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sobre Ribeira
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Hay puertos que parecen un decorado y puertos que funcionan como un taller mecánico a pleno rendimiento. Ribeira es de los segundos. A las ocho de la mañana, en el muelle de Aguiño, un tipo con gorra de visera grita números mientras agita un percebe del tamaño de un dedo gordo. La escena va tan rápida como una subasta de coches usados: manos que se levantan, alguien chasquea la lengua, otro asiente sin hablar. Nadie lleva papel ni calculadora. En tres minutos se ha vendido medio centenar de kilos de percebe fresco sacado de las rocas del Cabo Corrubedo hace apenas una hora. Si buscas el tópico del Galicia “muy gallega”, Ribeira te lo suelta así, sin presentación.
La Ría que da de comer
Ribeira no es un pueblo, es la capital del Barbanza y se nota. Las calles desembocan en el puerto como cuando en una ciudad industrial todo acaba cerca de la fábrica. Terrazas con marineros desayunando en chubasquero amarillo, furgonetas frigoríficas entrando y saliendo como taxis en una estación.
Aquí no hay cascos históricos pulidos como una vitrina. Hay grúas, lonja y olor a algas cuando baja la marea. Con unos 27 000 habitantes es uno de los municipios más poblados de la provincia de A Coruña, pero parece más grande porque el puerto de Santa Uxía de Ribeira —ese es el nombre oficial desde los años ochenta— mueve pescado como un mercado mayorista en día fuerte. Atún, sardina, percebe o berberecho salen cada jornada hacia medio continente.
El contraste llega cuando dejas el paseo marítimo y tomas la carretera hacia el Parque Natural del Complexo Dunar de Corrubedo. El cambio es rápido, como pasar del ruido de una lonja a una biblioteca. En diez minutos pasas de barcos de aluminio a la duna móvil más grande de Galicia. Es una montaña de arena que avanza cada año unos metros y que ya se ha comido pinos y parte de lo que fue un camping.
El paisaje tiene algo desconcertante. Dunas que parecen sacadas de otro sitio, lagunas con aves y un Atlántico que entra con viento serio. Puedes caminar descalzo un rato, pero trae chaqueta. Aquí el aire pega igual en enero que en julio.
Ir despacio o no ir
Ribeira funciona mejor cuando caminas. La Sendeira do Complexo Dunar son unos cinco kilómetros llanos. Algo así como dar un paseo largo por el paseo marítimo de cualquier ciudad, pero entre arena, lagunas y pinos bajos. Parece fácil, pero la arena se cuela en las zapatillas como si tuviera vida propia.
Si te entra curiosidad por la parte más antigua, el castro da Cidá queda a un paseo corto desde el centro de interpretación. Casas circulares del siglo IV a.C., vistas abiertas a la ría y, encima, una caseta‑facho del siglo XVIII que servía para avisar de barcos enemigos. Es como cambiar de canal con el mando: pasas de la Edad del Hierro al siglo XVIII en la misma colina.
La travesía a la isla de Sálvora ya es otra cosa. Requiere permiso del Parque Nacional das Illas Atlánticas y algo de planificación. El barco suele salir por la mañana desde el puerto de Ribeira. La isla tiene faro, un pazo grande que hoy funciona como albergue y un pequeño núcleo abandonado desde los años setenta, cuando vivir allí empezó a ser demasiado complicado.
Caminar por Sálvora tiene algo raro. Casas vacías, eucaliptos caídos, caminos que terminan en el mar. Es como entrar en una casa que alguien dejó a medio recoger hace décadas.
Lo que se come de verdad
En Ribeira se come lo que llega al puerto. Así de simple. Cuando es temporada —más o menos de marzo a agosto— los percebes se pagan caro. La razón se entiende rápido: saben a mar concentrado y comerlos tiene algo de ritual, como abrir pipas pero con agua salada.
Si el percebe se dispara, hay alternativas que salen igual de la ría. Caldeirada de bogavante, pulpo á feira con cachelos o empanada de berberechos. En los bares del puerto todavía pasa algo muy gallego: pides un trozo de empanada y la persona de la barra pregunta si quieres que te lo caliente, como haría tu madre con una tortilla que quedó de ayer.
De postre aparece a veces la tarta de castañas del Barbanza. Más densa que la de Santiago, casi como una crema espesa que aguanta en el plato. Con café entra sola.
Fiesta, pero sin decorado
El Entroido ribeirense tiene ese punto de caos que tienen los carnavales de pueblo cuando nadie está pendiente de la foto para redes. Aquí queman al “Meco”, un muñeco enorme que representa al invierno. Imagínate un espantapájaros gigante vestido con ropa cualquiera, como si hubieran vaciado un armario entero encima.
Lo pasean por las calles y al final termina en una hoguera. Mientras tanto suena la charanga, se reparte pulpo y la gente se queda charlando en la calle aunque haga frío.
En verano aparece la Festa da Dorna. Carreras de embarcaciones tradicionales en la ría, barcos de madera preparados por familias enteras. Los mayores afinan el casco, los jóvenes reman y desde la orilla la gente mira con una lata en la mano. La escena recuerda un poco a las regatas improvisadas que montan los amigos en la playa, solo que aquí llevan décadas haciéndolo.
Cómo no fastidiarla
Aparcar cerca del puerto tiene truco. Si llegas tarde, puedes acabar dando vueltas como cuando buscas sitio frente a un supermercado un sábado por la mañana.
Si vas a Corrubedo fuera del verano, lleva agua contigo. En muchos días de invierno el entorno está tan tranquilo que parece una playa abierta solo para quien haya decidido madrugar.
Y con Sálvora conviene ser flexible. Cuando el mar se pone serio, los barcos no salen. En ese caso toca plan B: paseo por el castro, vuelta por la costa y algo caliente al final del día.
Y una cosa más que no suele aparecer en los folletos: Ribeira no es un sitio de postal. Funciona más bien como esas cocinas de mercado donde todo va rápido y nadie está pensando en decorar el plato. No vas a encontrar la foto perfecta a cada esquina. Pero después de un par de días comiendo pescado recién llegado y caminando junto al Atlántico, empiezas a entender por qué tanta gente de aquí no se quiere ir. Y por qué el olor a sardina en la ropa deja de molestarte. Empieza a sonar a casa.