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sobre Camariñas
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El percebe cuesta como una buena ración de pulpo, pero nadie se escandaliza. Es la ley no escrita de este trozo de costa: si sale de las rocas de Camariñas, se paga y punto. Estoy en el puerto con el mar golpeando el muro y un marinero me explica que los percebes “cuelgan” de los acantilados como racimos de uvas salvajes. Solo que estas uvas saben a sal de verdad, a Atlántico, no a piscina con cloro.
Ese es el tono del turismo en Camariñas: mar de frente, historias de barcos y un pueblo que vive bastante a su ritmo.
El faro que vigila la Costa da Morte
A unos kilómetros del pueblo está el faro de Vilán, plantado en un cabo donde el viento suele soplar con ganas. Cuando lo ves entiendes rápido por qué esta zona se llama Costa da Morte: rocas negras, oleaje serio y horizonte abierto.
El faro fue uno de los primeros en España en usar una lente moderna para su época, pero ni aun así se evitaron algunos naufragios famosos en esta costa. En el pequeño cementerio de la zona hay tumbas de marineros extranjeros que no lograron superar estos acantilados. No es un lugar lúgubre, más bien todo lo contrario: mar abierto, gaviotas y ese silencio que tienen los sitios donde el paisaje manda.
El paseo hasta el faro es fácil. Vas bordeando los cantiles y, si te fijas, también aparecen restos de antiguos sistemas de caza del lobo que se usaban siglos atrás. Hoy lo que más se caza allí son fotos.
El encaje de Camariñas, paciencia hecha hilo
Si hay algo que identifica a Camariñas es el encaje de bolillos. No es una tradición decorativa sin más: aquí hay generaciones enteras que han pasado horas y horas frente al cojín, moviendo bolillos con una rapidez que cuesta seguir con la vista.
En el Museo do Encaixe se entiende bien el trabajo que hay detrás. Hay piezas que tardaron años en terminarse. Viendo algunas, tan finas que parecen tela de araña, te das cuenta de que no es el típico recuerdo que compras y olvidas en un cajón.
Cuando coincide la Mostra do Encaixe, el pueblo cambia bastante. Se ven palilleiras trabajando en directo y el sonido de la madera chocando —ese tac tac constante— acaba siendo casi hipnótico.
Comer aquí es comer mar
En Camariñas el mar acaba en el plato, así de simple. Pulpo, percebes, nécoras, congro… lo que haya entrado en la lonja ese día.
El pulpo suele aparecer preparado de varias formas, desde el clásico con pimentón hasta guisos más marineros. La caldeirada de pescado también es bastante habitual: caldo con carácter, patata y pescado de roca que sabe a costa brava.
Un consejo de colega: aquí las raciones suelen ser generosas. Si vais pocos, mejor pedir poco a poco y compartir. Es fácil emocionarse con la carta y acabar rodando cuesta abajo hacia el puerto.
Un paseo entre molinos cerca de Ponte do Porto
Si te apetece estirar las piernas, cerca de Ponte do Porto hay una ruta que sigue el curso de un pequeño río donde se conservan varios molinos tradicionales.
El camino pasa por casas de piedra, zonas húmedas con helechos y molinos medio escondidos entre la vegetación. No es una caminata complicada, pero en Galicia ya sabes cómo va esto: si ha llovido, el barro aparece.
Al final del recorrido el paisaje se abre y aparecen playas tranquilas donde muchas veces hay más gaviotas que personas.
Cuándo se mueve más el pueblo
En verano Camariñas cambia bastante. Las fiestas del Carmen llenan el puerto de barcos acompañando a la imagen de la virgen y hay ambiente en la calle hasta tarde.
También suele haber movimiento cuando se celebra la Mostra do Encaixe, que atrae a gente de toda Galicia interesada en este oficio.
El invierno, en cambio, tiene otro rollo. Más viento, más mar y bastante menos gente. Si vienes en esa época, trae paraguas bueno y una chaqueta seria. Aquí el viento del norte no pide permiso.
Camariñas no es un pueblo que intente seducirte con escaparates. Es más bien ese sitio donde el puerto sigue siendo puerto y el mar marca el ritmo del día. Pasas unas horas, comes bien, te acercas al faro… y cuando te vas te queda ese sabor a sal que se te pega en los labios. Como si el Atlántico te hubiese dado un pequeño recordatorio de dónde estás.