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sobre Ribadavia
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Hay un momento, justo cuando cruzas el puente de San Francisco y las casas se te vienen encima como si fueran a darte un abrazo, en el que entiendes por qué el turismo en Ribadavia no tiene nada que ver con parar en cualquier pueblo del Miño. Es como cuando pruebas un vino casero en casa de un amigo y notas que ahí hay historia detrás. Aquí pasa algo parecido: piedra vieja, viñas alrededor y la sensación de que el pueblo lleva siglos funcionando a su ritmo.
El vino que todo lo impregna
Lo primero que notas es el vino, aunque no siempre sea literalmente el olor. Es más bien una sensación: barricas, uva, conversaciones largas. Ribadavia está en pleno Ribeiro, una de las denominaciones de origen más antiguas de Galicia, y eso se nota en la forma en que el vino aparece en todas partes. En las casas, en las conversaciones, en las fiestas.
En mayo suele celebrarse la Feira do Viño do Ribeiro, y esos días el pueblo cambia de ritmo. Hay gente por todas partes, copas en la mano y ese ambiente de feria que mezcla vecinos, bodegueros y curiosos que vienen a probar.
Consejo de colega: si vienes en un fin de semana así, aparca en cuanto encuentres sitio fuera del casco histórico y olvídate del coche. Las calles son estrechas y con cuestas. De esas en las que bajas contento y al subir ya te preguntas por qué no dejaste el coche antes.
La judería donde el tiempo va más despacio
El barrio judío de Ribadavia tiene algo que engancha cuando empiezas a caminarlo. No es un decorado ni una recreación moderna: son calles que llevan siglos ahí, torcidas, estrechas y con casas que parecen apoyarse unas en otras.
La antigua sinagoga —hoy convertida en espacio interpretativo— recuerda que aquí hubo una comunidad judía importante hasta la expulsión de 1492. Se calcula que llegaron a vivir varios centenares de personas. Paseando por estas calles entiendes bastante bien cómo debió de ser la vida entonces: talleres, comercio, vecinos que se conocen.
Mi forma favorita de recorrerlo es sencilla. Empieza en la plaza Mayor, baja sin mirar demasiado el mapa y deja que las calles te lleven. Tarde o temprano acabarás cerca del río Avia. Allí el ambiente se relaja un poco y suele haber sombra de árboles para parar un momento.
Cuando el pueblo se mete en la Edad Media
A finales de agosto Ribadavia cambia de piel con la Festa da Istoria. Durante un día el pueblo intenta recrear su pasado medieval: mercados, trajes de época, música tradicional y vecinos que se meten bastante en el papel.
La gracia está en que no parece una fiesta montada solo para quien viene de fuera. Mucha gente del propio pueblo participa, se viste y ocupa las calles como si aquello fuera una función colectiva.
A mí me pasó una vez llegar sin saber que coincidía con la fiesta. De repente había escribanos, mercaderes y gente negociando como si el siglo XXI se hubiera quedado fuera de las murallas. Ese tipo de sorpresa que no planeas pero que luego recuerdas años.
Comer sin prisa, beber con medida
Aquí se come como en buena parte del interior de Galicia: producto sencillo y raciones que no se andan con tonterías. Pulpo con cachelos, empanadas, carne al estilo tradicional… platos que funcionan porque llevan décadas haciéndose igual.
Si te gusta probar cosas menos habituales, la lamprea aparece en temporada en muchos sitios de la zona del Miño y del Avia. No es un plato que entre por los ojos —parece más bien un experimento de biología— pero tiene muchos seguidores. Si alguien del lugar te dice que la pruebes, probablemente merezca la pena hacer caso.
Y siempre con un Ribeiro al lado, claro. Aquí el vino suele ser blanco, fresco y fácil de beber. De esos que empiezan acompañando la comida y cuando te das cuenta ya se ha alargado la sobremesa.
El castillo que vigila el valle
Arriba del todo está el castillo de los Sarmiento. Lleva siglos ahí, mirando el valle como ese vecino que siempre sabe quién entra y quién sale del barrio.
La subida tiene su gracia porque el casco histórico va ganando altura poco a poco. Pero cuando llegas arriba se entiende por qué lo construyeron ahí: ves el río Avia serpenteando, las viñas alrededor y los tejados del casco antiguo apretados unos contra otros.
Si vas entre semana o fuera de temporada, suele haber bastante calma. Es buen sitio para sentarse un rato y mirar el valle. A veces se oye el río, a veces alguna conversación que llega desde abajo.
Ribadavia tampoco es un lugar perfecto. En verano hay más gente de la que las calles parecen capaces de manejar, y en invierno la humedad gallega se deja notar en las piedras. Pero tiene algo difícil de fabricar: vida real. Viñas alrededor, historia en cada esquina y ese ritmo tranquilo que hace que una simple caminata por el casco antiguo se alargue más de lo previsto.