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sobre Melón
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Te juro que el GPS se mosqueó. Iba por la A‑52 pensando que Melón estaría señalado con esos carteles gigantes que anuncian hasta una gasolinera con gimnasio 24 horas, y nada. Un desvío discreto, casi de esos que si parpadeas te lo saltas, y de repente estás metido en un valle donde la autovía queda arriba y todo lo demás baja hacia el río. El monasterio se ve desde la carretera con ese aire de “tranquilo, que has llegado”.
El pueblo que nació alrededor de un monasterio
La historia de Melón gira alrededor del monasterio de Santa María. Todo empieza en el siglo XII, cuando el rey Alfonso VII cedió estas tierras para fundar un monasterio del Císter. Vinieron monjes ligados a Clairvaux y se instalaron en este valle encajado entre montes que hoy siguen siendo bastante serios.
Tiene sentido: el Císter buscaba lugares apartados, con agua cerca y tierra que trabajar. Aquí tenían el río da Cortella, laderas a su alrededor y bastante silencio. Demasiado, diría alguno.
Del monasterio original quedan partes importantes. Hoy funciona como iglesia parroquial, así que no es un museo ni un recinto monumental al uso. Pero cuando entras al recinto y cruzas el arco de acceso pasa algo curioso: el ruido desaparece. Igual acabas de aparcar con media docena de coches pasando por la carretera y, de repente, todo suena amortiguado. Ese tipo de sitio.
Fiestas que siguen siendo del pueblo
En Melón las fiestas siguen teniendo ese aire de celebración vecinal antes que de calendario turístico. Por primavera suele haber romería en Santa Cruz, con la gente subiendo con ramos y comida como se ha hecho toda la vida.
El Corpus también se celebra con ganas. Se montan mesas largas, aparece comida de todas partes y al final da la sensación de que medio pueblo está cenando junto. Si caes allí ese día, lo normal es que alguien te pregunte de dónde vienes antes de ofrecerte un trozo de algo.
Y luego está junio, que parece una cadena de fiestas entre parroquias y aldeas cercanas. Si te coincide una visita en esas semanas, conviene preguntar primero qué se está celebrando exactamente, porque cada sitio tiene su santo y su manera de montarlo.
En invierno el ambiente cambia, pero el Entroido de algunas aldeas de la zona mantiene máscaras y disfraces bastante particulares, de esos que parecen salidos de otro siglo más que de una tienda de disfraces.
Un rincón del Ribeiro más áspero de lo que imaginas
Cuando alguien piensa en O Ribeiro suele imaginar viñedos ordenados y colinas suaves. Melón juega en otra liga. Aquí el terreno es más abrupto, con laderas donde plantar una cepa ya requiere ganas.
El paisaje mezcla piedra, monte bajo, nogales y pequeñas parcelas de viña que sobreviven como pueden. No es el Ribeiro de postal, es el Ribeiro que se trabaja.
El municipio está repartido en muchas aldeas pequeñas dentro de dos parroquias principales, Melón y Quins. Algunas siguen habitadas todo el año; otras se llenan más en verano o durante las fiestas. Es uno de esos lugares donde todavía se nota que cada núcleo tenía su vida propia.
Si te gusta caminar, por la zona aparece el puente de Semelón, un puente de piedra del siglo XVIII con un solo arco bastante elegante. El río pasa por debajo con ese sonido constante de agua contra roca. Y sí, alguien dejó un grafiti moderno en uno de los muros. Queda raro, pero también dice mucho de cómo conviven aquí las capas del tiempo.
Consejos de amigo, no de guía
El monasterio es la parada clara. Se ve relativamente rápido, pero merece la pena pasear alrededor y no quedarse solo con la fachada.
Otro detalle práctico: fuera de horas centrales o en ciertos días tranquilos, puede que encuentres bastante silencio en el pueblo. No siempre hay bares abiertos, así que llevar agua o algo de picar en el coche no es mala idea si vienes a pasar la tarde.
En otoño el entorno suele estar especialmente bonito, con los montes cambiando de color y el olor a leña empezando a aparecer en las aldeas. En invierno, en cambio, la niebla se mete bien en el valle y las carreteras de la zona piden conducir con calma.
Melón no juega a impresionar en cinco minutos. Es más bien de esos sitios que entiendes cuando bajas del coche, caminas un rato y ves cómo el monasterio, el río y las aldeas encajan en el mismo valle.