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sobre Muras
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La niebla se agarra a los helechos como si fueran de alambre. Son las ocho de la mañana en el alto del Xistral y el viento —ese que aquí llaman «aire» cuando sopla con mala idea— te empuja la cara hacia atrás. Abajo, Muras es un punto gris entre pinares y eucaliptos que todavía huelen a resina húmeda de la noche. Cuando se habla de turismo en Muras, en realidad se habla de esto: altura, humedad y un silencio que solo rompe el viento en las laderas. Dicen que en esta sierra nacen tres ríos —el Eume, el Landro y el Sor— y que hay una vieja historia de tres hermanas que acababan encontrándose en el mar.
La piedra que no se fue
Bajando por la LU-540, una de las primeras casas que llaman la atención es la rectoral de O Burgo: muros de granito grueso, tejado oscuro de pizarra y un escudo donde aún se reconocen las cinco piedras asociadas a los Condes de Lemos. La madera de la puerta está combada por la humedad de siglos. En esta zona la piedra rara vez desaparece: se queda, aunque cambien los dueños o el uso.
Muy cerca, en la Fraga do Castelo, se señalan los restos de lo que fue la Casa Fuerte de Muras. Hoy quedan sobre todo cimientos y trazas en el terreno, pero sirven para imaginar el paso obligado por la sierra cuando los señores cobraban peaje a quien cruzaba estos montes. A finales del XIX muchos vecinos tomaron otro camino, el del Atlántico hacia Cuba. Allí surgió la llamada Unión Murense, una sociedad de emigrantes que ayudaba a los que llegaban sin nada más que una dirección escrita en un papel.
En la iglesia de San Pedro —reconstruida en el siglo XVII— guardan una cruz procesional de plata que pesa lo suyo. Por San Pedro la sacan en procesión y la plaza huele a sardina asada y a miel de brezo. La música suele venir de una orquesta montada junto al campo de la fiesta, y el viento del norte se lleva los pasodobles cuesta arriba.
Tres ríos y un camino
El Landro nace en la parroquia de Silán. Cerca queda una torre de origen medieval, circular, levantada con sillares grises que ya estaban allí cuando estas tierras dependían del obispado de Mondoñedo. Desde los prados de alrededor se ve cómo el agua empieza a abrirse paso entre juncos y terreno encharcado.
Si sigues el curso río abajo acabas cruzando el Camino del Norte. Los peregrinos llegan muchas veces con la mochila mojada por la niebla o la lluvia fina del Xistral. En el pueblo suele habilitarse algún espacio sencillo para pasar la noche: lo básico para descansar y poco más, que aquí nadie espera lujos.
En Balsa, otra iglesia románica vigila el nacimiento del Eume. En la portada hay un canecillo con cabeza de mujer que parece mirar al valle con gesto de sorpresa. A unos metros, el agua sale limpia entre la hierba. En verano no es raro ver a vecinos llenando garrafas; con esa agua se prepara licor de hierbas en algunas casas. Si te lo ofrecen, conviene probarlo despacio.
El aire que se lleva y deja
En cuanto subes de nuevo a la sierra se entiende por qué hay tantos aerogeneradores. Muras tiene más aspas que habitantes. Giran con un zumbido constante, grave, como si la montaña respirara despacio. Desde la carretera hacia A Gañidoira se alinean en las cumbres, blancos contra un cielo que casi nunca está quieto.
Hacia finales de septiembre suele celebrarse una feria caballar en la zona. Bajarán potros y yeguas a un circuito de tierra cerca del río, con pequeños corrillos de gente mirando las carreras y apostando cantidades modestas. Los ganaderos hablan bajo; el viento aquí escucha todo.
En octubre el brezo vuelve a colorear partes del Xistral. La sierra huele a miel y a lana mojada. Es buen momento para caminar por los montes que suben hacia Viveiró: entre los claros, si el día abre, aparece a lo lejos el brillo del mar de Ortigueira, una línea plateada muy fina.
Cuándo ir y qué traer
La primavera suele ser agradecida: los márgenes de la carretera se llenan de narcisos silvestres y la niebla levanta antes de mediodía. Aun así, conviene traer botas que aguanten barro. En cuanto llueve un poco, los caminos se vuelven negros y pegajosos.
Si pasas por el puente de piedra que aquí llaman de Xelgaiz, pisa con cuidado cuando esté húmedo. Las losas resbalan y siempre hay helechos creciendo entre las juntas.
Agosto cambia bastante el ambiente. Llegan familias que tienen casa en la zona o gente que busca unos días de fresco. Los aparcamientos del centro se llenan y las verbenas alargan la noche. Entre semana, fuera de ese periodo, el pueblo vuelve a lo de siempre: silencio, alguna conversación en la plaza y el sonido de la furgoneta del pan subiendo la cuesta antes de que la veas doblar la esquina.
Si encuentras miel de productores de la zona, merece la pena llevarse un tarro. La del Xistral suele tener un fondo ligeramente amargo, con algo de eucalipto y brezo. Cuando la abres en casa vuelve ese olor húmedo de la sierra.