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sobre Cuntis
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A las nueve de la mañana, el vapor de las aguas termales se mezcla con la niebla del río Gallo. Desde el puente de piedra se ve el agua caliente brotar entre los juncos, formando pequeños remolinos que huelen a azufre. Los primeros bañistas cruzan el jardín del balneario con batas blancas y chanclas de goma, medio en silencio, como si todavía fuera demasiado pronto para hablar.
El olor del agua caliente
Las fuentes termales de Cuntis llevan siglos calentando esta parte del valle. Los romanos ya se fijaron en ellas —en algunos textos aparecen como Aquae Calidae— y el agua sigue saliendo muy caliente en varios puntos del pueblo. En la fuente del Lume de Deus, por ejemplo, el vapor se levanta incluso en invierno.
El edificio termal actual ocupa una buena manzana junto al río, con galerías de azulejo y cristal. Bajo esa estructura moderna han aparecido restos antiguos en distintas excavaciones, señal de que el lugar lleva mucho tiempo ligado a los baños.
Aquí el termalismo no tiene aire de lujo. Funciona más bien como una rutina. Llega gente de Santiago, de Pontevedra o de aldeas cercanas con su bolsa de toalla y chanclas. Después del baño, muchos se quedan un rato charlando o jugando a las cartas con el pelo todavía húmedo. Una señora mayor me contaba que su abuela ya venía a tomar las aguas cuando el viaje desde Pontevedra se hacía en un pequeño tren que tardaba media mañana en llegar.
Cuando el río habla gallego
La senda fluvial del Gallo acompaña al río durante varios kilómetros bajo carballos y alisos. En otoño, las hojas caídas se quedan atrapadas en los remansos y avanzan despacio hacia el Umia.
A primera hora, cuando el pueblo aún está medio dormido, se oye a los pescadores hablar desde las pasarelas de madera. Discuten sobre si el lucio anda cerca del viejo molino o más arriba, donde el río se abre y el agua pierde fuerza.
No muy lejos, en la parroquia de Cequeril, están los petróglifos. Las espirales y los círculos concéntricos se distinguen mejor cuando la piedra está húmeda. Después de la lluvia —algo frecuente aquí— las hendiduras se llenan de agua y las figuras aparecen de golpe, como si alguien las hubiera dibujado hace un momento.
El sabor del domingo
A comienzos de marzo el pueblo suele oler a grelos cocidos y lacón. En la plaza se instala una feria dedicada a ese plato tan gallego: ollas grandes, pan cortado en rebanadas gruesas y gente que se acerca con bolsas para llevar embutido a casa.
No tiene demasiado de espectáculo. Muchas familias vienen a comprar productos para los meses siguientes o simplemente a comer juntas en la calle si el tiempo acompaña.
En invierno también se habla mucho del queixo de nabiza, un queso blando ligado a esta zona. Los vecinos —los nabizos, como se llaman entre ellos— dicen que el sabor tiene que ver con la hierba húmeda de los prados y con el agua de los pozos.
Subir al Sagrado Corazón
Desde la carretera sale una escalinata de piedra que sube hacia el monumento del Sagrado Corazón. Son cerca de un centenar de peldaños. Arriba se abre una vista limpia del valle: el curso del Gallo, los tejados del balneario y las parcelas donde en primavera florecen las nabizas con ese amarillo intenso que se ve desde lejos.
La escultura suele atribuirse al escultor gallego Francisco Asorey, aunque en el pueblo lo cuentan más como una historia transmitida que como un dato de museo. Lo que sí recuerdan muchos es la romería que cada año reúne a vecinos y familias en el parque de Maráns, en la misma loma, con mesas improvisadas, guitarras y comida compartida.
Cómo llegar, cuándo venir
Cuntis queda entre Santiago y Pontevedra, conectado por la carretera que cruza la comarca de Caldas. Desde cualquiera de las dos ciudades el trayecto en coche ronda la media hora larga. También hay autobuses que paran en el centro del pueblo.
Si vienes en coche, lo más práctico suele ser dejarlo cerca del paseo del Gallo y moverse a pie desde allí.
La primavera es una buena época para verlo con calma: los prados están muy verdes y el vapor de las fuentes se nota más en las mañanas frescas. En agosto el ambiente cambia bastante, con más veraneantes y más movimiento alrededor del balneario. Entre semana de septiembre, cuando termina el verano pero el agua sigue caliente, el pueblo recupera ese ritmo pausado que se percibe sobre todo al amanecer, con olor a sulfuro en el aire y las primeras persianas levantándose junto al río.