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sobre Cabana de Bergantiños
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Las campanas de Santa María repican a las ocho de la mañana y la niebla se desgarra en filamentos sobre los campos de maíz. Desde lo alto del valle se ve el río Anllóns serpentear entre sauces, plateado como una cinta vieja. En alguna casa ya han encendido la cocina económica y el olor a caldo con unto se cuela por las rendijas de las ventanas. Cabana despierta despacio, con ese silencio de los lugares donde el día todavía lo marcan las mareas y el ganado que sale a pastar.
La piedra que cuenta historias
A unos tres kilómetros del núcleo principal, el dolmen de Dombate aparece entre pinos y brezos. No es un simple montón de piedras: su corredor de granito guardó restos humanos y ofrendas hace unos cinco mil años. La estructura de madera y cristal que hoy lo protege deja pasar una luz blanca, muy del norte. Dentro huele a tierra húmeda y a resina de pino caliente. En los paneles se explican las pinturas que aparecieron en el interior de la cámara y cómo el monumento fue reutilizado y sellado siglos después. Durante mucho tiempo en las aldeas cercanas lo llamaron “a pedra da moura”, y todavía hay quien recuerda que de niños evitaban pasar por aquí cuando caía la noche.
Un poco más arriba, en el castro de Borneiro, el viento suele aparecer a media mañana. Las casas circulares y elípticas se dibujan sobre la ladera como un pequeño laberinto de muros bajos. Desde la muralla se alcanza a ver la ría de Corme y Laxe; en los días muy claros el horizonte del Atlántico se abre sin obstáculos. A menudo hay vacas pastando entre las piedras. Ignoran que caminan por un asentamiento de la Edad del Hierro. Si te sientas un rato sobre los bloques de granito cuando el sol ya ha calentado la ladera, la piedra desprende un olor seco, casi polvoriento, que se queda pegado en las manos.
El río que ordena el paisaje
El Anllóns marca buena parte del ritmo de Cabana. Sus orillas se llenan de carrizos y pequeñas barcas amarradas en los tramos donde la marea todavía se deja notar. Al amanecer no es raro ver a gente revisando nasas o mirando el agua con calma, esperando movimiento. El río cambia mucho según la estación: en otoño baja más lleno y oscuro; en verano se vuelve más lento y deja al descubierto orillas de barro donde se posan las garzas.
Cerca de la costa, la tierra se rompe en pequeñas furnas y grietas abiertas por el mar. Algunas solo se alcanzan por senderos estrechos que bajan entre toxos y hierba salada. Conviene mirar antes la marea: cuando el agua sube, muchas de estas plataformas de roca desaparecen en pocos minutos y las olas empiezan a golpear con un ruido hueco que retumba en las paredes. Lleva calzado con buena suela; las algas forman una película resbaladiza que engaña.
Cruceiros, aldeas y caminos cortos
Las aldeas de Cabana aparecen dispersas entre prados y pequeñas carballeiras. En muchos cruces de camino todavía quedan cruceiros de granito cubiertos de líquenes grises y amarillos. Algunos están algo inclinados, como si la tierra hubiera cedido poco a poco bajo la base.
A mediodía, cuando el sol cae vertical, la sombra del cruceiro suele dibujar una cruz perfecta sobre el suelo o sobre el muro cercano. Los mayores todavía se fijan en esas sombras para calcular la hora. No hay paneles ni explicaciones: son piezas que siguen en su sitio porque forman parte del paisaje diario.
Lo que se come cuando aprieta el invierno
En época de carnaval y durante los meses fríos es habitual que en las plazas o en los locales vecinales se preparen grandes potas de cocido. El olor a lacón, grelos y chorizo se mezcla con el humo de la leña húmeda. Se come de pie, hablando con quien toque al lado, con pan oscuro que aguanta bien el caldo.
También siguen apareciendo en muchas casas rosquillas y dulces fritos con anís cuando hay fiesta o reunión familiar. No es algo organizado para visitantes; simplemente forman parte de las celebraciones del calendario rural.
Cómo llegar y cuándo venir
Cabana de Bergantiños queda a menos de una hora en coche desde A Coruña, siguiendo las carreteras que se adentran en la comarca de Bergantiños y bordean la ría. El transporte público existe, aunque las frecuencias suelen ser escasas, así que moverse con coche da bastante más margen para parar en miradores o desviarse hacia las aldeas.
El verano trae nieblas matinales que a menudo se levantan hacia media mañana. Entonces la luz se vuelve muy clara y el granito de castros y hórreos parece recién lavado. En invierno llueve con frecuencia: el campo huele a tierra removida y los caminos de tierra se llenan de barro pegajoso.
Si buscas tranquilidad, evita los fines de semana más fuertes del verano. Entre semana, o a comienzos de junio, los bordes de las carreteras se llenan de flores silvestres y los senderos que bajan hacia la ría quedan casi vacíos. A última hora de la tarde, cuando la marea empieza a retirarse y el viento cae, el único sonido que queda es el agua moviendo las piedras pequeñas de la orilla. Aquí ese momento llega todos los días.