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sobre Laxe
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A las seis de la mañana, la playa de Laxe huele a algas recién varadas y a café de puchero que se escapa por las ventanas entreabiertas. Las redes de pesca cuelgan del muelle como cortinas húmedas y los primeros peregrinos del Camiño dos Faros cruzan la arena con la luz frontal todavía encendida. En el puerto se oyen golpes secos de cajas contra el suelo y alguna conversación baja entre marineros que vuelven de faenar. El mar amanece gris perla, casi quieto.
Desde lo alto del monte da Insua —donde está el faro— la ría se abre en un arco amplio. Abajo, el pueblo se recoge alrededor de la playa grande, con casas bajas de tejado a dos aguas y fachadas que al atardecer toman el mismo tono que la arena húmeda. Un poco más allá, caminando por la costa, aparece la Praia dos Cristais. Entre la grava asoman miles de trozos de vidrio redondeado por el mar durante décadas. Fue un antiguo vertedero y el Atlántico ha hecho su trabajo: ahora el suelo cruje bajo los pies como si fueran piedrecillas de colores.
El sabor de la ría
El pulpo aquí suele esperar su momento. En muchas cocinas no lo ponen a hervir hasta que varias mesas lo piden a la vez. Sale tierno, con pimentón y aceite por encima, acompañado de cachelos —patacas cocidas con piel—.
La caldeirada aparece más en casas que en cartas. Se prepara con el pescado que haya entrado ese día: a veces rape, otras merluza o raya, siempre con patata, pimentón y caldo claro. Se come con cuchara y pan cerca, porque el caldo lo pide.
Por la zona de Traba todavía se ven pequeños productores de queso de leche de vaca. Suele venderse sin demasiada etiqueta, envuelto en papel, con ese punto salino que dejan los prados cerca del mar.
Cuando el pueblo se llena
La noche de San Xoán transforma la playa. Se montan parrillas sobre la arena y el humo de las sardinas se mezcla con el olor salado que llega de la ría. La gente camina descalza, salta las brasas cuando se apagan y se queda charlando hasta tarde mientras sube la marea.
En verano también es habitual la procesión marítima de la Virgen de la Atalaia. La imagen sale al agua en una embarcación adornada y otras barcas la acompañan tocando la sirena. Desde la orilla, muchos siguen el recorrido en silencio o lanzan flores al mar.
Caminar hacia Traba
La senda hacia Traba arranca cerca del campo de fútbol y enseguida se mete entre dunas bajas y matorral. A un lado queda la laguna de Traba, una lámina de agua tranquila donde a veces se ven garzas o patos. El viento trae olor a sal y a hierba aplastada.
En algo menos de una hora se alcanza la playa de Traba. Es larga, abierta y más expuesta al Atlántico que la de Laxe. Cuando hay mar, las olas rompen lejos y el ruido se oye incluso antes de verla.
El Camiño dos Faros continúa hacia Ponteceso por tramos de acantilado. El paisaje cambia rápido: roca, helechos, viento constante. Al pasar por Punta Nariga aparece el faro, blanco con detalles rojos, levantado sobre las rocas como si estuviera a punto de salir navegando.
Si vas a caminar esa parte del recorrido, lleva agua. Hay tramos largos sin servicios ni pueblos cerca.
La hora de los locales
Con la marea baja, algunas vecinas bajan a las rocas con cubos y rastrillos pequeños. Buscan lo que deje la orilla: berberechos, bígaros, alguna navaja. Lo hacen despacio, mirando el agua más que hablando.
En la plaza de Ramón Juega, a media tarde, siempre hay alguien jugando a las cartas bajo el laurel. Los mayores se sientan con el jersey sobre los hombros aunque haga calor y hablan de mareas, de temporales pasados o de cómo ha cambiado la pesca. Si empieza a llover, el movimiento se traslada a los bares cercanos: una caña, conversación baja y el olor mezclado de café torrefacto y suelo recién fregado.
Cómo llegar y cuándo ir con calma
Desde A Coruña el viaje suele llevar algo más de una hora en coche, dependiendo del tráfico al salir de la ciudad. El aparcamiento junto a la playa se llena rápido en julio y agosto, a menudo antes del mediodía. Las calles del centro son estrechas y con giros inesperados, así que conviene aparcar en cuanto veas sitio y seguir a pie.
Fuera del verano el ritmo cambia bastante. En octubre, por ejemplo, la luz de la tarde cae limpia sobre la ría y la playa vuelve a estar casi vacía. El mar todavía guarda algo de calor del verano y el pueblo se mueve más despacio, como si volviera a su tamaño habitual.