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sobre Silleda
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El martes huele a pan recién hecho y a cebolla pochada desde primera hora. En el recinto ferial —una gran estructura cubierta que funciona casi como una calle bajo techo— los puestos despliegan lacones enteros, empanadas que aún despiden vapor y quesos de la zona envueltos en papel de estraza. No es un mercado pensado para quien viene de paso; es el pulso semanal de una comarca que vive del campo y que durante mucho tiempo ha tenido en Silleda uno de sus centros administrativos. Aquí no se vende Galicia convertida en decorado: se vende lo que se produce alrededor.
La marca del tiempo en piedra y agua
Las menciones más antiguas del lugar aparecen en documentos medievales donde el topónimo figura como Exilieta. En uno de finales del siglo X se habla de tierras vinculadas a la iglesia de Santa Baia. La parroquia actual fue reformándose con el tiempo, como tantas en Galicia, pero la referencia ayuda a entender que este territorio llevaba ya siglos organizado en torno a pequeñas comunidades agrícolas.
El Monasterio de San Lourenzo de Carboeiro es la pieza histórica más visible del municipio. Se levanta en un meandro del río Deza, apartado del núcleo urbano, y su origen se remonta a la Edad Media. La iglesia románica, muy restaurada, conserva una estructura clara: nave sobria, ábside semicircular y una decoración que, sin ser exuberante, deja ver el lenguaje escultórico del momento. Hoy llegan sobre todo grupos escolares y caminantes curiosos. El lugar mantiene algo de aislamiento, que probablemente era justo lo que buscaban quienes lo fundaron.
A unos kilómetros está la iglesia de Santiago de Taboada, también de tradición románica. Junto a ella se conserva un puente antiguo sobre el Deza que sigue utilizando quien recorre esta parte del interior de Pontevedra a pie. Algunos vecinos cuentan que golpear la puerta del templo con la frente ayuda a que se cumplan los deseos. La piedra, gastada a esa altura, indica que la costumbre lleva tiempo circulando.
Cuando el agua busca su sitio
Galicia es tierra de ríos y regatos, y en esta zona el relieve hace que el agua encuentre desniveles bruscos. La Fervenza da Toxa, en el entorno de Merza, es la más conocida de los alrededores. El sendero baja entre robles y vegetación húmeda hasta un mirador natural desde donde se ve caer el agua en vertical. El acceso es sencillo, aunque el último tramo suele estar resbaladizo, algo bastante común en estas cascadas.
Más discreta es la fervenza de Férveda, en la parroquia de Escuadro. El camino arranca en el propio pueblo y sigue pequeños cursos de agua entre carballeiras y fincas. Por la zona aparecen restos de antiguos molinos hidráulicos, hoy cubiertos de helechos. No están señalizados como museo ni nada parecido, pero ayudan a entender cómo se aprovechaba el río antes de que llegaran las infraestructuras modernas. Cerca también hay restos de asentamientos castreños que recuerdan que estos valles llevan ocupados muchos siglos.
Del campo al plato, sin intermediarios
La cocina de Silleda sigue el ritmo del campo. El lacón con grelos aparece en muchas mesas cuando llega el invierno y tiene incluso su propia celebración gastronómica en el municipio, que reúne a vecinos de toda la comarca. No es raro que esas jornadas se hagan en el recinto ferial, el mismo lugar donde se celebran ferias agrícolas y ganaderas a lo largo del año.
Las empanadas —a menudo de carne adobada o zorza— siguen siendo comida de mercado: se compran y se comen todavía templadas, a veces apoyado en cualquier banco de la plaza si el tiempo acompaña. En los alrededores también se elaboran quesos artesanos y miel oscura de castaño, muy habitual en esta parte de Galicia.
Cuando se celebra la Semana Verde de Galicia, el recinto ferial se llena de maquinaria agrícola, ganado y visitantes profesionales del sector. Durante esos días el pueblo cambia de ritmo y se nota que el campo aquí no es paisaje: es economía.
Cómo moverse sin prisa
El municipio se entiende mejor moviéndose entre parroquias. El Museo do Campo reúne una colección amplia de herramientas y aperos tradicionales que ayuda a reconocer después muchos objetos que aún aparecen en cobertizos y antiguas casas de labranza.
Para caminar, la Senda do Deza sigue el río durante varios tramos con poco desnivel. No es una ruta exigente y permite ver de cerca el paisaje típico de la comarca: prados, choperas, pequeñas aldeas y el sonido constante del agua.
Desde el núcleo de Silleda también se puede subir andando hasta el santuario de la Saleta, situado en una pequeña elevación a las afueras. El camino no es largo y desde arriba se abren vistas hacia el interior de la provincia, con las sierras del Cando al fondo cuando el cielo está despejado.
Las carreteras locales son estrechas y con curvas, así que conviene tomarse los desplazamientos con calma. Muchas de las iglesias y monumentos rurales permanecen cerrados fuera de los oficios religiosos; en ocasiones algún vecino guarda la llave. Si ocurre, basta con preguntar. En los pueblos pequeños esas cosas todavía funcionan así.