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sobre Ponteceso
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A las cinco de la madrugada, la lancha de Corme rompe la ría con un ruido seco. Los percebeiros se agarran a las cuerdas como si fueran extensiones de sus propios brazos, gente que conoce cada grieta de estos acantilados porque ha crecido mirándolos. Desde el muelle, la luz de los frontales parece pequeños soles que bailan sobre el agua negra. En Ponteceso el día empieza temprano y casi siempre alrededor del mar, que da de comer y a veces también se cobra su parte.
El olor a mar que sube por el río
El Anllóns serpentea entre carrizos y ameneiros antes de abrirse en la ría de Corme e Laxe. En el puente de Ponteceso —de piedra y varios arcos, reconstruido en el siglo XIX sobre pasos más antiguos— se mezcla el olor salado con el de la tierra mojada. Si te acercas temprano, cuando todavía no pasan muchos coches, se oye el agua correr bajo los arcos y el golpe seco de alguna barca contra el pantalán.
Hay un sendero que acompaña el río durante varios tramos. La caminata es tranquila, sin grandes desniveles, y cambia mucho según el cielo: algunos días el agua se ve verde oscuro; otros, cuando entra la marea y el viento levanta la superficie, parece casi gris. La humedad aquí se pega a las piedras. Lleva calzado que no resbale.
En las casas cercanas a la ría, los tejados suenan distinto cuando empieza a llover. La pizarra devuelve un golpeteo fino y constante. A ciertas horas de la mañana todavía se ven cuerdas con ropa tendida moviéndose con el viento húmedo que sube desde el estuario.
Cuando el acantilado se vuelve mirador
La subida a la Torre do Faro se nota en las piernas. El camino asciende poco a poco hasta la cresta del monte y el último tramo es una escalera que obliga a parar. Arriba, el paisaje se abre de golpe.
Desde ese punto alto se entiende bien la forma de la ría de Corme e Laxe, como un brazo de agua que se mete tierra adentro. Hacia un lado quedan los campos cultivados en pequeñas parcelas; hacia el otro, el mar abierto y el cabo Roncudo, donde el oleaje golpea las rocas oscuras. Con buena visibilidad se distinguen los pueblos de la costa y las barcas moviéndose despacio cerca de los bajos.
La torre blanca no es antigua, pero forma parte del perfil del monte desde hace tiempo. Cuando entra la niebla —algo bastante habitual— desaparece casi por completo y solo queda el viento pegando contra las paredes.
Si subes, intenta hacerlo con visibilidad. En días cerrados apenas se ve más allá de unos metros.
Los castros que siguen mirando al valle
En las colinas de alrededor quedan varios castros. No son recintos restaurados ni convertidos en parque arqueológico; más bien aparecen entre la hierba y los muros bajos que aún dibujan círculos en la tierra.
El de Nemeño conserva parte del foso y permite entender cómo dominaban el valle del Anllóns desde arriba. Desde allí el río parece una cinta que corta el verde en dos mitades. Con viento, el sonido de la hierba alta tapa casi cualquier otro ruido.
Más cerca de la costa, en la zona del Roncudo, hay también rocas con grabados antiguos. Son marcas sencillas —cazoletas y surcos— talladas en la piedra. Nadie puede decir con seguridad para qué se hicieron. A veces el agua de lluvia se queda dentro de esos huecos redondos y el dibujo se ve mejor.
Lo curioso es que todo esto convive con la vida diaria. Hay fincas cultivadas pegadas a los restos de los castros y ganado pastando alrededor. Aquí la arqueología no está separada del paisaje: forma parte de él.
Un puerto que huele a percebe
Cuando llega el verano, el puerto de Corme cambia de ritmo durante unos días. Tradicionalmente se celebra una fiesta dedicada al percebe, el marisco que se arranca de las rocas del Roncudo cuando el mar lo permite. Las mesas se colocan cerca del muelle y el olor a marisco cocido se mezcla con el del laurel y el orégano.
Mucha gente llega de fuera, pero también se juntan vecinos de toda la comarca. Se come de pie, se charla largo rato y siempre hay alguien que acaba sacando una pandereta o una gaita. No hace falta escenario para que empiece la música.
Más allá de la fiesta, para entender este puerto conviene estar cuando regresan las embarcaciones y descargan las cestas. Se oye entonces el golpe de las cajas contra el muelle y las conversaciones rápidas entre marineros, todavía con el traje de agua salpicado de sal.
Ponteceso no se deja ver deprisa. Conviene madrugar algún día, caminar junto al río cuando la ría todavía está tranquila y acercarse a la costa con tiempo para mirar el mar sin prisa. Si vienes en agosto, mejor entre semana. Los fines de semana aumenta bastante el movimiento, sobre todo cerca de Corme y de las playas. Y aunque amanezca limpio, no sobra llevar una chaqueta: en esta parte de la Costa da Morte cambia rápido