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sobre Cenlle
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Cenlle es como ese caldo que hace tu abuela: parece sencillo, pero tiene algo que no sabes identificar. Estás en la plaza, miras alrededor y piensas: "aquí no pasa nada". Y tienes razón. Pero es que precisamente ahí está el truco.
El pueblo que no vende humo
Llegué a Cenlle un martes a las doce, con la niebla del Miño pegada a los coches. La primera sensación fue esa de "¿y ahora qué?". Las persianas medias bajas, un perro oliendo una farola, dos vecinos hablando con la típica lentitud del que no tiene prisa por llegar a ninguna parte. Te suena, ¿verdad? Es el mismo guion de muchos pueblos pequeños.
Pero aquí hay un matiz: el olor a mosto que sale de las bodegas cuando cruzas por la N‑120 en época de vendimia. Como si alguien hubiera tirado vino nuevo a la carretera.
Entré en el bar de la gasolinera —sí, ya sé, pero era el único sitio abierto a esa hora— y acabé hablando con un señor que me explicó que Cenlle ronda el millar de habitantes pero "en verano se triplican, y no por los turistas". Son los hijos que vuelven. Los que se fueron a Ourense, a Vigo, a Suiza. En agosto el pueblo se llena de coches con matrícula extranjera y de niños que hablan gallego con un acento raro, mezcla de aquí y de fuera.
Las termas junto al Miño
Uno de los pequeños secretos del municipio está en las pozas de A Barca. No esperes un balneario ni nada organizado. Son surgencias de agua caliente al lado del río donde la gente se sienta a remojar los pies o se mete hasta la cintura cuando el tiempo acompaña.
El agua suele salir templada todo el año, rondando los treinta y tantos grados según comenta la gente del lugar. Lo justo para agradecerlo cuando hace frío.
Fui en noviembre, con esa lluvia fina que cala poco a poco. Me quité las zapatillas, me remangué los vaqueros y metí los pies. A los diez minutos estaba charlando con una mujer de un pueblo cercano que me contaba que su marido venía allí cada semana porque "le arreglaba las piernas". Historias así salen solas cuando te sientas en el borde de una poza.
No hay glamour: algún grifo, piedra húmeda y ese olor a azufre que se te queda un rato en la ropa. Pero es uno de esos sitios donde la gente del lugar sigue yendo como si fuera lo más normal del mundo.
Un paseo hasta el castro
Por la zona hay varios senderos señalizados. Uno bastante claro es el que sube hacia el castro de A Pena.
El recorrido ronda los ocho kilómetros si haces todo el bucle y atraviesa zonas de viñedo y caminos entre aldeas antes de meterse en un tramo boscoso cerca del Miño donde apenas se oye nada más allá del río.
La subida final te lleva hasta una especie de península sobre el agua donde quedan restos del antiguo castro. Desde arriba ves mejor cómo son las terrazas del Ribeiro: laderas llenas de escalones verdes pegados a la montaña.
En esa misma zona hubo explotaciones romanas para sacar oro hace siglos. Hoy apenas se nota salvo por algún indicio documentado por arqueólogos; pero saberlo le da otra capa al paisaje mientras estás allí mirando hacia abajo.
El vino sin ceremonia
Cenlle está dentro del Ribeiro; una zona histórica para hacer vino blanco en Galicia aunque sin tanto ruido como otras regiones más famosas hoy día.
Los viñedos aparecen por todas partes; muchas veces son parcelitas familiares con bancales estrechos sostenidos por muros antiguos hechos piedra sobre piedra sin cemento alguno visible entre ellas...
La sensación general aquí es bastante directa respecto al tema vitivinícola: muchas bodegas siguen funcionando tranquilamente sin pensar demasiado en visitantes organizados ni catas formales... Lo normal sería encontrarte con alguien local quien simplemente te diga “si quieres probarlo pasa”... Y entonces sirven ese blanco fresco característico directamente desde garrafón usando lo primero disponible—vasito plástico incluido—sin protocolos complicados alrededor...
Los blancos suelen tener frescura junto cierto carácter mineral debido probablemente tanto variedades tradicionales usadas como suelo mismo donde crecen esas cepas...
La vendimia suele caer durante septiembre principalmente; semanas durante cuales todo huele intensamente dulzón debido uva recién prensada fermentándose lentamente dentro cubas cercanas...
Lo cotidiano hecho paisaje
Cenlle definitivamente no figura entre pueblos considerados “más bonitos” según listados habituales... No encontrarás casitas colgantes ni calles empedradas perfectamente restauradas para fotografías coloridas...
Su encanto radica precisamente dentro cotidianidad misma... Aparcas coche caminando cinco minutos máximo antes empezar conversación casual con primer vecino encuentres preguntándote simplemente “de dónde vienes?”...
Senderos disponibles generalmente vacíos exceptuando quizás fin semana soleado invierno cuando alguna familia sale pasear perro juntos...
Si llegases durante otoño justo cuando viñas cambian coloración hacia tonos amarillos rojizos intensificándose contra verde musgo piedras grises muros secanos... Valle adquiere entonces aspecto especial humilde pero sincero acompañado siempre fondo constante Miño fluyendo despacio dirección sur...
Mi plan recomendado resulta sencillo: paseo corto mañana temprano seguido posible remojo pies aguas termales si clima permite concluyendo finalmente sentada plaza principal observando simplemente cómo transcurre tarde lentamente sin mayores acontecimientos aparentemente necesarios...
En Cenlle realmente nunca ocurren grandes cosas espectaculares… Pero mientras permaneces allí tampoco sientes necesidad alguna buscarlas…