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sobre Oia
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Hay un momento, justo cuando dejas atrás el monasterio y la carretera se convierte en un mirador sobre el Atlántico, en el que entiendes rápido de qué va el turismo en Oia. Vas conduciendo tranquilo y, de repente, el mar aparece ahí abajo, pegando contra las rocas como si alguien hubiera subido el volumen. El viento se cuela por el cuello de la chaqueta y te obliga a cerrar un poco los ojos. En ese momento Oia deja de ser un punto en el mapa y pasa a ser ese tipo de sitio que recuerdas cuando estás atascado en un semáforo en Madrid.
El monasterio que mira al mar
El de Oia no es uno de esos monasterios escondidos entre montes. Este está prácticamente pegado al Atlántico. Sales del coche, caminas unos metros y tienes el mar enfrente. Así, sin transición.
El Monasterio de Santa María empezó a levantarse en el siglo XII, cuando los cistercienses se asentaron aquí con el apoyo de la corona. Lo curioso es precisamente eso: es uno de los pocos monasterios de la orden que vive con el mar como vecino directo. No como paisaje lejano, sino como parte del día a día.
A lo largo de los siglos le han ido cayendo reformas encima: base románica, añadidos posteriores, una fachada que ya apunta a otra época. Es un edificio con capas, como esas casas viejas que han ido creciendo según lo necesitaban quienes vivían dentro.
También hay historias que aquí se cuentan mucho. La más repetida habla de ataques de piratas en la costa y de monjes defendiendo el monasterio con cañones colocados en la rampa de acceso. No sé cuánto hay de leyenda y cuánto de realidad, pero viendo lo expuesto que está el lugar al mar, la escena no cuesta imaginarla.
Una costa más brava que playera
La costa de Oia no es la de arena fina y sombrilla. Aquí el Atlántico entra con carácter. Hay días en los que el mar parece que está enfadado con algo y otros en los que se queda casi plano, como si se tomara un descanso.
Entre Oia y Baiona discurre una carretera que es casi un mirador continuo. Si vas sin prisa —que es como se debería ir— encontrarás pequeños apartaderos donde parar, bajar del coche y quedarte un rato mirando las Cíes en el horizonte.
Por esta zona también salen varios senderos que siguen la línea de costa entre rocas, monte bajo y tramos donde solo se oye el mar golpeando abajo. No son rutas muy complicadas, pero sí de esas que agradecen buen calzado y un poco de calma.
Cerca de Mougás, por ejemplo, hay rincones donde el agua forma pequeñas pozas naturales entre las rocas. No es una playa al uso: son huecos en la piedra donde el mar se queda atrapado cuando baja la marea. Si pillas un día tranquilo y fuera de agosto, puedes estar allí prácticamente solo.
Comer como se come en los pueblos de costa
Oia no es un sitio donde vayas a encontrar cartas traducidas a cinco idiomas. Aquí la lógica suele ser otra: preguntar qué hay hoy y confiar.
La cocina gira mucho alrededor del pescado de roca, los guisos marineros y el marisco cuando lo hay. La caldeirada aparece bastante, con patata y caldo potente, de esos que piden pan. El pulpo con cachelos también es habitual, sobre todo cuando el día viene gris y apetece algo caliente.
No esperes platos minúsculos ni presentaciones de concurso. Es más bien comida de cuchara, de plato hondo y conversación larga.
Mi consejo es sencillo: llega con hambre y sin plan cerrado. Pregunta qué han traído del mar ese día y tira por ahí. En los pueblos de costa suele ser la apuesta más segura.
Fiestas que siguen siendo del pueblo
Durante el verano hay varias celebraciones repartidas por las parroquias del municipio. Una de las más conocidas es la romería de San Campio, que suele celebrarse en julio en el monte del mismo nombre. La dinámica es la de muchas romerías gallegas: subir con comida, pasar el día allí arriba y bajar bastante más tarde de lo previsto.
En Mougás también se organizan fiestas ligadas al marisco y a la vida del mar cuando llega el buen tiempo. Son celebraciones muy de pueblo: música, mesas largas y mucha gente que se conoce de toda la vida.
Y cuando en Baiona se monta la recreación histórica de la llegada de la carabela Pinta, a comienzos de marzo, por toda esta parte de la costa se nota el ambiente. Más gente, más movimiento y ese olor a sardinas asadas que termina pegándose a la ropa.
Oia no es un lugar que se esfuerce demasiado en gustar. No tiene paseos marítimos enormes ni una colección de tiendas de recuerdos. Es más bien de esos sitios que al principio parecen tranquilos de más… y luego, cuando llevas un rato sentado mirando el mar, empiezas a entender por qué la gente vuelve.
No es el pueblo más espectacular de Galicia, pero tiene algo difícil de explicar. Quizá sea el monasterio plantado frente al Atlántico, quizá esa costa que parece siempre un poco salvaje, o quizá simplemente que aquí nadie tiene prisa por terminar el día.
Si puedes elegir, ven fuera de los meses más fuertes del verano. En primavera o a principios de otoño el paisaje está igual de vivo, pero el ruido baja varios puntos. Y en un sitio como Oia, eso se agradece.