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sobre O Irixo
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El pueblo que Google Maps olvida
Llegué a O Irixo por error. Literalmente. Iba camino de O Carballiño con la idea fija de comer pulpo y acabé dando vueltas por una carretera comarcal que parecía no llevar a ninguna parte. El GPS decía “recalculando” cada dos minutos y el depósito empezaba a ponerse nervioso. Entonces apareció un cartel de madera: “O Irixo, 2 km”.
Dos kilómetros después estaba en una plaza de piedra, delante del ayuntamiento, con un par de vecinos hablando en la puerta de un bar sobre la cosecha de castañas como si el mundo dependiera de eso. Esa escena resume bastante bien el turismo en O Irixo: llegas casi por casualidad y, cuando te das cuenta, te quedas un rato más de lo previsto.
De aquello hace unos años. He vuelto varias veces desde entonces.
Cuando un municipio pequeño tiene más historia de la que parece
O Irixo no funciona como un pueblo compacto. Es más bien un puñado de parroquias y aldeas repartidas por las laderas, con casas de granito aquí y allá, huertas, hórreos y carreteras que suben y bajan sin pedir permiso.
Los nombres ya te sitúan en Galicia interior: San Vicente do Irixo, San Xoán de Taragoña, Santa María de Augacaida. Cada parroquia con su iglesia, su cementerio pegado al muro y ese olor a leña que en invierno se mete por todas partes.
La iglesia de San Vicente, por ejemplo, es bastante sobria. Piedra, líneas rectas y poco adorno. Un vecino me comentó una vez que el templo actual sustituyó a otro más antiguo y que por aquí pasaban caminantes que subían hacia el norte siguiendo rutas que acababan conectando con caminos de Santiago. No es raro: toda esta zona fue siempre territorio de paso entre comarcas.
Caminos, monte y una cascada poco conocida
Si te gusta caminar, alrededor de O Irixo hay bastante terreno para perder la mañana. Pistas forestales, senderos que cruzan carballeiras y pequeños regatos que en invierno bajan con ganas.
Por la zona de Augacaida —ya hacia el límite con otros municipios— hay una fervenza que algunos vecinos enseñan con orgullo cuando preguntan por sitios del monte. No está señalizada como un gran reclamo ni tiene pasarelas ni miradores. Llegar implica dejar el coche en algún ensanche de pista y caminar un buen rato.
Cuando el agua baja fuerte, la caída impresiona bastante más de lo que uno espera en un rincón tan tranquilo. No suele haber mucha gente, algo que hoy en día casi sorprende.
Caldo, matanza y comida de interior
La cocina de aquí es la de toda la vida en el interior de Ourense: platos contundentes y pocas florituras. Caldo gallego, carne de cerdo de la matanza, pan que aguanta varios días y vino de la zona.
En invierno es fácil encontrarse con ferias o fiestas parroquiales donde aparece el caldo en cazuelas grandes. Uno de esos días lo probé en la zona de San Vicente, en plena fiesta del patrón —que tradicionalmente se celebra en enero— y salí de allí con esa sensación de haber comido como en casa de una abuela gallega: mucho, caliente y sin prisa.
El pulpo famoso de la comarca está a un salto, en O Carballiño. Mucha gente combina las dos cosas: comida allí y luego vuelta tranquila por estas carreteras.
Una romería de las que aún se hacen a la vieja manera
En verano, por el alto de San Roque, suele celebrarse una romería bastante animada. Misa al aire libre, mesas improvisadas, vino en vasos de plástico y música tradicional sonando mientras la gente charla a la sombra.
Una vez acabé bailando una muñeira con una señora que me dijo, muy seria, que yo “movía el culo como un gallego bien alimentado”. Sigo sin saber si era un cumplido o una crítica, pero me hizo gracia.
Ese tipo de fiestas siguen teniendo algo muy de pueblo: familias que suben con comida, vecinos que se conocen de toda la vida y visitantes que acaban integrados sin darse cuenta.
Si vienes, ven con calma
O Irixo no es un sitio de lista rápida ni de “paro, foto y me voy”. Aquí lo que compensa es conducir sin prisa, parar en una aldea cualquiera y caminar un rato por los caminos del valle del Arnego.
En primavera el monte está especialmente verde y los regatos llevan agua. En invierno el ambiente es más tranquilo y huele a leña por todas partes.
Mi consejo de colega: no vengas con un plan demasiado cerrado. Aparca el coche, da una vuelta, habla con algún vecino si surge la conversación y deja que el sitio vaya marcando el ritmo. En lugares así, cuanto menos corres, más cosas acabas viendo.