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sobre Catoira
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El río Ulla se ensancha aquí hasta perder la prisa. En este punto, ya muy cerca de la ría de Arousa, la marea entra y sale dos veces al día y deja al descubierto una franja de cieno que huele a algas y a sal. El turismo en Catoira gira, casi inevitablemente, alrededor de ese estuario y de las Torres de Oeste, levantadas en un lugar donde el río se podía vigilar. Desde arriba se entiende bien la lógica del sitio: quien controlaba esta curva del Ulla controlaba la puerta fluvial hacia el interior.
La última barrera antes de Compostela
Las torres forman parte del sistema defensivo que protegía el acceso a Santiago por el Ulla, una preocupación constante durante la Alta Edad Media, cuando las incursiones normandas alcanzaron varias localidades del fondo de la ría. Tradicionalmente se atribuye al obispo Cresconio el impulso de la fortificación en el siglo X, después de ataques que afectaron a Iria Flavia.
Lo que queda hoy son dos torres de planta cuadrada y parte del recinto que las unía, asentadas sobre un promontorio que domina el cauce. El conjunto fue reforzándose con el tiempo y siguió teniendo uso militar durante siglos, cada vez que la ría volvía a verse amenazada.
Junto a la torre sur se adosa la pequeña capilla de Santiago, de origen románico. Se suele relacionar su construcción con Diego Xelmírez, que más tarde sería arzobispo de Compostela y que pasó parte de su infancia vinculado a este lugar. El edificio es sencillo: una sola nave y un ábside semicircular. En el exterior, entre la piedra gastada y la hierba, aún se reconocen restos de estructuras defensivas que recuerdan la función original del recinto.
Cuando los drakkars vuelven a desembarcar
La escena cambia por completo durante la Romaría Vikinga. Lo que empezó a mediados del siglo XX como una representación local terminó convirtiéndose en una de las celebraciones más conocidas del verano gallego.
El primer domingo de agosto, varias embarcaciones que imitan a los barcos vikingos remontan el Ulla y desembarcan junto a las torres. Los vecinos participan vestidos de normandos o de campesinos medievales, entre escudos de madera, gritos improvisados y mucho humor. La recreación no sigue un guion rígido: cada edición tiene su propio tono, a medio camino entre teatro popular y fiesta colectiva.
El barro de la orilla forma parte del espectáculo. Cuando la marea está baja, el desembarco se convierte en una carrera torpe sobre el cieno mientras el público se amontona en la ladera y alrededor del recinto.
El puente que cambió la vista del río
A pocos metros de las torres, el viaducto de la autopista cruza el Ulla con una presencia difícil de ignorar. La infraestructura se construyó en la segunda mitad del siglo XX y desde entonces forma parte del paisaje inmediato del conjunto histórico.
No es raro oír opiniones encontradas en el pueblo: para algunos el puente rompe la escena histórica; otros recuerdan que la autopista mejoró las comunicaciones con Santiago y con el resto de la ría. En cualquier caso, las torres y el estuario siguen marcando el lugar con mucha más fuerza que el tráfico que pasa por encima.
Algo más abajo del río se conserva también un puente antiguo asociado a las rutas históricas hacia Padrón y Compostela. Ha tenido varias reformas a lo largo del tiempo, pero mantiene la escala estrecha de los pasos pensados para peatones, caballerías y carros.
Caminar entre mar y viñedo
El paseo más evidente es el que rodea las Torres de Oeste y baja hasta la orilla del Ulla, por la zona conocida como A Croa. Es un recorrido corto que permite entender bien la relación entre el recinto defensivo y el estuario. Cuando la marea está baja conviene llevar calzado que no sufra con el barro.
Desde aquí parten también senderos que siguen el curso del río hacia la ría de Arousa o hacia el interior, en dirección a Padrón. Son caminos tranquilos, entre pequeñas zonas de marisqueo, embarcaciones varadas y parcelas donde todavía aparecen parras y huertas. El paisaje mezcla agua salobre, juncales y cultivos, algo bastante característico de esta parte baja del Ulla.
Cómo llegar y cuándo
Catoira está bien conectada por carretera con Santiago y con las localidades de la ría de Arousa. En coche el trayecto desde la capital compostelana suele rondar la media hora, dependiendo del tráfico. También hay transporte público desde varias ciudades gallegas, aunque con menos frecuencia que en las grandes rutas.
Las Torres de Oeste son de acceso libre y se recorren rápido, aunque merece la pena detenerse un rato en la ladera para mirar el estuario. Si se visita el pueblo durante la Romaría Vikinga conviene llegar con tiempo: ese día la afluencia es grande y los accesos se saturan. Fuera de esa fecha, Catoira mantiene un ritmo mucho más tranquilo, marcado por las mareas del Ulla.