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sobre Lalín
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Domingo de cocido, sobre las once de la mañana. En Lalín el aire huele a unto y a puchero. Miles de personas se sientan en mesas largas bajo carpas para comer garbanzos, chorizo y lacón. La Feira do Cocido es el día en que este municipio de algo más de 20.000 habitantes saca su identidad a la calle.
El arte de llenar la tripa
El cocido de Lalín tiene marca propia desde principios de los 2000. Más que marketing, es una forma de organizar el invierno. Durante la feria se preparan miles de raciones en ollas enormes. El resto del año la cosa es más doméstica: comidas de cuadrilla, reuniones de parroquia, mesas largas donde se repite plato sin mirar el reloj.
La base es la de siempre: garbanzo, lacón, chorizo y grelos de la zona del Deza. Poca historia más. Cada casa tiene su orden para servirlo, pero nadie se complica demasiado.
Fuera de febrero también se encuentra cocido en muchos sitios del pueblo. Está bien, sin más. No justifica un viaje largo. Si pasas por aquí otro día, prueba la empanada de zorza. Suele salir con la masa fina y la carne bien especiada. Funciona mejor de lo que parece.
Un pueblo que no es ni ciudad ni aldea
Lalín es el municipio más grande de la provincia de Pontevedra en superficie. Son decenas de parroquias repartidas por un territorio bastante amplio. El núcleo urbano intenta funcionar como pequeña ciudad, pero el ritmo sigue siendo de pueblo.
Hay estación de autobuses, mercado de abastos varios días a la semana y las calles del centro concentran bancos, farmacias y comercios de toda la vida. Nada raro.
El problema es que el centro no se percibe claro. La carretera principal atraviesa el pueblo y parte el tráfico en dos. Aparcar no suele ser complicado si te alejas un poco de las calles más céntricas. Caminar de punta a punta lleva unos veinte minutos.
Por el camino ves edificios recientes, casas de ladrillo y alguna construcción más antigua reconvertida. También está el museo de las marionetas, pequeño. Si entras lo ves rápido.
El sitio donde mejor se entiende el pueblo es el mercado. Allí coinciden los jubilados que pasan la mañana hablando en gallego cerrado y la gente joven que trabaja fuera —muchos en Santiago— pero sigue viviendo aquí porque la vivienda es bastante más barata.
Lo que merece (y lo que no)
Del antiguo monasterio de San Martiño quedan restos y una iglesia reformada siglos después. Está cerca del centro y se ve en un momento.
Mucho más interesante es el Mosteiro de Carboeiro, a unos minutos en coche. Es medieval y está metido en un valle bastante cerrado. La carretera llega estrecha y con curvas. Cuando bajas del coche el ruido desaparece. El claustro y la iglesia, medio restaurados, se recorren rápido pero el lugar tiene fuerza.
En el resto del municipio hay varias rutas señalizadas. La del río Arnego pasa por antiguos molinos y camina cerca del agua durante varios kilómetros. En invierno suele haber barro. La de los pazos recorre casas señoriales dispersas por el rural; muchas están cerradas o son propiedades privadas, así que se ven desde fuera y poco más.
Cuándo venir (y cuándo no)
Febrero es cuando Lalín se llena. La feria del cocido atrae a mucha gente, pero el ambiente es bastante llevadero: se come, se pasea un rato y la mayoría vuelve a casa.
Durante el otoño también hay fiestas ligadas a la castaña en varias parroquias. Son reuniones más locales, con fuego, castañas asadas y música. Mucho menos ruido que en la feria grande.
Agosto es flojo. Hace calor seco y bastante movimiento del pueblo se va hacia la costa. Algunas calles quedan medio vacías.
En Semana Santa hay representaciones del Esquecemento, una recreación de la Pasión con tambores y procesión. Se ve rápido. Después el pueblo vuelve a la normalidad.
Consejo de mesa
Aparca cerca del centro y muévete andando. Come pronto y sin prisas.
Si coincide con la feria del cocido, pruébalo. Si no, una empanada y un paseo por el mercado ya cumplen.
Lalín funciona mejor como parada en ruta entre Santiago y Ourense. Paras, comes, estiras las piernas y sigues camino. Aquí el plan no es quedarse mucho más.