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sobre Meis
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Hay pueblos que parecen inventados para que los de la ciudad digamos "qué paz", y luego está Meis, que es más bien ese vecino que se cruza contigo y sin conocerte te cuenta que el arroz con bogavante de su casa lo hace su suegra y que si quieres te invita. Con algo más de cuatro mil habitantes repartidos en varias parroquias y un puñado de colinas verdes, aquí no hay playa que venderte ni selfie de postal. Lo que hay es un monasterio medieval que huele a piedra mojada, un pazo con jardín de medio mundo y una ruta de molinos que te hace sudar lo mismo que subir a un quinto sin ascensor.
El monasterio de Armenteira y el paseo del río
El Monasterio de Santa María de Armenteira suele aparecer en cualquier conversación sobre Meis. La tradición dice que lo fundó un monje llamado Ero en el siglo XII, en un valle donde el silencio pesa bastante. Llegar hasta allí tiene parte de gracia.
Desde la zona baja del valle sale una senda que sigue el río entre molinos restaurados. Es la conocida Ruta da Pedra e da Auga. El recorrido completo es más largo de lo que mucha gente imagina si lo haces entero, aunque mucha gente se queda con un tramo y da media vuelta. En otoño huele a humedad y a hojas, y en invierno el agua baja con fuerza.
La iglesia del monasterio tiene un detalle curioso: una cúpula de aire mudéjar que no es lo que uno espera encontrar en Galicia. No es un sitio monumental en plan catedral, pero el conjunto tiene ese aire sobrio de los monasterios gallegos, con piedra oscura y silencio alrededor.
Consejo práctico: lleva agua y algo de comida si vas a caminar un rato. En el camino no hay kioscos ni nada parecido y la cobertura del móvil suele ir y venir.
El jardín botánico escondido del Pazo de La Saleta
Después de caminar, otro lugar que suele mencionarse en Meis es el Pazo de La Saleta. La finca es privada, pero los jardines se abren en visitas organizadas algunos días, normalmente reservando antes.
Lo interesante aquí no es tanto el edificio como el jardín. Lo plantaron con especies de medio planeta: camelias, magnolios, palmeras y árboles que no esperarías ver en esta parte de Galicia. Pasear por allí es un poco como cambiar de paisaje cada pocos minutos. Hay rincones muy cuidados y otros que parecen más salvajes.
No es un parque enorme, pero sí de esos sitios donde te entretienes mirando plantas que no sabes nombrar.
Serén y los molinos del valle
Muy cerca está Serén, una pequeña aldea de piedra que todavía mantiene bastante del aspecto tradicional: casas compactas, hórreos, caminos estrechos. Desde allí salen varios paseos cortos por el valle.
En los alrededores hay molinos restaurados y también algunos petróglifos en las rocas de la zona de Outeiro do Cribo. Son grabados prehistóricos bastante sencillos —círculos, líneas—, pero cuando piensas que llevan miles de años ahí, cambia un poco la perspectiva.
Si el suelo está húmedo, el barro aparece rápido. Calzado cómodo y ya está.
Comer algo por Mosteiro
Mosteiro funciona como centro del municipio: ayuntamiento, bancos, farmacia y unos cuantos bares de los de toda la vida. Nada sofisticado.
La escena suele ser la misma: gente del pueblo tomando algo a media mañana y platos de cocina gallega bastante directa. Pulpo, carne, cosas a la brasa cuando toca. El truco aquí es sencillo: entrar donde veas mesas ocupadas por gente del lugar y dejarte aconsejar.
Si buscas más ambiente o variedad, Cambados está relativamente cerca y ahí el movimiento ya es otro.
Mi resumen de amigo
Meis no es un sitio para quedarse una semana entera salvo que te guste caminar sin prisa y pasar tiempo entre viñedos y monte bajo. Funciona mejor como plan de medio día o de un sábado tranquilo: paseo por la ruta del río, subida hasta el monasterio, algo de comer por Mosteiro y, si coincide visita, un rato en el jardín del pazo.
Es ese tipo de lugar donde no pasa nada espectacular… y justo por eso se agradece parar un rato.