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sobre Forcarei
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Cuando hablas de turismo en Forcarei, mucha gente piensa primero en el monasterio de Aciveiro o en el monte. Pero a mí me pasó otra cosa: el primer molino aparece a los cinco minutos de empezar a caminar. Está ahí, junto al sendero, como quien no quiere la cosa. Luego viene otro, y otro.
Cuando llevas unos cuantos empiezas a entender de qué va este sitio. Dicen que en la zona llegaron a contarse cerca de trescientos molinos. Una barbaridad. Es como si cada familia hubiera tenido el suyo, aprovechando el agua que baja de la sierra.
El monasterio que se hizo viral antes que existiera Instagram
Santa María de Aciveiro es el tipo de sitio que tu madre vería en una postal y diría: “qué bonito”. Y oye, razón no le falta. Pero no es esa clase de belleza pensada para redes sociales.
Es del siglo XII, está medio escondido en la ladera, y cuando llegas —después de la caminata desde el aparcamiento— entiendes bastante bien por qué los monjes buscaban lugares así. Aquí arriba el mundo queda lejos.
Lo que más se nota no es la iglesia ni el claustro. Es el silencio. Ese silencio de montaña que solo se rompe cuando se mueve el viento entre los castaños. Estás allí un rato, mirando alrededor, y piensas que estos tipos sabían bien lo que era aislarse del ruido.
Mi consejo: acércate, da una vuelta con calma y no te obsesiones con fotografiar cada piedra. El lugar se disfruta más caminándolo que documentándolo.
La ruta en la que perderás la cuenta de los puentes
El PR‑G 113, la ruta das Pontes, parece diseñado para que vayas cruzando el río una y otra vez. Son unos trece kilómetros y varios puentes de piedra repartidos por el recorrido.
Empiezas en Aciveiro con energía, cruzas el primero —que muchos llaman romano— y piensas: “esto promete”. Un rato después ya has pasado varios más y empiezas a mirar el reloj.
Cada puente tiene su carácter. Algunos se ven claramente antiguos, con la piedra gastada y el arco bajo; otros parecen reconstruidos mil veces después de las crecidas del río. Aquí el agua manda, y cuando llueve fuerte lo recuerdas rápido.
Es una ruta muy agradecida si te gusta caminar sin prisa. Bosque cerrado, río cerca casi todo el tiempo y esa sensación de que vas pasando por lugares que llevan siglos haciendo exactamente lo mismo: dejar pasar a la gente de una orilla a otra.
El observatorio donde el móvil se queda sin cobertura
Subir al observatorio astronómico de la zona es un plan curioso. Está en uno de los montes que rodean Forcarei y la pista forestal ya te avisa de que aquí no sube tanta gente como a otros miradores más famosos.
La gracia no es solo mirar el cielo. Es mirar alrededor. Desde arriba ves montes en todas direcciones, como si Galicia se hubiera puesto en modo panorámico. Y en muchos puntos el móvil directamente deja de funcionar.
Por la zona también se conservan unas antiguas “neveras” o pozos de nieve, excavaciones donde tradicionalmente se almacenaba nieve compactada para producir hielo. Cuesta imaginar hoy el trabajo que suponía mantener algo así en marcha.
Un pueblo que vive a su manera
Forcarei no funciona como esos pueblos que parecen pensados para el visitante. El centro es sencillo, de casas de granito, con la vida cotidiana pasando sin demasiado teatro.
La gente se saluda en gallego, los coches pasan despacio y el forastero llama la atención lo justo.
Y luego está el circuito de karts. Sí, un circuito bastante serio para un municipio de algo más de tres mil habitantes. La primera vez que lo escuchas piensas que te están tomando el pelo. Pero no: los fines de semana se mueve bastante ambiente y llegan chavales de toda la comarca.
Eso también explica bastante bien cómo es el sitio. Aquí conviven sin problema un monasterio medieval, decenas de molinos escondidos en el bosque y un circuito de motor.
Mi consejo: ven cuando el calor apriete en otras partes de Galicia. Aquí arriba suele correrse un poco de aire. Y si te animas con la ruta de las pontes, lleva agua y algo de comer. Los puentes están muy bien, pero no esperes encontrar un bar a mitad de camino. Los molinos ya no muelen, pero siguen ahí, recordando que este valle vivió durante siglos mirando al río.