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sobre Pontedeume
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A las ocho de la mañana, en el puente de Pontedeume, el río Eume huele a algas y a pan recién hecho. Las gaviotas graznan desde los postes de las farolas mientras los primeros coches cruzan los arcos de piedra con ese ruido hueco que tienen los neumáticos sobre el granito húmedo. Abajo, el agua baja limpia y fría, todavía con la marea medio dormida. En la primera terraza del pueblo alguien acaba de poner el primer café del día.
El río que lo partió todo
Pontedeume existe porque el Eume encontró aquí una salida estrecha hacia la ría. Durante siglos fue uno de los puntos donde se podía cruzar con cierta facilidad, y eso terminó atrayendo casas, mercado y camino.
Después llegó Fernán Pérez de Andrade. A finales del siglo XIV mandó levantar un puente monumental que, según las crónicas, se acercaba al kilómetro de longitud y tenía decenas de arcos. Debió de impresionar bastante a quien llegara por la ría. De aquella estructura hoy solo queda una parte: el puente actual conserva quince arcos tras las reformas del siglo XIX, pero sigue marcando la entrada al pueblo con la misma lógica de siempre, unir las dos orillas.
En el antiguo Convento de San Agustín se guardan dos piezas curiosas de aquel puente medieval: el Oso y el Jabalí, esculturas que funcionaban como guardianes simbólicos del paso. Ahora reposan dentro del edificio, bajo techo, lejos de la lluvia salada que cae aquí buena parte del año.
El casco viejo se agarra a la ladera como puede. Calles empinadas, callejones tan estrechos que dos personas se cruzan con cuidado, balcones de madera pintados de verde oscuro y tejas que el salitre ha vuelto casi negras. Arriba queda el Torreón de los Andrade, una torre robusta de piedra que hoy se usa como punto de información para quien llega al pueblo. La subida tiene su cuesta, pero desde arriba la ría se abre con calma: el agua gris verdosa, los juncos de las marismas y, al fondo, las colinas que cierran la entrada al Eume.
Cuando sopla viento del norte llega un olor muy claro a mar mezclado con el de los viveros de mejillón que salpican la ría.
Cuando el bosque se niega a desaparecer
A pocos kilómetros río arriba el valle se estrecha y el Eume empieza a serpentear entre laderas cubiertas de bosque. Ahí arrancan las Fragas do Eume, uno de los grandes bosques atlánticos que quedan en Galicia.
La sensación al entrar es bastante física: humedad en la ropa, suelo blando, el sonido constante del agua bajando entre piedras. La luz apenas llega directa; se rompe en miles de fragmentos al atravesar robles, castaños y helechos que crecen hasta la altura de la cintura.
Uno de los senderos más conocidos sigue el curso del río hasta el monasterio de Caaveiro. Son varios kilómetros caminando entre sombra y agua, con tramos que suben lo justo para que las piernas se acuerden al día siguiente. El monasterio aparece de golpe sobre un espolón de roca, rodeado de bosque por todos lados.
Conviene empezar temprano. A media mañana ya se nota más gente en el camino, sobre todo en fines de semana de primavera y verano. Llevar agua también ayuda: la humedad engaña y uno se da cuenta tarde de que lleva horas andando.
Lo que se cuece entre mar y huerta
Pontedeume no funciona como un decorado. Es más bien un pueblo de mercado. Los martes y los viernes por la mañana la zona del centro se llena de puestos y conversaciones a media voz mientras se pesan verduras o pescado.
La ría sigue marcando el ritmo de la cocina. El pulpo aparece con frecuencia en las cartas de los bares, cocido en ollas grandes y servido con pimentón y aceite sobre tablas de madera. También son habituales las empanadas de pescado; en algunas casas todavía se discute si la de bacalao lleva pasas o no, debate que aquí puede alargarse bastante.
En septiembre llegan las Festas de As Peras, las celebraciones grandes del pueblo. Durante varios días hay música por las calles, olor a sardina asada y bastante movimiento hasta bien entrada la madrugada. El momento más concurrido suele coincidir con la jornada dedicada a San Nicolás de Tolentino, cuando muchos vecinos suben al Santuario do Sagrado Corazón do Monte Breamo o al del Soto antes de volver al centro para seguir la fiesta.
Cómo perderse sin prisa
El momento del año cambia mucho la experiencia. En pleno agosto el centro se llena de gente que llega desde A Coruña o Ferrol a pasar el día, y las calles alrededor del puente se saturan rápido. Si puedes elegir, junio y septiembre suelen ser más tranquilos: días largos, menos tráfico y el río todavía con bastante agua.
Madrugar ayuda. Antes de las nueve el puente está casi vacío y la ría parece más grande de lo que es. La luz entra baja por el estuario y se oye el motor de alguna pequeña embarcación saliendo hacia el mar.
Si te apetece ver la ría desde fuera del núcleo urbano, lo mejor es coger la carretera hacia Ares o Redes y parar en alguno de los apartaderos del camino. Desde ahí salen senderos que bajan entre pinos y tojo hasta pequeñas calas de agua tranquila. No siempre están señalizadas, pero se reconocen por el olor a sal y por ese silencio que solo rompe, de vez en cuando, algún vecino paseando al perro que saluda con un «bo día» antes de seguir su camino.