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sobre A Laracha
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Hay un momento, justo cuando la AG-55 deja de ser autopista y se convierte en carretera comarcal, en el que el coche se llena de olor a mar y a col. No es una metáfora: son los campos de cultivo que rodean A Laracha y el puerto de Caión a lo lejos. Es como cuando abres la nevera de tu abuela y huele a pescado y a sopa recalentada, pero en versión paisaje.
La primera vez que pasé por aquí iba camino de Laxe, con prisas y café en vena. Pensé que A Laracha era eso: un nombre en el cartel de la autopista que lees de reojo mientras calculas cuánto falta para la playa. Error. Años después volví sin prisa y descubrí que este municipio —uno de los más extensos de Bergantiños— es como ese compañero de trabajo que parece apagado hasta que un día te cuenta que toca la guitarra en un grupo de heavy y tiene un barco en el astillero.
El truco de A Laracha
El pueblo juega con una ventaja: no parece nada especial a primera vista. La capital municipal es capital porque lo dice el mapa: un cruce de carreteras con ayuntamiento, ambulatorio y algún bar donde el café sale fuerte y rápido. Pero ahí está la gracia. Mientras otros pueblos de la costa intentan parecer de postal, A Laracha sigue siendo lo que es: un lugar donde la gente vive, trabaja y cultiva col en sus parcelas como si el turismo no fuese con ellos.
Y, aun así, tiene cosas. La autopista atraviesa el municipio como una arteria, sí, pero también deja un par de salidas que dan acceso a un territorio que se ensancha hacia el interior con montes de eucaliptos y se estrecha hacia el mar en la península de Caión. Es como cuando ves a ese amigo flaco y resulta que se quita la camiseta y está más fuerte de lo que parecía: el mar es ese músculo que no ves hasta que te acercas.
Subir sin GPS
La ruta al Mirador de Santa Marta es de esas que Google Maps marca como “sendero” pero que en realidad es una pista forestal donde se cruzan coches viejos y vecinos caminando con bolsas o mochilas. Desde la capital, la carretera hacia Cerceda se va estrechando hasta que dos coches pasan de frente con cuidado. En Soutullo hay un desvío que casi parece una broma: una explanada de tierra, un cartel algo gastado que pone “Mirador” y una flecha que apunta monte arriba.
La subida es corta —un par de kilómetros de curvas— pero cuando llegas arriba, a algo más de 400 metros, el panorama cambia de golpe. El mar aparece entero, desde Caión hasta la zona de Malpica en los días claros, con los acantilados marcando la línea de costa. Hay un banco de cemento donde los domingos se sientan vecinos a comer bocadillos o simplemente a mirar el horizonte. Ese es el punto donde A Laracha deja de ser un nombre en la señal de tráfico y se convierte en un sitio concreto.
Caión: mar de verdad
El puerto de Caión merece un párrafo aparte. No es un puerto arreglado de cara a las fotos. Es un puerto de trabajo: grúas, redes, barcos que huelen a gasoil y marineros hablándose a gritos de un barco a otro.
La península es una lengua de granito que se mete en el Atlántico con dos ambientes distintos: una playa de arena bastante abierta al mar y otra zona más pedregosa donde el agua golpea las rocas y suena como si arrastrara cristales. Cuando sopla viento, el oleaje aquí se oye desde lejos.
En Caión no vas a encontrar grandes paseos marítimos ni hoteles nuevos. Hay un pequeño aparcamiento donde la gente deja el coche y se queda mirando el mar mientras come algo rápido. Y, curiosamente, funciona: el sitio no necesita mucho más.
El monasterio de Soandres
En Soandres —una de las parroquias históricas del municipio— está el monasterio de San Pedro de Soandres. De lejos puede parecer una iglesia rural más, pero cuando te acercas empiezas a ver detalles en la piedra que delatan que el edificio tiene muchos siglos encima.
Durante bastante tiempo fue un punto importante para la vida religiosa de la zona, y todavía hoy suele haber movimiento los domingos, con gente que llega de parroquias cercanas. El conjunto está al pie del monte Pedrouzo, rodeado de prados y casas dispersas, de esos lugares donde el silencio parece parte del paisaje.
La línea de alta velocidad pasa relativamente cerca de esta zona. Al principio, cuentan algunos vecinos, el ruido llamaba la atención. Con los años se ha vuelto parte del fondo, como el mar cuando vives cerca de la costa.
Cómo encajar A Laracha en una ruta
A Laracha cambia mucho según la época. En primavera los campos de cultivo alrededor de las aldeas forman un mosaico verde que se mueve con el viento. En otoño los montes huelen a tierra húmeda y aparecen buscadores de setas que saben exactamente dónde mirar.
El verano trae más gente hacia Caión. El aparcamiento se llena rápido y la playa tiene más movimiento, sobre todo en los días claros. Aun así, sigue siendo un lugar bastante más tranquilo que otras zonas de esta costa.
Un consejo sencillo: no vengas pensando en pasar aquí un fin de semana entero con un plan cerrado. A Laracha funciona mejor como parada entre sitios más conocidos de Bergantiños. Te desvías hacia Caión, subes al mirador si te apetece ver la costa desde arriba, y sigues camino.
A veces los sitios que mejor recuerdas son esos en los que no habías pensado parar.