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sobre Mugardos
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Mugardos es como ese primo que solo ves en las comidas de Navidad: no es el más guapo de la familia, pero siempre tiene alguna historia rara que contar. Y mira que Galicia está llena de pueblos con castillos y playas, pero pocos pueden presumir de tener una anécdota real o medio legendaria sobre una reina resbalando en su propio puerto.
El castillo que vigila la ría
Al acercarte a Mugardos hay una imagen que se queda bastante grabada: el castillo plantado frente al agua, en la entrada de la ría de Ferrol. Es el Castillo de San Felipe, una fortificación que empezó a levantarse a finales del siglo XVI, cuando la ría tenía un valor militar enorme.
La lógica era simple: quien controlaba esta entrada controlaba también el puerto de Ferrol. Durante siglos el castillo formó parte de un sistema defensivo junto a otras fortalezas al otro lado de la ría. Se suele contar que incluso había una cadena que cerraba el paso a los barcos enemigos. Cuesta imaginárselo hoy, viendo la ría tan tranquila, pero en su momento aquello era una especie de puerta vigilada.
El castillo se puede recorrer con calma. No es un palacio ni una fortaleza espectacular en plan postal, pero tiene ese aire de sitio serio, hecho para aguantar ataques y temporales más que para salir bonito en las fotos.
Las termas romanas que aparecen donde menos te lo esperas
A Caldoval está a pocos minutos en coche del centro, aunque el camino da la sensación de que te estás alejando de todo. Y justo cuando piensas que te has equivocado de sitio, aparece el yacimiento.
Son unas termas romanas que funcionaron aproximadamente entre los siglos I y V. Lo curioso es que no están en una gran ciudad romana ni en un enclave monumental, sino aquí, en un rincón tranquilo de la ría. Eso ya te da una pista de que en la zona había movimiento hace dos mil años.
Las estructuras que se conservan permiten reconocer las distintas salas del baño y parte de la distribución original. No es un complejo enorme, pero ayuda a imaginar cómo era la vida en la costa gallega en época romana, bastante más organizada de lo que solemos pensar.
Pulpo y otras historias de mar
Hay una cosa que en Mugardos aparece rápido: el pulpo. Caminas por el paseo marítimo y el olor llega antes que los platos.
El pulpo a la mugardesa es la versión local: se cocina con cebolla, pimentón y una salsa bastante contundente. No tiene mucho que ver con el pulpo a feira más clásico, y aquí la gente defiende su receta con bastante orgullo.
Además, el pueblo suele organizar en verano una fiesta dedicada al pulpo que llena el puerto de mesas largas, música y cazuelas humeantes. Pero lo cierto es que no hace falta esperar a esa fecha. El pulpo forma parte del día a día del puerto desde hace generaciones.
La roca del “cú da raíña”
En la zona de O Baño hay una roca con un nombre que a cualquiera le hace levantar la ceja: “O cú da raíña”.
La historia que se cuenta por el pueblo habla de Mariana de Neoburgo, que acabó siendo reina consorte de España. Según la tradición local, al desembarcar en Mugardos resbaló y acabó sentada de golpe sobre esa piedra, para diversión general de quienes estaban mirando. No es fácil saber cuánto hay de historia y cuánto de cuento repetido durante siglos, pero aquí la anécdota sigue viva.
Muy cerca también hay un pazo antiguo con una sirena tallada en la fachada que llamó la atención de Gonzalo Torrente Ballester. El escritor ferrolano llegó a inspirarse en ese detalle para uno de sus relatos. Es uno de esos casos en los que una simple escultura acaba teniendo más vida literaria que muchos edificios enteros.
El consejo de un amigo
Mugardos no es un lugar para organizar un día entero lleno de planes. Es más bien de esos sitios donde paras unas horas y te llevas un buen recuerdo.
Puedes recorrer el castillo, dar un paseo tranquilo por el puerto, comer pulpo mirando la ría y, si te apetece alargar un poco la visita, acercarte hasta las termas de Caldoval.
Luego siempre queda seguir la costa hacia otros pueblos de la ría o bajar hacia Pontedeume. Esa franja está llena de pequeñas playas y curvas junto al mar, y el trayecto en coche se disfruta casi tanto como las paradas.
Y si te quedas un rato al atardecer cerca del castillo, mejor lleva algo de abrigo. El viento de la ría aparece cuando menos lo esperas. Aquí eso lo saben bien hasta las piedras.