Artículo completo
sobre Portas
Ocultar artículo Leer artículo completo
Portas es de esos pueblos que si no te bajas del coche, te los saltas sin darte cuenta. Y no es que sea feo, eh. Es que la carretera que une Caldas con Vilanova pasa por el lado, te centras en no salirte de la vía, y listo: Portas queda ahí, a un par de curvas, pasando desapercibido a 90 km/h. Yo lo hice dos veces. La tercera fue porque me quedé sin gasolina cerca de Briallos y tuve que apearme. A veces los fallos mecánicos son el mejor GPS.
La chimenea que no se fue
Lo primero que llama la atención cuando entras por el núcleo es una chimenea industrial enorme, de esas que no esperas ver en medio de un pueblo. Pertenece a la antigua fábrica de azúcar que hubo aquí y que cerró hace ya décadas. En lugar de tirarla, el edificio se reutilizó como espacio cultural del ayuntamiento.
Dentro suele haber salas para actividades y, según me contaron allí, también habilitaron un mirador en la propia chimenea. Se sube por una escalera de caracol que parece no acabarse nunca. Cuando sales arriba, el valle aparece entero: viñedos, casas dispersas y ese verde del Salnés que parece puesto con rodillo. No es ningún icono mundial, claro, pero tiene ese punto de sorpresa de “¿y esto qué hace aquí?”.
La alcaldesa que llegó antes que el voto
En la plaza hay un busto de una mujer con gesto serio. Es Concepción Pérez Iglesias, maestra del pueblo y una de las primeras mujeres que llegó a la alcaldía en Galicia, en los años veinte, cuando las mujeres todavía no podían votar en España.
La historia que suele contarse en el pueblo habla de una maestra con bastante carácter, que tuvo que lidiar con la política local en una época complicada. Pensarlo ahora tiene su gracia: un municipio pequeño, hace casi un siglo, y una maestra llevando las riendas del ayuntamiento cuando aquello todavía era territorio muy masculino. Da para quedarse un rato leyendo la placa y poniéndolo en contexto.
El castro que queda en silencio
A unos tres kilómetros, hacia la zona de Rial, hay un castro prerromano. La caminata es corta y bastante sencilla; en unos veinte minutos estás arriba.
No esperes reconstrucciones ni un parque arqueológico. Lo que se aprecia son las formas del terreno, algunos fosos y la posición estratégica sobre el valle del Umia. Hay un panel explicativo y poco más. Y casi mejor así.
Te sientas un momento, miras el valle y piensas que hace siglos alguien eligió ese mismo punto por la misma razón: ver quién entraba y quién salía. Hoy lo único que pasa es el viento y algún tractor a lo lejos.
La vendimia, cuando el valle se mueve
Si coincides con la vendimia por aquí —normalmente hacia finales de septiembre o principios de otoño, dependiendo del año— el ambiente cambia bastante. Los viñedos del Salnés mandan mucho en la vida diaria, y cuando toca recoger uva se nota.
En Portas suelen organizar alguna celebración alrededor de esas fechas: pisa de uvas, mosto, música y bastante gente del propio municipio. No tiene el aire de festival turístico montado para la foto. Más bien parece una fiesta de pueblo donde el vino todavía huele a uva recién estrujada y los niños corretean entre las mesas.
¿Compensa parar?
Depende de lo que busques. Si vas detrás de la postal típica de Galicia con hórreos alineados y calles de piedra pensadas para la foto, hay otros sitios en la ría que juegan mejor esa carta.
Portas funciona de otra manera. Es un pueblo normal, con casas a medio reformar, fincas de viñedo y la vida diaria pasando sin demasiado teatro. Pero también tiene esa chimenea imposible en medio del paisaje, un mirador curioso y la historia de una maestra que se adelantó a su tiempo.
Paras un rato, das una vuelta tranquila y sigues camino hacia la costa o hacia Caldas. Y luego, cuando veas otra chimenea industrial en medio de un valle de viñas, es posible que te acuerdes de este sitio. A mí me pasó. Y eso que la primera vez ni siquiera pensaba parar.