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sobre Negueira de Muñiz
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Negueira de Muñiz ocupa la cabecera del río Navia, en la frontera oriental de Lugo con Asturias. Su historia está ligada a un valle que el embalse de Salime transformó a mediados del siglo XX. Para entender el municipio hay que partir de esa divisoria: el Navia antes y después de la presa. El agua anegó caminos y tierras, reconfigurando un territorio que ya de por sí vivía aislado por la orografía de Os Ancares.
El paisaje actual es una superposición de capas. Sobre el valle inundado se levantan las laderas donde se asientan las aldeas —Castro, Ferreira, Muñiz—, agrupaciones de pocas casas unidas por caminos de herradura. La arquitectura responde a una economía de montaña: piedra, madera de castaño y cubiertas de pizarra. Los hórreos no son decorativos; aún se usan para guardar la cosecha. El castaño, árbol fundamental en la economía tradicional, domina el monte bajo junto al roble.
La iglesia parroquial de Santa María, en el lugar de Negueira, es un edificio modesto fruto de varias reformas. Su interés no es artístico, sino social: durante siglos fue uno de los pocos puntos de encuentro para una población dispersa. Las ferias y reuniones se celebraban en su atrio, marcando el ritmo de un calendario agrario hoy casi desaparecido.
La huella del embalse
La construcción del embalse de Salime (entre 1946 y 1954) cortó la conexión natural del valle. Donde antes discurría el Navia con sus aldeas ribereñas, quedó una lámina de agua que obligó a trazar nuevas carreteras, estrechas y serpenteantes. Algunas familias perdieron sus tierras más fértiles. La relación con Asturias, siempre fuerte por el curso del río, se complicó. Hoy, para llegar desde Lugo hay que bordear el embalse o cruzar puertos de montaña.
Ese aislamiento explica la baja población —poco más de doscientos habitantes— y la conservación de un paisaje rural muy intacto. No hay núcleo compacto; la vida se reparte en aldeas separadas por prados y bosques. Caminar entre ellas, por sendas empedradas, da la medida real del territorio.
Lo práctico
Visitar Negueira de Muñiz exige tiempo. Las distancias en el mapa engañan: diez kilómetros pueden suponer media hora de curvas. Conviene llenar el depósito antes de entrar y llevar agua y algo de comida, pues los servicios son escasos y no todas las aldeas tienen bar o tienda.
La primavera y el otoño son probablemente las épocas más expresivas. En abril o mayo los regatos bajan llenos y el monte está verde. En octubre, la recogida de castañas y el cambio de color del bosque muestran el ciclo que aún estructura la vida aquí. En invierno, la niebla y la lluvia pueden cerrar el paisaje durante días.
El Navia, regulado por la presa, no tiene un caudal constante. Tras lluvias intensas sube rápido, y en verano pueden quedar al descubierto playas fluviales de grava. La cobertura móvil falla en muchos puntos. Es mejor llevar el recorrido planeado sobre papel.
No es un lugar para buscar monumentos ni ambiente turístico. Su valor está en leer el paisaje: en ver cómo el agua del embalse se incrusta en un valle antiguo, y cómo las aldeas se aferran a las laderas que quedaron por encima.