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sobre Caldas de Reis
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Hay un momento en el que el turismo en Caldas de Reis se entiende de verdad, y no es cuando ves el puente antiguo ni cuando entras en la iglesia. Es cuando, después de caminar un buen tramo del Camino Portugués con los pies hechos polvo, metes las manos bajo una de esas fuentes de agua caliente del centro y piensas: “Coño, esto es vida”. Ese momento lo ves a menudo: peregrinos medio derrotados, mochilas en el suelo, las manos bajo el chorro como si fuera un pequeño spa público. Entonces entiendes por qué aquí se lleva parando siglos.
El agua caliente en medio del pueblo
Las aguas termales no son una moda reciente. En Caldas ya se usaban en época romana —de hecho el propio nombre del lugar suele relacionarse con eso— y todavía hoy forman parte del día a día.
En el centro hay una fuente termal donde el agua sale caliente, normalmente alrededor de los cuarenta grados. No tiene misterio: un caño de piedra, un pequeño banco cerca y gente que llega, se sienta y mete las manos o los pies. El agua tiene ese olor mineral, un poco a azufre, que al principio sorprende y al minuto ya ni notas.
Si pasas un rato allí verás la escena repetirse: peregrinos descansando, vecinos que pasan sin prestarle demasiada atención y alguien que descubre el agua caliente por primera vez y se queda con cara de “¿esto estaba aquí todo el tiempo?”.
Un jardín donde el tiempo va más despacio
El Jardín Botánico de Caldas de Reis suena a algo muy académico, pero en realidad funciona más como un parque grande y tranquilo junto al río Umia.
Tiene bastante historia —se creó en el siglo XIX— y lo que más se nota es el tamaño de algunos árboles. Hay robles y otras especies que llevan ahí más tiempo que la mayoría de las casas del pueblo. Caminas un rato por los senderos y la sensación es un poco la de meterte en un pequeño bosque dentro del casco urbano.
No es el típico jardín lleno de carteles y rutas marcadas. La gente viene a pasear, a sentarse un rato o a cruzarlo camino del río. Si vienes del Camino, ese rato de sombra se agradece más de lo que parece.
Un pasado de reyes (y de frontera)
Caldas de Reis arrastra una historia bastante larga. Según la tradición, aquí nació Alfonso VII en el siglo XII, hijo de la reina Urraca, y de ahí lo de “de Reis”. Durante un tiempo fue un lugar relevante dentro del territorio gallego, algo que todavía se intuye en algunos restos históricos.
La iglesia de Santa María, por ejemplo, conserva partes románicas interesantes. Si te fijas en los canecillos bajo el alero verás figuras talladas con gestos exagerados, animales y escenas que hoy resultan casi cómicas. Son esos detalles que la gente suele pasar por alto si entra y sale rápido.
Comer como se ha comido siempre por aquí
En Caldas la cocina tira de lo que manda la tradición gallega: pulpo a feira, empanadas, carnes y platos contundentes. Nada demasiado sofisticado, pero bien hecho.
En algunas parroquias del municipio, como Godos, suele celebrarse una laconada cuando llega el final del invierno, de esas comidas populares donde el lacón con grelos ocupa la mesa entera. Y en las fiestas de verano dedicadas a San Clemente también es habitual ver parrillas funcionando durante horas.
Son celebraciones muy de aquí: mesas largas, gente que se conoce y comida que no necesita presentación.
Mi consejo de amigo: tómatelo con calma
Caldas no es un sitio para ir tachando cosas de una lista. Funciona mejor cuando bajas el ritmo.
Si llegas en coche, lo más sensato es aparcar y moverte andando. El paseo junto al Umia —el de Roman López— es uno de esos sitios donde te puedes quedar un buen rato viendo pasar la tarde. Hay un muro con palabras grabadas en gallego y castellano que mucha gente se queda leyendo como si fuera un pequeño juego.
Si te apetece caminar un poco más, la Fervenza de Segade queda a un par de kilómetros. El camino se mete entre árboles y el ruido del agua aparece antes de que veas la cascada.
Y si eres peregrino, un consejo muy simple: no salgas disparado a primera hora. Quédate un rato más. Caldas es de esos lugares que se disfrutan mejor cuando no vas mirando el reloj. Un paseo, algo caliente para las piernas cansadas y un rato viendo pasar la vida del pueblo. Con eso ya se entiende bastante bien.