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sobre Moraña
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Hay pueblos que se entienden por el olfato antes que por el mapa. Con Moraña pasa algo así en verano. Vas por la carretera y, de repente, te llega olor a castaño quemado. Como cuando alguien monta una barbacoa en el jardín y el humo acaba avisando a todo el vecindario. Aquí la escala es otra. No son cuatro chuletas: son corderos enteros girando sobre brasas en Santa Lucía, clavados en varas de castaño dentro de una carballeira.
La primera vez que lo ves parece un campamento medieval montado por gente que sabe exactamente lo que hace.
Cuando el cordero manda más que el alcalde
La Festa do Carneiro ó Espeto tiene algo muy gallego: todo gira alrededor de la comida y nadie parece tener prisa. El último fin de semana de julio, Santa Lucía se llena de gente que viene a lo mismo. Comer cordero asado despacio, como se ha hecho siempre.
Las varas de castaño se preparan con días de antelación. Luego las colocan frente a las brasas y el cordero va girando poco a poco, como esos pollos que dan vueltas en los asadores de las tiendas… pero aquí a tamaño gigante y al aire libre.
Se habla de miles de kilos de carne cada año. Viéndolo allí no cuesta creerlo.
Lo mejor, para mí, es llegar cuando aún están montando todo. El humo empieza a subir entre los robles y la gente anda de un lado a otro colocando parrillas, mesas y leña. Es como cuando se organiza una comida familiar grande y todo el mundo parece ocupado en algo, aunque no sepas muy bien en qué.
Piedras que hablan antes que los vecinos
Moraña también tiene ese tipo de historia que aparece cuando rascas un poco. La Vía XIX romana, la que unía Tui con Astorga, pasaba por esta zona. Si miras el trazado actual de algunas carreteras entiendes la lógica: terreno suave, agua cerca y pasos naturales. Los romanos, para elegir caminos, tenían bastante buen ojo.
Luego están los petróglifos. Hay varios repartidos por el municipio, con esos círculos y espirales grabados en la piedra hace miles de años. Son dibujos simples, casi como los que haría alguien distraído en una libreta durante una llamada larga. Pero cuando piensas que llevan ahí desde el Neolítico, la cosa cambia.
Cerca de Rebón suele mencionarse uno bastante conocido. Llegar no es complicado si preguntas. Y aquí pasa algo muy gallego: preguntas una dirección y acabas con media explicación del lugar, del vecino de al lado y de quién limpiaba ese monte hace treinta años.
Santa Lucía, el centro sin aspavientos
Santa Lucía hace de capital municipal. Dicho así suena solemne, pero en realidad es un núcleo tranquilo, de casas bajas y vida bastante normal. De esos sitios donde un martes por la mañana parece domingo.
La plaza y las calles cercanas se recorren rápido. En diez minutos ya tienes la sensación de haber entendido el ritmo del lugar. Es como entrar en el salón de casa de alguien: no hace falta que sea grande para sentirse cómodo.
La iglesia de Santa María de Moraña suele llamar la atención si te gusta fijarte en las piedras antiguas. Es románica, del siglo XII, y tiene esa piedra oscura que la lluvia gallega va tiñendo con los años. No impresiona por tamaño. Lo curioso es el silencio.
Entras y suena lo mismo que cuando apagas el motor del coche en mitad del campo: prácticamente nada.
Cuando el verde se vuelve demasiado verde
El paisaje de Moraña es verde, pero del verde serio. No el de fondo de pantalla. Más bien el que te rodea por todos lados cuando conduces por una carretera secundaria y los árboles casi se juntan encima del coche.
En otoño los castaños mandan. En primavera la hierba crece como si alguien hubiera subido el volumen de la naturaleza. A veces da la sensación de que el monte va recuperando terreno poco a poco, como cuando dejas de cortar el seto del jardín y en dos semanas ya parece otro.
Conviene venir preparado para eso. Calzado que no importe manchar y algo para la lluvia. Aquí el tiempo cambia rápido, como cuando sales de casa con sol y a mitad de la compra ya estás buscando dónde refugiarte.
Monte Acibal, por ejemplo, se usa mucho para pasear o montar a caballo por pistas forestales. No es alta montaña ni falta que hace. Es más bien ese tipo de monte donde caminas un rato y el ruido más fuerte que oyes es una rama rompiéndose.
¿Tiene sentido desviarse hasta aquí?
Depende de lo que busques.
Si te gustan los pueblos con escaparates pensados para turistas y terrazas alineadas, seguramente no sea tu sitio. Moraña funciona de otra manera. Aquí las cosas pasan a ritmo de pueblo: conversaciones largas, coches aparcados frente al bar de siempre y gente que aún se fija en las caras nuevas.
Es un lugar que se entiende mejor si vienes sin plan cerrado. Como cuando paras en un área de servicio en un viaje largo y acabas charlando más de lo que esperabas.
Si coincide con la festa del cordero, ya tienes la excusa. Si no, acércate a ver los petróglifos, da una vuelta por los caminos y deja que el paisaje haga lo suyo.
A veces lo único que se te queda en la cabeza al marcharte es ese olor a leña y carne asándose entre robles. Y, curiosamente, dura más que muchas visitas mucho más famosas.