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sobre Neda
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Las campanas de San Nicolás repican a las siete y media de la mañana cuando el Camino Inglés cruza el puente sobre el Xubia. Los peregrinos levantan la mirada un segundo antes de seguir camino, pero la mayoría no se detiene. Neda suele quedar como un lugar de paso, y continúan con las botas aún húmedas del rocío. A esa hora el pueblo se despierta despacio y, durante un rato, todavía huele a pan recién hecho y a ría bajando.
El agua que lo cambió todo
El río Xubia dibuja una S amplia antes de abrirse a la ría de Ferrol. A su paso dejó molinos que durante siglos molieron grano y una antigua fábrica de cobre que, en el siglo XVIII, llegó a abastecer planchas para los astilleros del Cantábrico. El edificio sigue ahí, frente al agua, con las ventanas abiertas al viento y la vegetación creciendo entre los muros.
Desde el puente de los Andrade —el actual es del siglo XIX y sustituyó a otro más antiguo— se entiende bien la mezcla del pueblo: a un lado la Rúa Real con casas de piedra y escudos en las fachadas; al otro, restos industriales que recuerdan cuando el río era también trabajo.
La marea marca el ritmo. Cuando baja, el olor a algas queda atrapado en las orillas fangosas y se mezcla con el gasóleo de las pequeñas embarcaciones que entran y salen de la ría. Cuando sube, el agua cubre todo con una calma casi lisa y el muelle parece otro. En los días templados todavía se ve a chavales saltando desde el borde, aunque el agua aquí rara vez se siente templada.
Piedras que han visto pasar siglos
La iglesia de San Nicolás se levanta desde la Edad Media y mantiene ese olor a piedra húmeda que tienen los templos cerca del mar. Por la mañana, la luz entra por el rosetón y se desplaza lentamente por el suelo del presbiterio, como si alguien hubiese marcado allí un reloj silencioso.
Delante, el cruceiro gótico muestra dos Cristos: uno orientado hacia la ría y otro hacia el pueblo. Hay quien dice que el primero protege a los que se marchan por mar y el segundo a los que regresan o deciden quedarse.
A pocos pasos aparece la Torre del Reloj, levantada donde en otro tiempo hubo un pequeño hospital para peregrinos. El mecanismo funciona con pesas que hay que subir a mano cada cierto tiempo, y durante años esa tarea la ha asumido algún vecino del pueblo, casi siempre de forma discreta. Es de esas rutinas que apenas se comentan pero que mantienen vivo el lugar.
Cuando el pueblo se llena
A mediados de julio, la Virgen del Carmen baja en procesión hacia el puerto. Ese día Neda cambia de ritmo: las campanas suenan más tiempo de lo habitual, la gente se reúne en las calles y el aire mezcla olor a cera caliente con el del marisco cociéndose en muchas cocinas.
Al día siguiente el pueblo vuelve a su tamaño habitual. En los balcones de la Rúa Real reaparecen las cuerdas con la colada y los peregrinos siguen cruzando el puente casi sin detenerse.
En septiembre suelen celebrarse las fiestas de Santa María durante varios días. En la plaza se levantan atracciones temporales y por la tarde el aire se llena de música y de olor a churros recién fritos. Es también cuando aparecen parrillas improvisadas en algunas calles y el pan sale temprano de los hornos para las comidas de las peñas.
El tiempo de los caminantes
El Camino Inglés entra en Neda por el puente sobre el Xubia y sale en dirección a la parroquia de Santa María. El tramo dentro del municipio no es largo: mezcla asfalto con senderos tranquilos junto al río. A primera hora, cuando la niebla todavía se queda pegada a los juncos, el agua apenas se oye y los pasos resuenan más que las voces.
También salen varias rutas señalizadas desde el centro. Una de ellas sube hacia el castro de San Cibrao por un camino de piedra que en invierno puede volverse resbaladizo. Desde arriba la ría se abre entera: Ferrol hacia un lado, Mugardos al otro, y al fondo la línea más clara del Atlántico. Conviene llevar agua; en ese tramo no siempre hay dónde rellenar.
Cómo llegar y cuándo ir
Neda queda a pocos minutos de Ferrol. Se puede llegar en tren de vía estrecha o por carretera bordeando la ría, una ruta más lenta pero con mejores vistas cuando la marea está alta.
Si vienes en pleno verano, es más fácil aparcar algo alejado del centro y entrar caminando. Las calles junto al puerto se llenan rápido con los coches de quienes bajan a la playa o siguen el Camino.
Finales de primavera suelen ser días tranquilos: los tilos empiezan a florecer y el flujo grande de peregrinos aún no ha llegado. Y si aparece la lluvia —algo bastante habitual aquí— siempre queda refugiarse bajo los soportales o en el pórtico de la iglesia, escuchando cómo el agua baja por las canaletas de piedra mientras la ría se vuelve más gris.