recrea cómo era la vida en Rianxo a principios del siglo XX, con vecinos vestidos de época y puestos tradicionales por las calles del casco histórico. Más que un espectáculo montado para turistas, se parece bastante a una fiesta del propio pueblo.
Petróglifos, hórreos y una subida con recompensa
En los montes cercanos aparecen varios petróglifos, como los de Os Mouchos o Rianxiño. Son grabados prehistóricos con espirales y figuras geométricas que llevan miles de años ahí. No siempre se ven a la primera; después de lluvia o con la luz lateral suelen apreciarse mejor.
Otro punto curioso está en la parroquia de Araño, donde se conserva un hórreo enorme, conocido por su gran capacidad de almacenaje. Cuando lo ves de cerca impresiona bastante: parece casi un pequeño edificio alargado apoyado sobre decenas de pies de piedra.
Para llegar hasta esa zona hay caminos y carreteras que suben bastante. Nada dramático, pero de esos tramos que te recuerdan que en Galicia el paisaje bonito casi siempre viene acompañado de una cuesta.
Arriba, eso sí, las vistas de la ría compensan el esfuerzo.
Cómo moverse por Rianxo sin complicarse
Un par de cosas prácticas.
Si vienes en verano, lo más cómodo suele ser dejar el coche cerca de la entrada del casco urbano y moverte andando. Las calles del centro son estrechas y de piedra, y aparcar cerca del puerto a ciertas horas puede ser un pequeño deporte de paciencia.
Otra: aquí el marisco no se compara. Simplemente se come y se disfruta. Es un tema casi emocional.
Y sobre cuándo venir, muchos gallegos prefieren mayo, junio o septiembre. En pleno verano el ambiente se anima bastante porque llega gente de otras partes de Galicia, sobre todo de ciudades cercanas.
Yo estuve en septiembre, durante las fiestas grandes del pueblo. Música en la plaza, gente bailando, familias enteras en la calle hasta tarde. En ese momento entiendes algo: Rianxo no vive de aparentar nada. Tiene su ritmo, su ría delante y una historia cultural que pesa bastante para un sitio de este tamaño.
Cuando te vas, el pueblo sigue igual: entre el mar y el monte, con sus bateas al fondo y las casas mirando a la ría. Y con esa sensación de que aquí la vida pasa despacio, pero pasan muchas cosas.