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sobre Carballeda de Avia
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Las primeras gotas de lluvia caen cuando ya llevas un rato subiendo por la Ruta dos Muíños, en Carballeda de Avia. El regato Maquiáns baja más vivo de lo habitual y el ruido del agua empieza a imponerse al de las hojas. De repente los molinos, que hasta hace un momento parecían simples construcciones de piedra junto al sendero, empiezan a moverse. Una rueda, luego otra. Al final son una veintena girando a la vez. El olor húmedo del valle —agua, madera, harina antigua— se queda en el aire.
El olor a mosto que sube por las laderas
En otoño el valle del Avia cambia de color casi de un día para otro. Las viñas que rodean Carballeda pasan del verde al rojo oscuro, con tramos dorados donde el sol de la tarde cae de lleno. Cuando empieza la vendimia el aire suele traer olor a mosto recién prensado, mezclado con humo de leña de las casas.
Desde el mirador de Pena Corneira, esa gran mole de granito que sobresale sobre el Ribeiro, se ve bien el dibujo de las parcelas. Pequeñas, irregulares, sostenidas por muros de piedra que llevan ahí generaciones. El sendero que baja hacia Veronza y Vilar de Condes pasa entre viñas muy viejas. Algunos aquí dicen que ciertas cepas vienen de muy atrás, quizá de época romana; otros simplemente dicen que siempre estuvieron ahí.
En la plaza de Abelenda das Penas, donde termina la Ruta dos Cabalos, es fácil encontrarse con vecinos que trabajan las viñas cercanas. Uno me enseñó a distinguir el sarmiento del año por el tono más claro de la corteza. Mientras hablaba iba desgranando una uva moscatel y me ofreció un racimo pequeño. El dulzor se queda pegado al paladar bastante rato.
Cuando los molinos cuentan historias
La Ruta dos Muíños sigue el curso del regato y enlaza molino tras molino. Algunos están restaurados, otros mantienen ese aspecto de ruina húmeda que tienen los lugares donde el agua nunca deja de correr. Muchos conservan nombre propio: O Cuberto, A Ponte, O Rego.
En uno de ellos aún se distingue la puerta antigua, marcada por golpes de herramientas. Tradicionalmente se molía también de noche, aprovechando el caudal constante del regato. En otro se ve bien cómo se organizaba el espacio: el molino arriba, el pequeño establo debajo, el huerto al lado del canal.
Conviene hacerlo temprano. El sendero es estrecho y las losas de granito están pulidas por siglos de pisadas y humedad. Con lluvia el paisaje gana fuerza —el agua llena las acequias y mueve las ruedas— pero el suelo se vuelve resbaladizo, así que merece la pena llevar buen calzado.
La iglesia que huele a cera y a tierra mojada
La iglesia de San Miguel aparece tras una curva cerrada del camino. La piedra tiene ese tono gris cálido del granito del Ribeiro y por la tarde, cuando el sol entra de lado, se vuelve casi cobriza.
Dentro el olor es mezcla de cera gastada y humedad. Las paredes mantienen una textura rugosa, fría al tacto. El retablo barroco ocupa todo el fondo y el San Miguel del centro parece mirar hacia arriba, como si vigilara la cubierta.
La iglesia suele abrir a media mañana algunos días, dependiendo de quién tenga la llave. Si está cerrada, a veces basta con preguntar en las casas cercanas. Aquí todavía funciona bastante ese sistema.
La subida al Lodairo
A principios de junio el monte del Lodairo se llena de gente desde muy temprano. La romería de la Virxe do Lodairo sigue siendo una cita importante para las aldeas del municipio.
El camino sube entre eucaliptos y robles. Primero se huele la humedad del monte; más arriba empiezan a aparecer parrillas improvisadas y el olor cambia a chorizo y pan tostado. En la ermita, pequeña y sencilla, el ambiente mezcla incienso con el sudor de los que han subido andando.
Después de la misa muchos bajan hacia la fuente que hay un poco más abajo. Lavarse la cara con esa agua forma parte del día desde hace generaciones. Algunos todavía usan el mismo cazo de madera que pasa de mano en mano.
Cómo llegar y cuándo ir con calma
Carballeda de Avia es un municipio pequeño —apenas supera el millar de habitantes— y eso se nota cuando coinciden muchos coches. En agosto, sobre todo los fines de semana, la plaza principal se llena rápido y cuesta encontrar sitio donde aparcar.
Entre semana el ambiente cambia mucho. Un martes de octubre, por ejemplo, el pueblo se mueve despacio: alguien barre la entrada de casa, se oye un tractor en la distancia y el olor a mosto vuelve a aparecer si la vendimia sigue en marcha.
En invierno conviene traer botas. El barro de los caminos se pega a las suelas y la niebla puede quedarse todo el día en el fondo del valle. En primavera, si coincide con el Martes de Entroido, es posible oír a los fachicos recorriendo las aldeas con cencerros antes incluso de verlos.
Y si el día está claro, merece la pena subir caminando hasta Pena Corneira al final de la tarde. Desde arriba el Ribeiro se abre entero: viñas, aldeas pequeñas, el río perdiéndose hacia el Miño. Cuando el sol cae, la piedra del monte se calienta un momento y luego se enfría rápido. El valle queda en silencio otra vez. Sólo el agua del regato sigue sonando abajo, donde los molinos continúan girando despacio.