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sobre Becerreá
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Las ocho de la mañana en Becerreá huelen a leña húmeda y a café cargado. Desde la ventana de un bar —de los pocos que abren tan temprano— se ve cómo los camiones de troncos bajan la N‑VI con la lentitud de quien conoce cada curva. Afuera, el aire pica. Es septiembre y las brasas de la noche anterior aún humean en alguna chimenea. Nadie corre. Esto es Os Ancares: aquí el tiempo se mide en sombras que bajan la ladera, no en notificaciones del móvil.
El puente de Cruzul sobre el Navia
A unos tres kilómetros del núcleo de Becerreá, el río Navia se encajona entre paredes de pizarra. Allí aparece el puente de Cruzul, de piedra, con varios arcos que salvan el corte del valle con una elegancia un poco austera, muy de esta tierra. Se levantó en el siglo XVIII para mejorar el paso en el antiguo camino hacia León, cuando la N‑VI aún era la gran vía entre Galicia y la meseta.
Hoy los coches lo cruzan despacio. Muchos frenan antes de entrar y asoman la cabeza por la ventanilla para mirar hacia abajo. El agua corre bastante más abajo del tablero y el sonido llega amortiguado, como un tambor lejano. Si te apoyas en el pretil, el viento sube desde el fondo del valle con olor a musgo, a madera húmeda y, a veces, a ganado.
Conviene parar con cuidado: la carretera tiene tráfico y el arcén no sobra.
Casas‑torre y el silencio de Penamaior
En Cadoalla, a pocos minutos en coche desde Becerreá, la Casa‑Torre aparece al lado de la iglesia de San Pedro. Es una construcción sobria, de piedra oscura, de esas que parecen llevar siglos mojándose sin cambiar demasiado. Sobre la puerta aún se distingue un escudo gastado por el tiempo; los detalles ya casi se han borrado y hay que acercarse mucho para intuir las figuras.
Un poco más allá están los restos del antiguo monasterio de Santa María de Penamaior, fundado en la Edad Media. Hoy quedan muros dispersos, piedras cubiertas de helechos y una puerta románica que sigue en pie, abierta al cielo. No siempre hay señalización clara, y parte del conjunto está muy integrado en el paisaje, así que conviene ir sin prisa y mirar bien entre los prados.
El lugar es silencioso incluso en verano. Solo se oye el viento moviendo los árboles y, de vez en cuando, alguna vaca en las fincas cercanas.
La vieja N‑VI y los rastros del camino
La N‑VI atraviesa Becerreá como lo ha hecho durante generaciones: con tráfico constante y una sucesión de curvas que obligan a bajar el ritmo. En uno de los márgenes todavía se conserva un antiguo poste kilométrico de piedra, de los que marcaban las distancias cuando esta carretera era la gran puerta de entrada a Galicia. La cifra está muy desgastada, pero aún se distingue.
A poca distancia pasa la autovía moderna, elevada sobre el valle en grandes viaductos de hormigón. Desde abajo se ve como una línea clara que cruza el monte. Desde arriba, en cambio, el paisaje vuelve a parecer el de siempre: laderas verdes, tejados de pizarra y humo saliendo de alguna chimenea incluso fuera del invierno.
Cuándo ir y qué tener en cuenta
El otoño suele ser el momento más agradecido. Los castaños cambian de color y la niebla baja al valle por la mañana, quedándose un rato sobre los tejados antes de levantarse. Entonces el aire huele a hojas húmedas, a humo de leña y a campo mojado.
En verano hay más movimiento en la carretera y en el pueblo, sobre todo los fines de semana. Si buscas calma, merece la pena acercarse entre semana y temprano. A esa hora se oyen las campanas de la iglesia, algún tractor arrancando y poco más. El resto del sonido lo pone la montaña.