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sobre Malpica de Bergantiños
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Malpica de Bergantiños huele a mar desde antes de que aparques el coche. No es una metáfora: el puerto está prácticamente pegado al centro del pueblo. Das dos pasos y ya estás viendo barcas, redes y gaviotas esperando a ver qué cae. Y eso es lo que tiene de bueno este sitio: no te venden ninguna historia rara. Llegas, ves el Atlántico enfrente y entiendes rápido de qué va el lugar.
Un puerto sin disfraces
La primera vez que vine fue en junio, con un amigo que juraba que aquí se comía el mejor pulpo del mundo. Yo pensaba: “claro, otro que se ha creído el folleto”. Pero no. En Malpica la cosa es más directa.
Es ese tipo de pueblo donde la vida gira en torno al muelle. Hay una plaza con bancos de piedra, casas blancas mirando al mar como si llevaran toda la vida pendientes del parte meteorológico, y varias playas repartidas por la costa. Algunas están a tiro de piedra y otras piden un corto trayecto en coche.
Lo del nombre tiene su historia. A principios del siglo XX le añadieron “de Bergantiños” para diferenciarla de otras Malpicas. Y el pasado pesa: durante siglos esto fue un puerto ballenero donde llegaron a trabajar marineros vascos y cántabros. Sabes que un sitio tiene oficio cuando hasta los huesos de ballena —cuentan— formaban parte de la estructura de algunas casas.
Las Sisargas, las vecinas silenciosas
Desde cualquier punto de la costa ves las islas Sisargas. Están ahí plantadas, como tres peñascos grises flotando en mitad del Atlántico. Tienen un faro que durante mucho tiempo estuvo habitado; ahora funciona solo, pero sigue siendo uno de esos puntos en los que te quedas mirando sin pensar en nada.
La playa principal, Area Maior —muchos la llaman simplemente la playa de Malpica—, es ancha y está justo al lado del pueblo. Si sigues la costa hacia los lados van apareciendo más arenales: unos bravos, abiertos al océano, y otros algo más recogidos.
Y si coincides a finales de junio y ves hogueras en la arena, no te extrañes. Es la noche de San Juan. Aquí se celebra con fuego, sardinas asándose y gente cenando al aire libre con la arena todavía caliente del día.
Caminar sin necesidad de mochila grande
El Camino de Santiago por la Costa pasa por aquí, así que es normal cruzarse con peregrinos con esa mirada entre resignada y esperanzada.
Si te apetece caminar sin ponerte en modo peregrino total, por los alrededores hay rutas sencillas. Algunas pasan por zonas con restos megalíticos —dólmenes y túmulos que llevan miles de años ahí, como muebles antiguos que nadie se atreve a tirar—.
Otra cosa curiosa son los murales del pintor Urbano Lugrís, muy ligado al mundo marinero. En Malpica han ido marcando un recorrido para ir localizándolos por distintas paredes. Vas paseando tranquilo y de repente te encuentras una escena marina pintada a lo grande en una fachada lateral. Tiene algo del juego de buscar cromos.
La mesa: donde manda lo fresco
Aquí no vas a encontrar cartas interminables con cocina fusión. La lógica es clara: lo que sale del puerto manda en la mesa.
Uno de los platos habituales es la caldeirada, pescado o marisco cocido con patatas, aceite y pimentón. Suena sencillo, pero cuando el producto acaba de llegar funciona sin necesidad de florituras.
Durante el verano suelen organizar fiestas ligadas al mar y al pasado ballenero. Son días en los que Malpica se llena bastante más, con música y mucho movimiento en el puerto. Si te coinciden, verás el pueblo en modo celebración; si no, verás su ritmo normal.
La hora de marcharse (sin prisa)
Malpica no es un sitio enorme. Se recorre rápido: un paseo por el muelle, subir un poco por las calles que trepan hacia las vistas, bajar a la playa y volver.
Es más bien uno de esos lugares donde paras unas horas, comes bien, caminas un rato y te quedas con la sensación de haber estado en un puerto que sigue funcionando como tal, no como decorado para fotos.
Si te gusta el mar crudo —el del viento salado, las mareas y los cielos cambiantes— puede merecerte quedarte a dormir para verlo con otra calma. Fuera del verano el ambiente es mucho más tranquilo; las playas están casi vacías y el puerto mantiene ese ritmo constante e hipnótico de barcos entrando y saliendo.
Y siempre hay alguien apoyado en una esquina mirando al cielo o al agua para calcular si mañana se podrá salir a faenar. Aquí el tiempo se comenta casi tanto como el fútbol. Y con razón: en esta costa cambia rápido. Muy rápido