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sobre Beariz
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A las nueve de la mañana, cuando la niebla aún se aferra a los valles del Avia, las campanas de Santa María repican despacio. En Beariz no hay prisa. Algunas mujeres cruzan la plaza con paso tranquilo, a veces con cestas de mimbre bajo el brazo, camino de hacer recados. El pan suele aparecer a media mañana, cuando llega. Nadie parece tener demasiada urgencia: el ritmo del pueblo se mide de otra manera.
Desde el pequeño alto junto al cementerio se abarca casi todo el núcleo: tejados de pizarra oscura, la torre de la iglesia cortando el cielo gris y, alrededor, laderas de castaños que en otoño huelen a humedad y a fruto recién caído. El pueblo está a más de seiscientos metros de altitud y el aire suele sentirse fresco incluso cuando en el valle aprieta el calor.
Un pueblo con muchas mujeres
Beariz arrastra desde hace años un desequilibrio demográfico llamativo: viven bastantes más mujeres que hombres. En la práctica se percibe en escenas muy concretas. Por la tarde, cuando baja el sol, los bancos de la plaza se llenan de conversaciones entre vecinas que comentan la huerta, los nietos que vienen el fin de semana o quién ha vuelto al pueblo después de años fuera.
Los hombres que quedan suelen andar por las fincas o atendiendo animales en las casas de alrededor. No es una postal rural: es la consecuencia de décadas de emigración y de trabajos que llevaron a muchos fuera.
La plaza cambia mucho con la luz. Por la mañana es pura piedra gris. Al final de la tarde, cuando el sol cae detrás de los castaños, las paredes de la iglesia se vuelven doradas y el aire empieza a oler a humo de leña. Es la hora en que la gente se queda un rato más en la calle antes de volver a casa.
La feria del día nueve en Doade
Cada mes, el día nueve, la parroquia de Doade se anima con una feria que sigue funcionando como mercado de la zona. Llegan furgonetas con herramientas, ropa de trabajo, plantas para la huerta y objetos difíciles de clasificar. No tiene nada de recreación histórica ni de evento montado: es un mercado rural que sigue vivo porque la gente lo usa.
A primera hora ya hay movimiento. Se mezclan el olor del pan caliente con el de la masa frita y el cuero nuevo de correas o cinturones. Los tratos todavía se discuten en voz alta, a veces con ese gesto antiguo de cerrar el acuerdo dándose la mano.
Muchos mayores llegan desde pueblos cercanos o desde O Carballiño. Pasean despacio entre los puestos, compran lo justo y se quedan charlando un rato antes de volver a casa.
Si te acercas, conviene ir por la mañana. A medida que pasa el mediodía el mercado se va recogiendo y el ambiente se apaga con rapidez.
San Xoán en Magros
En la aldea de Magros la noche de San Xoán todavía se vive alrededor del fuego. Al caer la tarde empiezan a arrimarse sillas a la plaza de la iglesia y aparecen mesas improvisadas con comida traída de casa: carne para la parrilla, pan, vino del año.
La hoguera se enciende cuando oscurece y el humo de roble se queda un buen rato atrapado entre las casas. Los más jóvenes se animan a saltar las brasas cuando el fuego baja. Los niños corretean con churros o trozos de pan en la mano mientras los mayores hablan de años pasados.
Por los montes cercanos aún quedan rastros de antiguas explotaciones mineras que funcionaron en el siglo pasado. Hoy casi todo está cubierto por helechos y musgo, y si no sabes dónde mirar pasan desapercibidas.
Cuándo ir y qué tener en cuenta
Octubre suele ser un buen momento para ver Beariz con calma. Los castañares cambian de color y el olor a castaña asada aparece en las casas y en las calles cuando empieza la temporada.
En agosto el ambiente es distinto. Las fiestas patronales traen a mucha gente que vuelve al pueblo por unos días, suena la música hasta tarde y la plaza se llena. Si buscas silencio, mejor evitar esos fines de semana.
Y un detalle práctico: cuando llueve —algo bastante habitual en esta zona— el barro aparece rápido en caminos y senderos. Un calzado que aguante agua se agradece.
Al final de la tarde el pueblo vuelve a quedarse quieto. Se oyen de nuevo las campanas, se cierran portones y las luces se encienden poco a poco en las casas dispersas por el valle. Beariz funciona así: sin grandes gestos y sin necesidad de explicarse demasiado. Solo hay que sentarse un rato y mirar cómo cae la luz.