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sobre Oia
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En el extremo sur de las Rías Baixas, donde la costa se pone seria y el Atlántico golpea con ganas, está Oia: un municipio pequeño del Baixo Miño que mezcla patrimonio, mar abierto y aldeas desperdigadas entre monte y litoral. Aquí no se viene a tachar una lista; se viene a mirar, caminar y comer bien, con Portugal al otro lado y la carretera costera marcando el ritmo.
Qué ver
El Monasterio de Santa María de Oia manda en el paisaje. Cisterciense, iniciado en el siglo XII, se levanta frente al océano en una posición poco habitual en Galicia. Con el tiempo fue cambiando y hoy deja ver capas románicas, góticas y barrocas. La fachada, la iglesia y lo que queda del claustro se disfrutan mejor sin prisa.
En la costa, la Playa de Area da Vila es el arenal más conocido: abierto, expuesto y con el mar a menudo movido. Si el baño no apetece (o no se ve claro), el paseo por la orilla y las vistas hacia los acantilados ya compensan.
Entre parroquias aparecen capillas, cruceiros, hórreos y fuentes: detalles pequeños que, si vas con ojo, acaban contando el lugar mejor que cualquier panel.
Qué hacer
La Ruta de los Acantilados recorre el litoral con tramos de sube y baja y cambios de luz constantes. Mejor calzado con suela decente y atención al viento.
Para una vuelta tranquila, las carreteras secundarias permiten ir en bici o enlazar aldeas. Si te interesa el paisaje agrario, fíjate en los viñedos a última hora, cuando baja el sol.
Y sí: la mesa pesa. Pescado de roca y marisco, pulpo y navajas cuando los hay, con blancos de la zona.
Mejor época
Primavera y principios de otoño suelen dar buen equilibrio: luz bonita, menos gente y temperatura agradable para caminar. En verano hay más ambiente y más coche en la costera; en días de temporal, el mar manda y conviene evitar acercarse a los bordes.