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sobre Piñor
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A las ocho de la mañana, la niebla se arrastra por el valle del Arenteiro como si alguien hubiera tirado una manta de lana húmeda sobre las viñas. Desde la cuesta de San Salvador de Lebosende, en Piñor, los tejados de pizarra aparecen y desaparecen entre la bruma: granito oscuro, chimeneas finas, algún gallo que rompe el silencio antes de que pase el primer coche por la OU‑536 camino de Ourense. El aire huele a castaño mojado y a humo de leña reciente.
Aquí el día empieza despacio. La carretera comarcal cruza el municipio sin demasiado tráfico y, salvo a primera hora, el sonido más constante suele ser el del río bajando entre alisos.
El tiempo de las castañas y los callos
Cuando llega el otoño, Piñor cambia de ritmo. Octubre suele traer olor a leña encendida y a castaña recién abierta. En la Praza do Arenteiro a veces se montan mesas largas y calderos grandes donde se preparan callos para todo el que se acerque. No es una fiesta rígida ni con demasiada ceremonia: la gente se sienta donde encuentra hueco, alguien pasa una jarra de vino, y el murmullo va creciendo a medida que cae la tarde.
Si vienes en esa época conviene traer botas o, al menos, calzado con suela firme. Los senderos que bajan hacia el río —los del entorno de O Peilán, por ejemplo— se cubren de hoja de castaño y debajo suele esconderse barro. A cambio, el paisaje cambia de color cada pocos metros: ocres, amarillos apagados, verdes muy oscuros. El Arenteiro baja con más agua y se oye antes de verlo.
Ruinas que respiran
La iglesia de San Paio de Loeda lleva décadas en ruina. Las paredes siguen en pie, pero el interior se abrió al cielo hace tiempo. Entre las piedras crece musgo espeso y algún árbol joven ha encontrado sitio donde antes estaba el altar. El lugar aparece mencionado en inventarios de patrimonio en riesgo, aunque la realidad aquí es más sencilla: el mantenimiento de edificios antiguos pesa mucho en municipios pequeños.
Desde ese alto se ve el valle del río Salvaboa serpenteando entre robles. Cerca de Albarona salen varios caminos que siguen el curso del agua. Algunos tramos son fáciles y otros más irregulares, con pasarelas de madera y restos de construcciones antiguas vinculadas a molinos o a pequeñas fábricas que aprovecharon la fuerza del río. Más adelante hay una cascada —la fervenza de Lousado— que en invierno ruge bastante más que en verano.
Quien se acerque en días cálidos suele encontrar pozas donde meter los pies. El agua baja fría incluso en julio.
Cuando el pueblo se llena… y cuando se vacía
En verano el municipio cambia de cara. Muchas casas que pasan el invierno cerradas vuelven a abrirse cuando regresan familias que viven en Ourense, Madrid u otras ciudades. Los coches aparecen de nuevo en las entradas de las aldeas y por la tarde se oyen niños jugando en las calles.
Las fiestas parroquiales del verano concentran la mayor parte del ambiente. Durante unos días hay música en la plaza, hogueras en algunos barrios y puestos improvisados que huelen a azúcar caliente y aceite. Si buscas tranquilidad, conviene evitar esas jornadas. Si te interesa ver el pueblo más animado, son justo el momento contrario.
Un domingo cualquiera de septiembre suele ser distinto: cielo limpio después del calor fuerte, viñas empezando a dorarse y poca gente en la calle. Es fácil acabar sentado en un murete de piedra, escuchando el zumbido de insectos entre las zarzas y el golpe seco de alguna puerta que se cierra en la distancia.
El camino que pasa de largo
El Camino Sanabrés de la Vía de la Plata atraviesa Piñor de forma discreta. Muchos peregrinos llegan desde Ourense ya avanzada la mañana y siguen casi sin detenerse. La señalización los conduce por la ponte da Mirela, un pequeño puente de piedra sobre un regato donde el agua corre entre juncos y barro oscuro.
Si uno se aparta un momento del asfalto y baja al cauce, el granito del puente aparece pulido por siglos de paso: ganado, carros, caminantes.
Cerca de allí se levanta el Pazo de Coiras, un caserón grande que hoy se ve sobre todo desde fuera. La fachada conserva un escudo desgastado y parte del revoco desprendido deja ver la piedra antigua. El edificio ha pasado por distintas manos a lo largo del tiempo y pertenece a una propiedad privada, así que lo habitual es observarlo desde el camino.
Por encima del tejado asoma un castaño enorme. En otoño las ramas casi tocan el muro exterior.
Cómo llegar y cuándo volver
Piñor queda a unos 18 kilómetros de Ourense siguiendo la OU‑536, una carretera que sube y baja entre viñas y pequeñas aldeas. La mayoría de visitantes llega en coche; el transporte público existe, pero las conexiones suelen ser limitadas y conviene revisarlas con antelación.
El clima aquí engaña: incluso en verano, cuando cae el sol la temperatura baja rápido. Una chaqueta ligera suele agradecerse si vas a caminar al atardecer, sobre todo en zonas cercanas al monte Seixo.
Un buen momento para volver es un día gris de otoño, cuando la niebla empieza a levantarse del valle. Desde los altos de San Salvador de Lebosende el paisaje se abre poco a poco: primero aparece el campanario, luego las parcelas de viñedo y al final el brillo del río entre la maleza. Piñor no necesita mucho más que ese silencio húmedo y el sonido del agua corriendo cuesta abajo.