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sobre Porto do Son
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A medianoche, la pleamar golpea los cantiles de Baroña con un sonido hueco, como si alguien golpeara una puerta de madera vacía. Desde el castro, las luces de Porto do Son parpadean a lo lejos, un collar desigual de amarillos reflejado en la ría. Si uno piensa en el turismo en Porto do Son desde aquí arriba, la escena tiene algo de calma antigua: viento salado, helechos que crujen entre las piedras y unas cuantas cabañas circulares hundidas en la hierba. Son restos de hace más de dos mil años que, con la luz baja, parecen simples depresiones en el suelo.
Cuando el mar deja ver los muros
El castro se disfruta más a primera hora, cuando el aparcamiento todavía está medio vacío y solo se oye el mar. Bajas por la pasarela de madera y, poco a poco, empiezas a distinguir las casas: un tramo de muro, la entrada estrecha, la base oscura de lo que fue un hogar.
Las mareas cambian mucho la escena. Con la bajamar, el castro parece más conectado a la tierra, casi una prolongación rocosa del cabo. Cuando sube el agua, la península vuelve a aislarse y la sensación es distinta, más expuesta al Atlántico.
En la playa de Arealonga, justo enfrente, las rocas donde rompe la ola suelen estar cubiertas de percebe. A veces se ve a los mariscadores trabajando muy temprano, cuando la piedra todavía guarda el frío de la noche y las gaviotas empiezan a girar sobre la rompiente. Desde lejos apenas son siluetas negras moviéndose despacio contra la espuma.
Si vienes en verano, merece la pena madrugar. A partir de media mañana el lugar cambia bastante: más gente, más voces, y el viento levantando arena en el sendero.
El pueblo que vivió de la mina
Tierra adentro, en el valle de San Finx, la historia del municipio toma otro rumbo. Allí funcionó durante décadas una explotación minera de estaño y wolfram que marcó la vida de muchas familias de la zona. Todavía quedan edificios industriales, bocas de mina y caminos que se pierden entre la vegetación húmeda.
La carretera sube entre eucaliptos y curvas cerradas. En algunos puntos se abre la vista hacia la ría de Muros y Noia, que desde esa altura parece un brazo de agua quieta. En los días de niebla baja, el paisaje se vuelve casi blanco y solo sobresalen los montes más cercanos.
Abajo, en Portosín, el puerto deportivo llena la lámina de agua de mástiles. Cuando sopla poco viento los barcos apenas se mueven y el sonido que llega al muelle es el de los cables golpeando suave contra los palos.
La hora de la caldeirada
A última hora de la tarde, cerca de la lonja, todavía se ven cajas de pescado recién descargado. Congros largos como cuerdas, rape con la boca abierta, algo de merluza si el día fue bueno. El olor es mezcla de sal, gasóleo y algas.
En muchas casas de la zona la caldeirada sigue haciéndose como siempre: pescado firme, patatas cortadas gruesas y un sofrito lento de cebolla y pimiento donde el pimentón apenas debe tostarse. Hay quien añade un chorro de vino blanco de la ría, más por costumbre que por receta escrita.
La empanada de berberechos suele reposar hasta el día siguiente, cuando la masa ya ha absorbido el jugo. Y las almejas, cuando son de la propia ría, tienen un punto más salino que se nota enseguida.
Si pasas por el puerto algún día de actividad, verás que mucha gente todavía se queda charlando en la rampa o junto a las cajas. Se habla de mareas, de motores que fallan, del tiempo que viene.
Cuando el verano se acaba
En agosto el pueblo cambia de ritmo con la Festa Hortera, una celebración bastante conocida en la zona. Durante esos días la plaza se llena de música y disfraces que miran con humor a la estética de los años ochenta. El nombre viene, según cuentan en el pueblo, de una mujer que vendía hierbas en el mercado y que tenía fama de medir el tiempo mirando el sol.
Cuando pasan esas semanas y llega septiembre, Porto do Son se queda mucho más tranquilo. Las playas como Cabeiro o Caamaño vuelven a tener ese sonido de fondo constante: viento, olas largas y algún perro corriendo por la arena húmeda.
Desde el mirador de A Atalaia se ve bien toda la costa. Antiguamente se utilizaba para vigilar el mar; ahora es más bien un lugar donde sentarse un rato al atardecer. El viento de otoño suele traer olor a algas secas y a leña.
Si vienes en octubre conviene traer calzado que aguante barro. Los senderos cercanos a la costa acumulan agua después de varios días de lluvia. A cambio, el paisaje se vuelve más limpio: el aire transparente, menos gente caminando y la ría con ese brillo metálico que aparece cuando el sol cae muy bajo. A veces se ven limícolas moviéndose por las zonas húmedas, parando unos días antes de seguir su ruta hacia el sur. Aquí todo parece ir más despacio. Incluso el pescado en la olla.