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sobre Irixoa
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Las campanas de Churío dan las ocho cuando el sol todavía no ha salido del valle del Mandeo. La niebla se queda baja, agarrada a las copas de los robles, y el único sonido claro es el de las vacas moviéndose en las cuadras de piedra. El turismo en Irixoa empieza así, con esa hora gris azulada en la que los caminos todavía están húmedos y las casas siguen cerradas. Aquí los días arrancan temprano, repartidos por parroquias y aldeas que ocupan un territorio amplio de prados, robledales y casas de granito dispersas por la comarca de Betanzos.
Caminos entre prados y muros de piedra
Caminar por los caminos vecinales deja claro que esto no es un decorado. Los muros de piedra tienen musgo de verdad, el mismo que resbala bajo los dedos cuando te apoyas. Las cercas de madera se van oscureciendo donde la lluvia insiste, y el aire cambia según la hora: tierra mojada por la mañana, hierba recién cortada cuando alguien pasa el tractor, humo de leña cuando empieza a caer la tarde.
Muchas casas siguen funcionando como siempre: leñeras llenas, gallinas sueltas por el patio, herramientas colgadas en ganchos de hierro que ya tienen óxido viejo. Al cruzarte con otro coche en una pista estrecha es habitual ese gesto rápido de levantar dos dedos del volante. No es un saludo pensado para quien llega de fuera; es la forma normal de reconocer a alguien en un lugar donde casi todo el mundo acaba teniendo algún conocido en común.
Si vienes a caminar, conviene llevar calzado cerrado incluso en verano. Algunos tramos se embarran con facilidad después de varios días de lluvia.
Subida tranquila al Monte de San Antón
El Monte de San Antón se alcanza por una pista de tierra que va ganando altura poco a poco entre robles, toxo y zarza. No es una subida larga ni especialmente dura; más bien un paseo continuo en el que el paisaje se abre a medida que avanzas.
Arriba hay una zona con mesas de piedra y restos de antiguas estructuras —entre ellas un viejo horno— que todavía conservan ese olor tenue a humo viejo cuando el aire está húmedo. Desde el claro se ve el valle del Mandeo dividido en parcelas irregulares, con los caminos claros serpenteando entre prados de un verde oscuro.
En días despejados, hacia el sur, suele distinguirse el perfil del Pico Sacro en la distancia. Aun así, lo que más se nota arriba no es la vista sino el sonido: viento moviendo las hojas de los robles, alguna rama que cruje, y de vez en cuando el vuelo rápido de una rapaz.
El agua en el valle del Mandeo
Por esta zona bajan varios regatos que acaban en el Mandeo. En algunos puntos el agua forma pequeños saltos entre bloques de granito cubiertos de líquenes. No son cascadas grandes ni señalizadas; muchas veces se llega a ellas por senderos usados por vecinos o por antiguos caminos de molino.
Cerca del río todavía aparecen restos de molinos tradicionales: muros medio cubiertos de vegetación y canales de piedra por donde antes corría el agua. Cuando el caudal baja en verano, algunas pozas se usan para refrescarse, algo bastante común en las aldeas de alrededor.
En el paraje de Xelas el Mandeo se ensancha y dibuja curvas lentas entre los prados. A primera hora, cuando la niebla queda suspendida sobre el agua, el río parece respirar despacio. A veces se ven garzas quietas en la orilla, esperando a que algo se mueva bajo la superficie.
Romerías y veranos con gente que vuelve
Varias parroquias de Irixoa mantienen romerías dedicadas a santos como San Cosme, San Antón o San Lorenzo. Suelen celebrarse a finales del verano, cuando muchos vecinos que viven fuera regresan unos días al pueblo. Las imágenes se llevan en procesión por caminos que conectan aldeas cercanas, y alrededor se organizan comidas al aire libre y música.
Es también la época en la que se nota más movimiento en las carreteras locales. Coches aparcados en las cunetas, casas que pasan buena parte del año cerradas y que de repente vuelven a tener luz por la noche, y conversaciones largas en los atrios de las iglesias después de la misa.
No es un calendario pensado para visitantes: son fiestas del propio lugar, y precisamente por eso mantienen ese ambiente de reunión entre familias y vecinos.
Cómo llegar y en qué época se disfruta más
La forma más directa de llegar suele ser a través de Betanzos y después continuar por carreteras comarcales que se adentran en el interior. Los últimos kilómetros son estrechos y sin arcén en muchos tramos, así que conviene conducir con calma; no es raro encontrarse tractores o ganado cruzando.
El final del verano y el comienzo del otoño suelen ser buenos momentos para recorrer la zona. Los días todavía tienen luz suficiente para caminar y el monte empieza a oler a hojas húmedas y a leña. En agosto el calor puede apretar en las horas centrales y los insectos cerca del río se hacen notar.
En invierno el paisaje cambia mucho: más agua, más barro y un verde más oscuro. Si vienes entonces, trae botas o calzado impermeable. Aquí los caminos de tierra no tardan en convertirse en barro blando después de varios días de lluvia.