Artículo completo
sobre Bergondo
Ocultar artículo Leer artículo completo
Las ostras crujen entre los dientes con ese sabor metálico que te recuerda que estás comiendo el mar. Son las once de la mañana en la ría de Bergondo y una mariscadora acaba de sacarlas de las balsas, todavía frías, con las manos enrojecidas por el agua. No hay apenas señales que lo expliquen, pero estás en uno de los lugares de la ría donde todavía se trabaja la ostra y la concha fina a la vista de quien pase por el muelle.
Bergondo no es un municipio que se muestre de golpe. Se va descubriendo entre los caminos que bajan a la ría y en las nueve parroquias que se reparten el territorio como pequeñas piezas separadas. Desde la carretera que une A Coruña con Sada puede parecer un sitio de paso, otro nombre más entre rotondas y polígonos. Pero basta desviarse unos minutos para encontrar otra cosa: pazos medio escondidos entre árboles, iglesias que aún huelen a cera y humedad, y caminos que terminan en mariscadero.
El tiempo que se quedó quieto
El Monasterio de San Salvador aparece entre los árboles cuando ya has olvidado que ibas buscando algo. Se fundó en el siglo XII y durante mucho tiempo formó parte de las rutas que cruzaban esta parte de Galicia hacia Santiago. Hoy la iglesia románica conserva ese silencio particular de los edificios que han sido lugares de recogimiento durante siglos: el eco de los pasos, la piedra fría y un olor persistente a humedad que sale de las juntas del muro.
El claustro, cuando está abierto, tiene ese verde de musgo que solo crece donde la lluvia entra despacio y casi nadie pisa. Entre semana suele haber muy poca gente. A veces el acceso depende de si hay personal en el recinto, así que conviene asumir que quizá solo veas el exterior. Aun así, la fachada románica y las arquivoltas merecen la parada.
Los pazos que miran al agua
El Pazo de Mariñán se asoma a la ría del Burgo con jardines que bajan en terrazas hasta casi tocar el agua. Desde arriba se entiende bien el paisaje: huertas, pequeñas aldeas y la línea tranquila de la ría cerrándose hacia el interior. El conjunto tiene origen medieval y con el tiempo fue ampliándose. Hoy el recinto se utiliza para actividades culturales y, según la época, algunas zonas pueden visitarse; otras quedan cerradas.
Más hacia el interior hay otros pazos dispersos entre parroquias y caminos secundarios. En uno de ellos crece una secuoya enorme que sobresale por encima de los robles y los eucaliptos cercanos. Supera con facilidad los treinta metros y desprende ese olor resinoso que aparece al acercarse al tronco, sobre todo en los días cálidos de verano.
Cuando el mar da de comer
En la zona de la ría, cuando baja la marea, el agua deja al descubierto líneas de bateas y bancos de marisqueo que desde arriba parecen un dibujo geométrico. El trabajo aquí sigue el ritmo del mar, no del reloj. Entre semana por la mañana es fácil ver a gente recogiendo marisco con rastrillo y cestas, avanzando despacio por el fango.
La cocina local tiene mucho que ver con lo que salga ese día de la ría o de la huerta. En las casas todavía se prepara caldeirada cuando hay pescado fresco, y en algunas parroquias se mantiene la costumbre de la tortilla de trigo. También es fácil encontrar pan oscuro de centeno hecho en hornos tradicionales de la zona, sobre todo los fines de semana.
Las fiestas que siguen siendo del lugar
A finales de julio suele celebrarse la fiesta de Santa Marta en la parroquia de Babío. Ese día vuelve mucha gente que vive fuera y el ambiente es más de reencuentro que de evento organizado. Después de los actos religiosos, la música tradicional suele alargarse durante horas mientras la gente come y charla en grupos repartidos por el campo.
Hacia septiembre, Bergondo acoge también un festival de música gallega que reúne a grupos de distintas partes de la comunidad. No tiene el formato de los grandes festivales: el público se mezcla con los vecinos del municipio y el ambiente es bastante cercano, más de plaza de pueblo que de recinto masivo.
Cómo llegar y cuándo ir
Bergondo está muy cerca de A Coruña y se llega en pocos minutos por carretera desde la ciudad o desde Sada. Para moverte entre parroquias conviene llevar coche, porque los núcleos están bastante dispersos y el transporte público no conecta todos los rincones.
Si buscas tranquilidad, septiembre suele ser un buen momento: el agua de la ría todavía guarda el calor del verano y el movimiento baja bastante. En agosto, sobre todo los fines de semana, muchas segundas residencias se llenan y las carreteras pequeñas terminan con coches aparcados en los márgenes.
Madrugar aquí tiene recompensa. A primera hora, cuando la niebla todavía flota baja sobre la ría, el aire huele a pan recién hecho y a sal. Y durante un rato largo solo se oyen gaviotas y algún motor lejano en el agua.