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sobre Boborás
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Hay pueblos que parecen inventados para que los de la ciudad digamos “qué bonito es esto” mientras hacemos fotos con el móvil. Boborás no es uno de esos. Boborás es más bien como ese tío del pueblo que se levanta a las seis de la mañana, desayuna fuerte y se va a podar la viña. Sin hacer ruido, sin demasiada propaganda, pero con más historia detrás de la que aparenta.
Si vienes a hacer turismo en Boborás pensando en un decorado perfecto, probablemente te descoloque un poco. Si vienes con curiosidad por ver cómo es de verdad esta parte de la comarca de O Carballiño, entonces la cosa cambia.
Un municipio repartido entre parroquias
Lo primero que notas cuando llegas es el silencio. No el silencio incómodo, sino ese que te hace bajar la voz sin darte cuenta. Algo más de dos mil vecinos repartidos en un buen puñado de parroquias con nombres que parecen sacados de un cuento: Xuvencos, Xurenzás, Brués. Cada una funciona casi como un pequeño mundo.
La carretera va serpenteando entre castaños, viñas y casas sueltas. Llegas a Pazos de Arenteiro y piensas: “vale, esto debe ser el centro”. Pues tampoco exactamente. Es una de esas parroquias que por sí sola ya parece un pueblo entero.
Allí está el famoso hórreo de Pazos de Arenteiro, larguísimo, de esos que te hacen parar el coche aunque no pensabas hacerlo. Cuando te acercas ves que no es un decorado antiguo: sigue cumpliendo su función. Como muchas cosas por aquí. Son viejas, sí, pero siguen vivas.
Iglesias románicas que llevan siglos aquí
En Boborás hay varias iglesias románicas que merecen un alto en el camino. La de San Julián de Astureses suele ser la que más se menciona. Es del siglo XII y lleva ahí desde mucho antes de que existiera la idea de “venir a verla”.
Lo curioso es que, aunque está protegida desde hace décadas, el ambiente sigue siendo muy de parroquia. La puerta a veces está abierta, la piedra está fría y dentro suele haber ese silencio que tienen las iglesias pequeñas cuando no hay nadie.
Algo parecido pasa con Santa María de Xuvencos, también románica. Misma sensación de lugar antiguo que sigue formando parte de la vida diaria del sitio.
Y luego están los detalles raros que te encuentras casi sin aviso. En la iglesia de San Mamede de Moldes, por ejemplo, hay una cruz templaria en la espadaña. No hay focos ni paneles enormes explicándolo. Está ahí y ya. Hay quien relaciona esa zona con el paso de templarios siglos atrás, aunque lo que queda hoy son sobre todo esas pistas sueltas.
Un domingo cualquiera en Pazos de Arenteiro
Un vecino me dijo algo muy sencillo: “si puedes, ven un domingo por la mañana”.
En Pazos de Arenteiro suele montarse mercado, y es de esos donde acabas quedándote más rato del que pensabas. Empiezas mirando puestos, luego alguien te ofrece probar algo, luego aparece una copa de vino… y cuando miras el reloj ha pasado media mañana.
El pulpo a feira suele ser uno de los protagonistas. Se sirve de pie, con su aceite y pimentón, mientras alrededor la gente charla de la vendimia, del tiempo o de quién arregló el tejado de no sé quién. Nada montado para turistas: simplemente el ritmo de un domingo normal.
Y lo curioso es que te acostumbras rápido a ese ritmo. Dos horas sin mirar el móvil pasan volando.
Caminar por la zona de Moldes
Si te gusta andar un poco, por Boborás hay varios caminos que atraviesan monte bajo, castaños y restos históricos. Uno de los recorridos más conocidos por la zona conecta Moldes con el castro Cavadoso.
No es una ruta larga, pero tampoco es el típico paseo de parque urbano. Conviene llevar agua y tomárselo con calma. El castro está en una zona elevada, como suelen estar estos asentamientos antiguos, y todavía se distinguen restos de las estructuras defensivas.
Según la tradición local, esa fortaleza acabó arrasada durante las revueltas irmandiñas del siglo XV, cuando muchos campesinos se levantaron contra el poder feudal. Hoy quedan piedras, muros bajos y un paisaje bastante abierto alrededor.
Te sientas un momento allí arriba y entiendes por qué eligieron ese sitio.
El vino de la zona
En Boborás estás dentro del territorio del Ribeiro, y eso se nota. Las viñas aparecen aquí y allá en cuanto sales un poco de las aldeas.
En el municipio suele celebrarse una fiesta dedicada al vino de la zona, donde participan productores locales. No es un evento masivo ni especialmente ruidoso. Se parece más a una reunión grande de gente que vive del vino o lo tiene muy cerca.
La conversación acaba girando siempre alrededor de lo mismo: cómo vino la cosecha, si la lluvia llegó tarde, si este año la uva maduró mejor. Si te gusta escuchar a quien trabaja la tierra, es de esas charlas que se alargan sin darte cuenta.
Mi consejo de amigo
Boborás no funciona bien si vienes con prisa. No es un sitio de checklist.
Funciona mejor si te plantas una tarde por Pazos de Arenteiro, das un paseo sin rumbo claro, cruzas el puente sobre el Arenteiro y te sientas un rato a ver pasar el agua. Ese tipo de plan.
Con un día o día y medio te haces una buena idea del municipio. Eso sí: mejor venir en coche, porque el transporte público por esta zona es limitado y moverse entre parroquias sin vehículo se complica bastante.
Y cuando alguien te pregunte qué hay en Boborás, la respuesta no es un monumento concreto ni una foto famosa. Es más bien la sensación de haber pasado unas horas en un sitio donde el tiempo va a otro ritmo.
A veces eso es justo lo que apetece encontrar en el interior de Galicia.