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sobre Muros
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Muros huele a marisco y a marea baja. No es un olor poético, es un olor real: mezcla de algas, gasoil de los barcos y algo que no sabes identificar pero que te dice “estás en un puerto que trabaja”. Y eso es lo primero que te golpea cuando bajas del coche si vienes con la idea de hacer turismo en Muros: aquí no hay disfraz de pueblo museo. Aunque luego te enteras de que la villa lleva siglos pegada a estas piedras y a esta ría.
El truco de la ría
Lo bueno de Muros es que te engaña un poco. Desde la carretera parece un pueblo más de la costa gallega: casas de granito, alguna cuesta, el frontal de una iglesia asomando. Pero cuando giras hacia el paseo marítimo… pam. La ría se abre de golpe y las casas se te echan encima en vertical, blancas y apretadas, como si alguien hubiera hecho zoom y se hubiera olvidado de corregir la perspectiva. Es ese momento en el que sacas el móvil y haces la misma foto que hace todo el mundo. Y oye, tan contento.
El casco viejo es un pequeño laberinto de calles estrechas, de esas en las que dos paraguas abiertos ya se estorban. Si llueve —y en esta esquina de Galicia no es algo raro— el agua rebota en las piedras y todo huele a mar. Y cuando no llueve, a veces aparece ese olor a sardina asándose que sale de alguna parrilla.
La sardina aquí no es una moda reciente. Durante siglos fue uno de los motores del puerto, y tradicionalmente salía de esta ría rumbo a otros puntos de la península en barcos cargados hasta arriba. Cuesta imaginar el trajín que debía de haber en el muelle cuando aquello estaba en pleno rendimiento.
La Colegiata y el arquitecto que se fue a Santiago
La iglesia de San Pedro es un poco como esa persona que fue muy conocida en su momento y sigue teniendo presencia aunque pasen los años. El edificio actual se levantó hacia finales de la Edad Media sobre restos anteriores, y ha visto de todo: incendios, reformas y épocas mejores y peores para la villa.
Aquí aparece un personaje curioso: Diego de Muros III. Era de la zona y acabó teniendo bastante peso en Santiago de Compostela. Se le suele recordar allí por impulsar obras importantes —entre ellas el famoso hospital de peregrinos que hoy funciona como parador—. En Muros también dejó su huella con fundaciones más modestas, aunque eso rara vez sale en las guías compostelanas.
Dentro de la iglesia el ambiente cambia rápido: piedra húmeda, olor a cera y una luz bastante suave entrando por las vidrieras. No es un templo enorme, pero tiene ese silencio de sitio que lleva siglos funcionando.
Cuando el muelle es tu sala de estar
Hay pueblos donde el paseo marítimo es un decorado. En Muros es más bien el salón del pueblo. Los bancos siempre tienen a alguien sentado, los niños juegan cerca del agua y algún perro parece patrullar la zona como si tuviera turno fijo.
Te puedes sentar con algo para picar y quedarte mirando el movimiento del puerto: lanchas que salen, otras que vuelven, redes apiladas en el muelle. Nadie te pregunta qué haces ni cuánto tiempo llevas ahí. Ese rato de no hacer gran cosa suele acabar siendo de lo mejor del día.
Si sigues caminando llegas al Arco de Don Diego. El nombre suena a novela de espadachines, pero en realidad es una de las antiguas puertas de la muralla que tuvo la villa. Hoy queda como un recuerdo de aquella época en la que Muros necesitaba defenderse. Ahora el uso es bastante más tranquilo: paso hacia el casco histórico, fotos rápidas y algún grupo de chavales charlando al atardecer.
La subida que te compensa (y el bocata)
A un paseo corto del centro empieza la subida hacia el Monte do Oso. No tiene mucho misterio: un camino que se va empinando poco a poco entre casas y vegetación.
Arriba la vista cambia por completo. La ría se abre como un mapa: Muros por un lado, Esteiro al otro, y el agua llena de pequeñas embarcaciones que desde esa altura parecen juguetes flotando en una bañera.
Si has traído algo de comer en la mochila, este es buen sitio para parar un rato. Bocadillo sencillo, banco o piedra, y las gaviotas rondando con esa mirada de “algo caerá”.
La hora de la verdad: comer
No voy a decirte dónde sentarte a comer. En estos pueblos suele funcionar mejor mirar dentro antes de entrar: si ves gente del propio pueblo, buena señal.
Una apuesta bastante segura es pedir pulpo a feira. Si te lo sirven en la típica tabla de madera, con el pimentón echado con alegría y pan apareciendo en la mesa sin haberlo pedido, vas bien encaminado.
Y si en alguna pizarra ves sardinas anunciadas “de Muros”, pruébalas. No porque sean mágicamente distintas a las de la ría de al lado, pero aquí todavía hay bastante orgullo alrededor de ese pescado. Forma parte de la historia del puerto.
¿Y ahora qué?
Muros no funciona muy bien con la lógica de tachar diez cosas en una lista. Más bien pide llegar sin prisas, dar una vuelta por el casco antiguo, comer algo con las manos y pasar un rato mirando la ría.
Luego puedes acercarte a la playa de San Francisco si te apetece agua salada y arena. Allí verás la escena clásica gallega: gente diciendo que el agua está fría… mientras se mete igual.
O puedes quedarte en el muelle hasta que la luz empiece a caer detrás de los montes y los barcos enciendan sus luces. Ese momento en el que el puerto baja revoluciones y todo va un poco más despacio.
No hace falta coronar a Muros con ningún título grandilocuente. Tiene lo suyo: una ría amplia, casas que trepan por la ladera y un puerto que sigue marcando el ritmo del pueblo. A veces con eso basta.