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sobre Miño
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El olor a cebolla dulce te llega antes de ver la alameda. Es mediodía, hacia mediados de agosto, cuando en Miño celebran la fiesta dedicada a la cebolla, y las sartenes de hierro negro humean bajo los chopos. Una mujer con delantal de flores da vueltas a la tarta con la muñeca cansada de tantos años. El azúcar se carameliza y se mezcla con el jugo de las cebollas que crecen entre los ríos Lambre y Baxoi. En el turismo en Miño hay momentos así: un olor concreto, una sartén grande sobre un fuego bajo, gente del pueblo probando con la punta del tenedor.
Cuando el mar se hace boca de río
Miño mira a la ría de Betanzos desde hace siglos, aunque el municipio adoptó este nombre a comienzos del siglo XX. Antes se conocía como Castro, un topónimo muy repetido en Galicia, casi siempre ligado a antiguos asentamientos. Hoy es uno de los ayuntamientos que más población gana en la comarca, algo que se nota en las urbanizaciones nuevas que han ido creciendo alrededor de la playa.
La Praia Grande curva su arenal frente a la ría. Cuando baja la marea quedan charcos donde el agua dulce de los ríos se mezcla con la salada, y los niños rebuscan cangrejos entre la arena oscura. Con la pleamar el mar sube hasta casi tocar el paseo y el agua toma ese color verdoso del fondo de la ría.
A media tarde la luz cambia rápido. Las casas de indianos —las que levantaron quienes volvieron de América con dinero suficiente para hacerse notar— se vuelven de un amarillo muy vivo. Desde la zona de Perbes, siguiendo el paseo junto al mar, la ría se abre entera hacia Betanzos. Algunas tardes el viento trae olor a algas y, más al fondo, donde a veces se ven bateas, a mejillón recién sacado.
Tres ríos y una franja de arena
El Lambre baja desde los montes de Oza y entra en la ría con un curso ancho y tranquilo. El Baxoi atraviesa huertas y prados antes de llegar al mar. El Xarío aparece y desaparece según el invierno haya sido más o menos lluvioso. Entre los tres han ido formando una franja de arena y cantos rodados que cambia con cada temporal.
La senda que une Miño con Ponte do Porco sigue bastante cerca del agua durante algunos tramos. A primera hora todavía se cruzan mariscadores que salen con los útiles de madera al hombro. La playa de la Alameda queda al final del paseo, con un pequeño muro de piedra que separa la arena de los campos donde todavía se planta maíz.
La ponte medieval de Baxoi forma parte del Camino Inglés hacia Santiago. El puente que se ve hoy se suele situar en época medieval, aunque ha tenido reparaciones con los siglos. Las losas de granito están pulidas por el paso continuo de caminantes. Debajo, el río cambia mucho según la estación: en invierno baja oscuro y rápido; en primavera suena más claro, saltando entre las piedras.
Las campanas de Vilanova
La iglesia de San Xoán de Vilanova se levanta en un pequeño alto, rodeada de casas bajas y huertas. Su origen suele fecharse en el siglo XI, lo que la coloca entre los templos románicos más antiguos de la zona que siguen abiertos al culto. Dentro huele a humedad y a piedra fría, ese olor que se queda en la ropa cuando sales.
A mediodía, si el cielo está despejado, la luz entra por las ventanas altas y dibuja círculos claros sobre el suelo de losas gastadas.
En verano se celebran varias romerías por las parroquias del municipio. En la de San Paio, que tradicionalmente cae a finales de agosto, la imagen se acerca hasta el mar en procesión. No es una fiesta especialmente ruidosa: se oye más el viento y el roce de los pasos sobre la arena que otra cosa.
Cuándo acercarse (y cuándo pensarlo dos veces)
Entre semana, sobre todo en junio o septiembre, Miño tiene otro ritmo. Los fines de semana de julio y agosto llegan muchos coches desde A Coruña y el paseo de la playa se llena rápido. En la Praia Grande cuesta encontrar un hueco amplio en la arena y el olor a crema solar acaba tapando el de las algas que deja la marea.
Un martes de junio la escena es distinta. El agua sigue fría —como en casi toda esta parte del golfo Ártabro— pero la playa queda muy abierta y se oye más el mar que las conversaciones.
El feirón del domingo por la mañana, en la alameda, funciona como un pequeño resumen del campo cercano. Aparecen grelos recién cortados, cebollas con la tierra todavía pegada y marisco de la ría que ha llegado muy temprano. Las mujeres mayores llevan el dinero en un pañuelo anudado a la muñeca y hablan en gallego mientras pesan la verdura.
Hacia el mediodía empiezan a recoger. Las lonas desaparecen, las cajas vuelven a los coches y la alameda se queda tranquila otra vez.
Miño se entiende mejor sentado en el muro de la Praia Grande cuando la marea está bajando. El agua se retira despacio y deja dibujos oscuros sobre la arena húmeda. Los ríos siguen entrando a la ría como si nada cambiara demasiado. Y el viento del Atlántico, que aquí nunca falta, termina de poner ese olor salado que se queda en los labios.