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sobre Cambados
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El vino albariño llegó a Cambados por mar, o al menos esa es la explicación que más se repite en la zona. Durante siglos entraron por la ría variedades traídas desde otros puntos de la península que aquí encontraron su terreno: granito descompuesto, lluvia atlántica y la protección natural de la ría de Arousa. Con el tiempo aquel cultivo se convirtió en identidad. Cuando alguien habla hoy de turismo en Cambados, casi siempre acaba mencionando lo mismo: el albariño.
La piedra que cuenta el vino
La plaza de Fefiñáns concentra buena parte de la historia local. Está rodeada de pazos del siglo XVI, con escudos de armas y galerías de arcos que recuerdan que Cambados fue también lugar de linajes acomodados vinculados al comercio marítimo. No era solo un puerto: aquí había familias con poder y tierras.
El Pazo de Fefiñáns, de fachada sobria y bastante equilibrada, acoge desde finales del siglo XX la sede del Consejo Regulador de la D.O. Rías Baixas. Allí se gestionan las denominaciones y los controles que permiten que un vino lleve el nombre de la zona.
Cuando cae la tarde, la plaza cambia bastante de carácter. La piedra de ostra —un material calizo muy presente en la arquitectura local— refleja la luz con un tono casi dorado. Es un buen momento para fijarse en los detalles de las fachadas y en cómo se ordena el espacio alrededor del pazo.
Ruinas que no lo parecen
A unos diez minutos andando aparecen las ruinas de Santa María do Dozo. La iglesia se levantó en el siglo XII y hoy conserva el ábside y parte del crucero, lo suficiente para entender su volumen original. El lugar sigue funcionando como cementerio y las tumbas modernas conviven con los muros medievales.
Forma parte de una red europea de cementerios singulares, aunque la visita aquí es sencilla: no hay grandes explicaciones ni recorridos señalizados. Se mira a través de la verja o se rodea el recinto. En otoño e invierno el suelo suele estar cubierto de hojas de magnolio.
La iglesia de San Benito, en cambio, se mantiene completa. Es barroca, del siglo XVII, y su torre se elevó algo más en el XVIII. Desde el atrio se alcanza a ver la ría y muchas de las bateas donde se cría el mejillón. En verano las fiestas de Santa Margarita suelen terminar cerca del mar, en el barrio de San Tomé, donde tradicionalmente se reparten mejillones cocidos entre la gente que se acerca.
Cuando el pueblo se llena de copas
La Festa do Albariño convierte Cambados en uno de los centros del verano gallego durante varios días a finales de julio. Empezó en 1953 como una reunión entre amigos del vino y con el tiempo fue creciendo hasta ocupar buena parte del casco urbano.
El funcionamiento es sencillo: se compra una copa oficial —cada edición cambia el diseño— y con ella se prueban vinos en las casetas de las bodegas. En esas jornadas el pueblo se llena de mesas largas, música y olor a comida que sale de las carpas. Si llueve, que ocurre a menudo incluso en verano, la gente se refugia bajo los toldos y la conversación continúa.
Viñedos que terminan en la arena
Moverse por la comarca permite entender mejor de dónde sale el albariño. Los viñedos aparecen entre casas, carreteras secundarias y pequeñas parcelas delimitadas por muros bajos. Muchas bodegas familiares trabajan aquí desde hace generaciones, mientras que otras instalaciones más grandes se concentran en zonas industriales del municipio.
El discurso se repite bastante: el albariño madura temprano y la vendimia suele adelantarse respecto a otras zonas del interior. El suelo granítico se deshace en una arena gruesa que drena bien el agua, algo importante en un clima tan húmedo.
A unos tres kilómetros del centro está la playa de A Figueira. Es pequeña, de arena clara, y queda abierta a la ría. Desde allí se distingue la isla de A Toxa y, en días muy despejados, la boca del Ulla. Sirve para entender la relación constante entre tierra y mar: las viñas quedan a pocos minutos de las bateas.
Cómo moverse sin prisa
El centro de Cambados se recorre andando sin dificultad. Un paseo lógico empieza en la plaza de Fefiñáns, continúa hacia la iglesia de San Benito y baja después por la calle Real hasta el puerto de San Tomé.
Si interesa la arquitectura popular, conviene fijarse en algunos hórreos del siglo XIX repartidos por el casco urbano y las parroquias cercanas. Suelen ser algo más bajos que los de otras zonas de Galicia y con tejados de dos aguas, pensados para resistir el viento de la ría.
Desde el casco también se puede subir caminando hasta el mirador de A Pastora. El trayecto ronda los veinte minutos y desde arriba se ve bien la ría de Arousa con las bateas alineadas sobre el agua.
Cambados está conectado con Pontevedra por la AG‑41 y el trayecto en coche suele rondar la media hora. En los días de más movimiento del verano puede resultar más práctico dejar el coche en las zonas de aparcamiento exteriores y entrar caminando. Incluso en agosto conviene llevar algo de abrigo para la tarde: cuando cae el sol, la brisa de la ría baja la temperatura con rapidez. En invierno el ambiente es muy distinto, más tranquilo, y el pueblo vuelve a su ritmo habitual.