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sobre Abegondo
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El turismo en Abegondo me pilló un poco desprevenido. Es como cuando entras en casa de un amigo y descubres que la cafetera que usa cada mañana abastece a medio barrio. Con el embalse de Abegondo‑Cecebre pasa algo parecido: mucha gente de A Coruña bebe agua que sale de aquí, pero cuando llegas por primera vez no tienes esa sensación de “lugar estratégico”. Más bien parece un paisaje tranquilo al que casi nadie presta demasiada atención.
El pueblo que vive alrededor del embalse
Abegondo no es de esos sitios que llegan con una lista de cosas que tachar. No hay playa ni un casco histórico que salga en todos los calendarios. Lo que hay es el embalse de Abegondo‑Cecebre, una lámina de agua enorme que desde algunos puntos parece más una ría cerrada que un pantano.
La mayoría lo ve de pasada desde la autovía que conecta A Coruña con Betanzos. Vas conduciendo, cruzas el viaducto y de repente aparece el agua entre colinas redondeadas. Si paras con calma en los caminos que bajan hacia la orilla, cambia bastante la cosa: silencio, garzas en la orilla y ese olor a eucalipto que aquí está en todas partes.
Todo el entorno forma parte de la Reserva de la Biosfera de las Mariñas Coruñesas. Suena muy solemne, pero en la práctica significa prados, bosques húmedos y bastante vida de campo a pocos kilómetros de la ciudad.
Caldo, castañas y la tarta que no es exactamente tarta
Aquí se cocina lo que se ha cocinado siempre en el interior de A Coruña: caldo gallego con grelos, patatas cocidas que llenan más de lo que parece y chorizo de casa cuando toca matanza.
El pulpo suele aparecer en las fiestas grandes del municipio, cuando se montan carpas y el olor a pimentón se nota antes de llegar a la plaza. No es raro que alguien te diga que el mejor se come “en tal parroquia” o “en casa de un primo”, porque en Galicia estas discusiones van en serio.
Y luego está la tarta de castaña. En realidad se parece más a un bizcocho húmedo con crema de castaña que a una tarta de las de cumpleaños. La primera vez que la probé pensé algo parecido a: esto es como si la crema de castaña hubiera decidido convertirse en postre serio. Contundente, pero entra sorprendentemente bien después de un plato de caldo.
Caminos sencillos entre agua, pazos y piedra
Una de las cosas que funcionan mejor en Abegondo es caminar sin demasiada planificación. Hay varios senderos señalizados alrededor del embalse y por las parroquias cercanas.
Uno de ellos pasa por varios cruceiros de piedra y pequeñas iglesias rurales. No es una ruta monumental; es más bien ese tipo de paseo en el que vas encontrando detalles: un cruceiro cubierto de musgo, un muro antiguo, un camino que se mete entre prados.
También hay recorridos cerca del agua donde se colocaron miradores y puntos para observar aves. Con algo de paciencia se ven bastantes, sobre todo aves acuáticas que usan el embalse como zona de descanso. Si llevas prismáticos, mejor; si no, el paseo ya merece la pena igual.
Y para quien prefiera algo diferente, en la zona se organizan a veces rutas a caballo por los caminos de la reserva. Vas despacio, entre prados y bosque bajo, que es una forma bastante tranquila de recorrer el lugar.
Fiestas de parroquia y vida tranquila
Abegondo tiene ese calendario de fiestas que en Galicia marca el ritmo del verano. Algunas parroquias celebran romerías con misa, procesión y comida larga en mesas que aparecen casi de la nada en el campo. Gaita, churrasco y familias enteras pasando la tarde.
En los meses de verano también suele organizarse una fiesta dedicada a la juventud cerca del embalse, con conciertos y actividades en el agua. El ambiente recuerda más a una verbena grande que a un festival.
Como en muchos municipios del interior de la provincia, parte de la población se fue marchando a la ciudad con los años. A Coruña está muy cerca y mucha gente vive entre los dos mundos: trabaja en la ciudad y vuelve aquí por la tarde. Eso explica por qué algunos caminos están muy vivos entre semana y otros parecen completamente vacíos.
Mi consejo de amigo: ven en coche y tómate el embalse con calma. Busca algún camino que baje hacia el agua al final de la tarde. Cuando entra la bruma —algo bastante habitual por aquí— las colinas empiezan a desaparecer poco a poco y el agua se queda quieta como un espejo. Da un poco de respeto, pero es de esas imágenes que luego recuerdas durante mucho tiempo.