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sobre Mazaricos
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Los 3.731 vecinos de Mazaricos conviven con unas 11.000 vacas. Eso ya te da una pista del ritmo del pueblo: si esperas bares de copas y tiendas abiertas a las diez de la noche, lo estás pensando en el lugar equivocado. Aquí la noche la iluminan los focos del establo y el silencio lo rompe el ruido de un tractor que arranca de madrugada para ordeñar. Suena a tópico, pero es bastante parecido a lo que pasa cualquier día.
Un valle que huele a leche (y a veces a establo)
Mazaricos es un mosaico de 12 parroquias repartidas en unos 190 km² de valles, castaños y embalses. La carretera que une A Picota —la capital municipal— con cada esquina del municipio tiene algo de serpiente tranquila: curvas, prados y, de vez en cuando, vacas cruzando sin prisa. Conduces un rato por aquí y entiendes rápido quién manda en el paisaje.
La economía gira alrededor de la leche desde hace décadas. No es raro que en la conversación salga antes el precio del litro que la previsión del tiempo. Y mira que aquí llueve a menudo.
La primera vez que fui me alojé en una casa cerca del río Xallas. Me dijeron: «A ver si te despierta el gallo». Me despertó, sí, pero también el olor a unto calentándose en alguna cocina cercana. Ese unto —la grasa curada del cerdo— es el toque que le da carácter al caldo gallego que aparece en muchas mesas cuando hay fiesta o reunión familiar. Si vas pensando en una versión ligera, igual te llevas sorpresa.
La ruta que no suele salir en las fotos
Hay dos formas de acercarse a Mazaricos. Una es la de la Costa da Morte: subir a Monte Aro, acercarse a la fervenza do Ézaro y hacer la foto del río Xallas cayendo directo al mar. La otra es moverse por dentro del municipio y seguir los caminos que durante siglos usaban ferias y arrieros.
Uno de esos recorridos es la llamada Ruta das Feiras Vellas. No es una caminata complicada y atraviesa zonas donde todavía quedan tramos empedrados. La idea del camino recuerda a cuando la gente de las aldeas se movía entre ferias para vender ganado o intercambiar productos. Hoy no vas a ver vacas cambiando de dueño en medio del sendero, pero el ambiente rural sigue ahí.
En Beba, por ejemplo, suele celebrarse una comida popular bajo los carballos cuando llega la primavera. Mesas largas, vino que pasa de mano en mano y música tradicional que aparece sin escenario ni horarios demasiado rígidos. No tiene nada que ver con un festival organizado al milímetro: es más bien juntarse, comer y alargar la sobremesa.
Las ruinas que siguieron teniendo vida
Uno de los lugares que más me llamó la atención fueron los restos de la iglesia de Santa Baia de Chacín. Imagínate una nave antigua sin tejado, con la hierba creciendo entre las piedras y la pila bautismal todavía en su sitio. Durante bastante tiempo, ya en época reciente, se siguieron celebrando misas allí de manera puntual.
La escena, según cuentan los vecinos, era bastante sencilla: sillas de plástico traídas de casa, el cura llegando desde otra parroquia y la gente del lugar aprovechando el buen tiempo para reunirse. Más que un acto solemne, parecía una mezcla de tradición y cabezonería rural: mientras se pueda, se hace.
Si te interesa la arqueología, por la zona de Parxubeira hay un dolmen que pasa desapercibido si no sabes lo que estás mirando. A primera vista parece un montón de piedras grandes. Cuando te acercas y entiendes que alguien colocó eso allí hace varios miles de años, el sitio cambia bastante. Con los castaños alrededor y el sonido del río cerca, no cuesta imaginar por qué eligieron ese lugar.
El pastel que se acaba antes que el pan
Antes de irte, pregunta por la tarta de Mazaricos. No es la clásica tarta de Santiago con la cruz marcada. Aquí suele ser un bizcocho con crema y almendra que algunas panaderías preparan sobre todo los fines de semana.
Tiene un pequeño problema: vuela. Si llegas a media mañana todavía hay suerte. Si te presentas después de comer, lo normal es que te digan que ya no queda. A mí me pasó y la respuesta fue un «chegaches tarde» bastante resignado.
Si la encuentras, cómete un trozo allí mismo y guarda otro para más tarde. Después de moverte por los miradores entre Corzón y Monte Aro —carretera estrecha, prados abiertos y bastante horizonte— siempre apetece algo dulce.
Cómo orientarse por aquí (sin demasiada prisa)
Mazaricos funciona mejor cuando no intentas verlo todo en una mañana. Puedes subir a Monte Aro temprano, cuando las nubes todavía están levantando del valle, y luego acercarte a la fervenza do Ézaro para ver cómo el Xallas se descuelga hacia el mar.
Desde A Picota los trayectos en coche no son largos, pero las carreteras tienen su ritmo: curvas, aldeas y algún tractor que te recuerda que aquí las prisas no sirven de mucho.
Si después te queda tiempo, por la zona de Hospital hay una escultura del Vákner, una criatura de la mitología gallega que algunos describen como una especie de hombre‑lobo. Mide varios metros y aparece de repente al lado de la carretera. No cambia tu vida, pero tiene su gracia dentro del conjunto: vacas, castaños y un monstruo del folclore vigilando el cruce.
Mazaricos no es un sitio para tachar de una lista y seguir conduciendo. Funciona más como un lugar desde el que ir tirando del hilo: un camino que lleva a una aldea, una conversación que acaba en una cocina, una copa de orujo mientras fuera llueve. Si te dejas llevar un poco por ese ritmo —el mismo que marca la vaca cuando cruza la carretera— el pueblo se entiende mucho mejor.