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sobre Tui
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El puente internacional está frío a las siete de la mañana. El Miño huele a agua dulce con un punto salobre y a eucalipto mojado. La niebla suele quedarse un rato suspendida sobre el río antes de levantarse del todo, y Portugal aparece enfrente, con Valença extendida sobre la colina. A esa hora apenas se oye más que alguna campana y el tráfico esporádico cruzando la frontera. En las torres de la catedral suelen verse cigüeñas; en el convento de las clarisas, detrás de los muros, ya están con los dulces de almendra que luego venden en pequeñas bolsas de papel.
La piedra de la catedral antes del mediodía
La catedral de Santa María domina la parte alta de Tui como una masa compacta de granito. De cerca se entiende mejor: no es solo una iglesia, también fue fortaleza. Los muros son gruesos, las torres rematan en almenas y la piedra cambia de tono según la luz. Por la mañana suele verse gris claro; cuando el sol cae de frente, aparece un brillo casi plateado.
La portada del llamado Pórtico del Paraíso, ya en transición del románico al gótico, concentra buena parte de las miradas. Las columnas están trabajadas con figuras que, vistas de cerca, tienen algo inquietante: animales híbridos, rostros que parecen vigilar el paso. Cuando sopla viento desde el río, el aire entra por los arcos y arrastra ese olor mezclado de humedad, cera y piedra vieja.
Dentro, la luz es escasa incluso en días claros. La nave guarda ese silencio espeso de las iglesias antiguas. Si se puede subir a las torres —no siempre están abiertas— hazlo sin prisa. Desde arriba se entiende bien la posición de Tui: el Miño dibujando la frontera, los campos del Baixo Miño extendiéndose hacia el interior y, justo enfrente, la fortaleza de Valença dominando la otra orilla.
Murallas que aún guardan el portazo
Baja por la calle Cardenal Belluga. Las casas se arriman unas a otras y las calles apenas dejan pasar el coche. Tui conserva todavía tramos de muralla y varias puertas antiguas. La Puerta de la Pía sigue funcionando como paso natural entre la parte alta y la baja: un arco de piedra por el que hoy pasan vecinos con bolsas de la compra y peregrinos del Camino Portugués.
Aquí no todo es fachada histórica. Hay ropa tendida en balcones de madera pintados de verde, macetas en los alféizares y portales que se abren y se cierran a lo largo del día. El conjunto fue protegido hace décadas, pero sigue siendo un barrio vivo.
En la zona conocida como O Call, donde estuvo el antiguo barrio judío, las calles se estrechan aún más. La pequeña sinagoga medieval —hoy espacio interpretativo— conserva muros desnudos y una bóveda sencilla de piedra. El lugar es discreto, casi escondido entre casas. Conviene pasar temprano o a media tarde, cuando el sol entra en ángulo y deja un hilo de luz en el suelo de la calle.
El Monte Aloia, a un rato del centro
A pocos minutos en coche empieza a cambiar el paisaje. El Monte Aloia fue el primer parque natural declarado en Galicia y funciona casi como el monte local: lugar de paseo, de miradores y de meriendas largas los fines de semana.
La carretera sube entre pinos y eucaliptos, con claros desde donde se ve el valle del Miño. En algunos miradores la vista alcanza varios kilómetros: el río serpenteando, los cultivos del Baixo Miño y, si el día está limpio, la silueta de Portugal cerrando el horizonte.
Hay senderos señalizados que bajan entre robles, helechos y grandes manchas de musgo. Después de días de lluvia —algo frecuente aquí— el suelo queda blando y el bosque huele a tierra húmeda. El agua aparece en pequeños regatos que cruzan los caminos y se escuchan antes de verlos.
Si vienes en fin de semana con buen tiempo, no esperes silencio absoluto: es un monte muy usado por la gente de la zona. Entre semana cambia bastante el ambiente.
Cuando cae la tarde junto al Miño
Al final del día, el río se vuelve más oscuro y el paseo fluvial empieza a llenarse de gente que sale a caminar. Desde algunos puntos se ve perfectamente la muralla de Valença iluminándose poco a poco al otro lado.
Cerca del muelle aún quedan pequeñas embarcaciones y restos de actividad ligada al río. Durante el invierno se habla mucho del meixón, la cría de anguila que tradicionalmente se pescaba en el Miño y que sigue teniendo gran fama en la zona. Cuando hay jornadas gastronómicas o celebraciones relacionadas con el producto, el ambiente se vuelve bastante animado.
Si prefieres ver Tui más tranquila, basta con acercarse cualquier tarde normal de invierno o principios de primavera. El paseo queda casi en silencio y solo se oyen los pasos sobre la grava y el agua golpeando despacio contra el borde.
Cómo llegar y cuándo ir
Tui está bien conectada con Vigo por carretera, y también tiene estación de tren en la línea que une el sur de Galicia con el norte de Portugal. Muchos viajeros llegan caminando, porque por aquí pasa el Camino Portugués hacia Santiago.
Aparcar dentro del casco histórico puede ser complicado, sobre todo en días con muchos peregrinos o fines de semana. Lo más práctico suele ser dejar el coche en las zonas más bajas, cerca del río, y subir andando.
La primavera y el inicio del otoño suelen ser los momentos más agradables: el valle está muy verde y la temperatura es suave. En verano el Camino trae bastante movimiento y el calor puede apretar a mediodía; si vienes en esos meses, lo mejor es recorrer las calles antiguas temprano, cuando la piedra aún está fresca.
Antes de marcharte puedes acercarte al torno del convento de las clarisas. Llamas, se oye un leve movimiento detrás de la reja y aparece una bolsa pequeña con los pececitos de almendra. Son sencillos, ligeramente tostados, con ese sabor dulce que se queda mientras bajas hacia el río.