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sobre Punxín
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La niebla de abril se posa sobre los tejados de pizarra como una sal fina. Desde la carretera que viene de Ribadavia, Punxín aparece como un susurro entre los viñedos: casas bajas, el campanario románico de Vilela apuntando al cielo gris perla, y los hórreos alineados como vigilantes de madera. Son las ocho de la mañana y el pueblo huele a pan recién hecho y a tierra mojada.
El tiempo que se quedó en el castro
Subir al castro de San Cibrao de Las es como entrar en una cicatriz abierta en la colina. Las murallas de piedra —largas, siguiendo el relieve del monte— rodean el asentamiento como si la propia roca hubiera decidido protegerse. Camino entre los foxos, esas fosas defensivas que ahora están llenas de helechos, y pienso que aquí alguien vigiló el mismo paisaje que yo: el valle del Miño extendiéndose como una manta verde, los castaños todavía sin hojas, las viñas esperando mayo.
El viento de la altura trae olor a resina y a hierba húmeda. En la parte alta, donde estuvo la acrópolis, las piedras tienen ese tono ocre que solo aparece después de siglos de sol y lluvia. Me agacho para tocar una de las losas de las casas circulares: está templada, guardando el calor de la mañana. Un hombre que sube con su perro me dice que aquí “se xuntan os tempos”. Y algo de eso hay: restos de la Segunda Edad del Hierro conviven con la huella romana, todo bajo el mismo cielo cambiante de Ourense.
Si subes, hazlo temprano o a última hora. A mediodía el sol pega sin sombra y el monte se vuelve áspero.
Piedras que guardan memoria
La iglesia de Santa María de Vilela aparece después de una curva en la carretera local. El arco de entrada es románico, grueso y sobrio, de esos que guardan una sombra fresca incluso en agosto. El campanario es posterior, más ornamentado, como si otra época hubiera querido dejar su firma.
Me quito las gafas —la luz del mediodía aquí es blanca y dura— y miro los capiteles: leones algo desproporcionados, hojas que parecen crecer directamente de la piedra. Dentro huele a cera y a madera vieja. La pila bautismal muestra ese desgaste suave que dejan las manos durante generaciones.
Al otro lado de un pequeño regato se levanta el pazo de Punxín, con el escudo de armas gastado y una huerta donde todavía crecen naranjos amargos. Se cuenta que a comienzos del siglo XX algunos intelectuales galleguistas pasaron temporadas aquí o se reunieron en la zona para hablar de política y cultura gallega. No cuesta imaginar conversaciones largas en el jardín, con el valle del Miño al fondo y el aire húmedo de la tarde entrando entre los árboles.
Cuando el vino dibuja el paisaje
En primavera las viñas del Ribeiro están en ese momento de transición en que todo parece quieto pero está a punto de arrancar. Los sarmientos, aún desnudos, trazan líneas oscuras sobre la tierra rojiza. Si te acercas, el suelo huele a mineral y a humedad.
Un viticultor poda despacio, tijeras en mano, dejando caer las varas al suelo con un chasquido seco. Me dice que ahora todo es paciencia: cada corte se piensa porque “a vide é máis vella ca nós e sabe máis”. La frase se queda flotando mientras el viento mueve las hileras.
Desde el camino que baja hacia Ourantes aparecen hórreos entre las viñas. Madera oscura, tejados de dos aguas, las piedras circulares bajo las patas para mantener lejos a los animales. Algunos conservan iniciales talladas; otros están torcidos por los años y el peso del maíz que guardaron durante generaciones.
La hora en que el pueblo baja el ritmo
A media tarde la luz empieza a dorarse. En el bar del pueblo se oyen cartas sobre la mesa y cucharillas golpeando tazas. Fuera, algunas vecinas sacan sillas a la puerta y hablan en gallego con esa cadencia pausada que tiene la conversación cuando no hay prisa.
Un coche pasa despacio. Un perro se tumba en medio de la carretera y nadie parece tener problema con eso. Desde la iglesia de San Xoán de Ourantes llega el sonido de la campana, irregular, como si el tiempo aquí se midiera de otra manera.
Cuando el sol cae detrás de los eucaliptos, Punxín se queda en silueta: tejados, viñas, las torres de las iglesias. El aire cambia y empieza a oler a leña encendida y a humedad de piedra.
Cuándo ir y qué tener en cuenta
La primavera suele ser un buen momento para recorrer la zona: las viñas empiezan a moverse y el valle tiene ese verde limpio de abril y mayo. El verano trae más movimiento en la comarca, sobre todo los fines de semana.
Para subir al castro conviene llevar calzado cómodo: el terreno es irregular y hay tramos de tierra y piedra suelta. Y algo de abrigo ligero tampoco sobra; incluso en días templados el viento del alto del monte puede refrescar.