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sobre Ares
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He llegado a Ares con la marea baja y ese olor a marisco que suele quedarse flotando cerca del puerto cuando alguien está cociendo percebes. El coche lo dejé en la primera calle que encontré —de esos aparcamientos que te hacen pensar “como pase la grúa, me lo he buscado”— y bajé caminando con la mochila y poco más. Lo primero que vi fue un chaval sacando unas redes de su barca mientras su abuela, sentada en un cubo de pintura, le gritaba en gallego que no se le olvidara el pan. Con esa escena ya entendí bastante bien de qué va el turismo en Ares.
El pueblo que no necesita filtros
Ares es como ese primo que ha vivido fuera muchos años y vuelve con historias de medio mundo, pero sigue sentándose en la misma mesa de siempre. Hay algo exhibido, sí, pero también una historia que se le nota en la cara.
Por el paseo aparecen casas de indianos con galerías de hierro y colores claros, luego bloques de los años setenta, y de vez en cuando algún chalet que parece salido de un catálogo nórdico. Sobre el papel no debería encajar demasiado bien, pero en Ares funciona. Quizá porque aquí la sensación es más de pueblo vivido que de decorado.
En una de las pequeñas playas pegadas al casco —de esas donde las casas casi tocan la arena— ves hasta qué punto el mar forma parte del día a día. Cuando sube la marea, el agua se queda muy cerca de las fachadas. Y aun así la gente sigue haciendo lo mismo de siempre.
En la terraza de un bar del paseo había un señor que, según me contó él mismo, lleva años sentándose en la misma mesa a mirar la ría. En invierno, dice, se pone el abrigo y aguanta el viento. “Es mi televisión”, me soltó. Y siguió mirando el agua como si estuviera viendo el capítulo de todos los días.
Lo que se come (y lo que no)
Vamos al grano: la caldeirada que se suele preparar por esta zona no es una sopa ligera de pescado. Es de esas cazuelas que llegan a la mesa humeando y con bastante carácter. Pescado, patata, aceite, pimentón… lo que haya entrado ese día en la lonja. Si vas pensando en algo suave, mejor pedir otra cosa. Pero si quieres entender cómo se come aquí, merece la pena meterse en faena.
También aparece mucho el pulpo preparado al estilo de la ría de Ferrol, con pimentón, aceite y patatas cocidas. No es muy distinto al que encontrarás en otros puntos de Galicia, pero cuando lo comes mirando al agua tiene otro contexto.
Y los percebes, claro. Cuando es temporada suelen salir en bastantes mesas del pueblo. Fuera de esos meses a veces aparecen igual, pero no siempre compensa. Es un poco como reencontrarte con un viejo amor: puede parecer lo mismo, pero no siempre lo es.
Me hablaron también de una tarta de almendra con un toque de licor café que, según cuentan algunos vecinos, tiene origen en la época de los indianos. No sé si la historia es exacta, pero la mezcla de almendra y café aparece bastante en la zona.
Caminar un poco y entender la ría
Una de las caminatas que suele hacer la gente por aquí es la ruta que conecta varios castros de la zona. Calcula alrededor de media docena de kilómetros si haces el recorrido completo. No es especialmente técnica, pero tiene sus subidas, así que conviene tomárselo con calma.
En algunos puntos altos del recorrido la ría de Ares se abre entera delante de ti, con Ferrol al fondo y los pueblos pequeños asomando entre el verde. Yo me quedé un rato apoyado en una barandilla hasta que un chaval me pidió que le hiciera una foto con su perro. El perro no miraba a la cámara, pero él insistía en que la necesitaba “para redes”. Se la hice igual.
Si prefieres algo más tranquilo, hay un paseo que conecta Ares con el cercano pueblo de Redes bordeando la ría. Es bastante llano y se hace sin pensar mucho. Redes tiene ese aire de antiguo pueblo marinero, con calles estrechas y casas muy pegadas al agua. Cuando sube la marea, algunas zonas casi se confunden con la ría.
Fiestas que aquí se viven de otra manera
En verano el pueblo se anima bastante. Suele haber una fiesta dedicada al percebe donde se junta mucha gente alrededor de largas mesas y grandes ollas. El precio del marisco varía según el año y la captura, así que conviene ir con la idea de probar una ración y no obsesionarse con el kilo.
También se celebra una fiesta vinculada a la historia de los indianos. Durante unos días aparecen trajes de época, música y baile en la plaza. Puede sonar un poco raro explicado así, pero cuando lo ves en directo tiene su gracia.
Y luego está la noche de San Xoán, que en muchos pueblos de la costa gallega se vive bastante fuerte. Hoguera en la playa, gente saltando las olas con los pantalones remangados y ese ambiente medio caótico que tienen las noches de verano cuando nadie mira demasiado el reloj.
La frase que me quedó
Cuando me iba, el mismo señor del paseo me dijo algo que me hizo gracia: “Ares no te va a cambiar la vida, pero te va a dejar un sabor de boca raro, de esos que luego te hacen volver”.
Creo que lo explicó bastante bien. No es el lugar más espectacular de Galicia ni el que sale en todas las listas. Pero tiene ese punto de sitio real, de los que siguen funcionando aunque no haya nadie haciendo fotos.
Y a veces eso es justo lo que apetece encontrar.