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sobre Cedeira
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Las campanas de Santa María del Mar dan las ocho cuando el sol asoma por detrás del Monte da Capelada. Desde el muelle, las barcas de cerco aún huelen a gasoil y a madera mojada. Las redes, todavía apiladas en el pantalán, dejan ver percebes oscuros agarrados a las cuerdas. En Cedeira el día empieza cuando la luz toca el agua, no cuando suenan los despertadores.
El pueblo que se agarró al mar
Cedeira nació donde la sierra se rinde al Cantábrico. Las casas se apiñan alrededor del puente del río Condomiñas como si buscaran abrigo. Las calles suben y bajan con nombres que recuerdan de dónde viene todo: Rúa do Mar, Rúa da Amargura, Rúa do Porto.
La iglesia de Santa María del Mar queda en el centro, frente al puerto. Dentro huele a piedra fría y a cera. Desde el atrio se abre la ría entera: las barcas alineadas, el faro de San Pedro al fondo, las nubes pasando deprisa cuando sopla nordés. A veces el viento llega con tanta fuerza que las campanas suenan solas; más de un vecino jura que el sonido cambia cuando el temporal se acerca.
Subir hasta donde el mundo se acaba
La carretera que sale de Cedeira hacia la Capelada empieza a ganar altura casi sin aviso. En pocos kilómetros el pueblo queda abajo, reducido a un puñado de tejados junto al agua. Desde los primeros apartaderos ya se ve la costa romper contra los acantilados.
Arriba está la Vixía de Herbeira, uno de esos lugares donde el mar queda muy abajo, tanto que las gaviotas vuelan a la altura de los ojos. El viento suele soplar incluso en días de calor; conviene llevar algo de abrigo aunque sea verano. En jornadas claras se distingue la línea de Estaca de Bares hacia el este. Cuando entra la niebla, en cambio, el paisaje se reduce a unos metros de carretera y al sonido del mar golpeando allá abajo.
La pequeña garita de piedra que queda en el alto recuerda que este borde del mundo siempre se vigiló. Hoy casi todo es silencio, salvo el aire golpeando contra las rocas y algún coche que pasa despacio.
San Andrés de Teixido: donde van los que no pudieron venir
La frase se repite en toda la comarca: “a San Andrés de Teixido vai de morto quen non foi de vivo”. Por eso mucha gente llega caminando desde Cedeira o desde los pueblos cercanos, siguiendo pistas que serpentean por la sierra.
El camino sube entre pastos y tojos. Cuando llueve —y aquí llueve a menudo— la tierra roja se vuelve barro pegajoso. Después de varios giros aparece el caserío de San Andrés, encajado entre la ladera y el mar abierto.
La iglesia es pequeña y siempre hay alguien entrando en silencio, dejando una vela o tocando la piedra del pórtico. Alrededor, el cementerio mira directamente al Atlántico. Entre las grietas crece la herba de namorar, una planta de hojas carnosas a la que la tradición atribuye poderes amorosos. Solo se da bien en estos acantilados salpicados de viento y sal.
Cuando el mar da de comer
El mercado de la plaza suele llenarse de voces en gallego y del ruido de las cajas de pescado. Hay berberechos, sardinas, a veces sábalos cuando toca temporada. Los percebes aparecen cuando el mar lo permite; su precio cambia de un día para otro porque depende más del estado de las olas que de cualquier otra cosa.
En la lonja el movimiento se concentra por la mañana. Las cajas pasan de mano en mano todavía húmedas, con el olor fuerte de algas y sal que se queda pegado a la ropa.
En verano el puerto se anima más de lo habitual y a finales de julio suele celebrarse la fiesta dedicada al percebe. Se montan mesas largas, la gente come de pie mirando al mar y el ambiente dura hasta que cae la noche. No es un evento elegante: platos sencillos, servilletas de papel y conversación con quien toque al lado.
Lo que el viento se llevó
En otoño Cedeira cambia de tono. Huele a leña y a humedad, y el mar se vuelve gris oscuro. Con menos gente en las calles, vuelven escenas que en verano pasan desapercibidas: redes extendidas en el muelle para remendar, conversaciones largas en los portales, ropa tendida que golpea contra las barandillas cuando entra una racha fuerte.
Los temporales llegan del Atlántico y la lluvia a veces cae casi horizontal. Entonces el puerto queda medio vacío y el sonido dominante es el de los mástiles chocando entre sí.
Si vienes en invierno, trae botas de agua y margen en los planes. El tiempo cambia rápido y algunos locales cierran fuera de temporada. A cambio verás la costa tal como es la mayor parte del año: viento, mar movido y una luz gris que a ratos se abre y deja todo el paisaje brillante durante unos minutos.
Cuándo ir: septiembre suele ser un buen momento. El agua todavía guarda algo de calor del verano y hay menos tráfico en las carreteras de la sierra. Además, en esas fechas se celebran las romerías vinculadas a San Andrés de Teixido, que atraen a muchos vecinos de la comarca.
Qué evitar: los fines de semana más concurridos de agosto si buscas tranquilidad. El puerto y las calles del centro se llenan de coches y cuesta encontrar aparcamiento cerca del paseo marítimo.