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sobre Ribadumia
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El olor a mosto te golpea en cuanto bajas del coche, aunque sea enero y las viñas estén peladas. Es ese aroma dulzón que se queda impregnado en los muros de hormigón de las cooperativas, como si el pueblo respirara al ritmo de las uvas que ya no están. En Ribadumia el vino no es un producto: forma parte del aire. Casas bajas de tejado a dos aguas, caminos de tierra rojiza y el río Umia serpenteando entre parcelas de albariño que en verano levantan un verde casi brillante.
El río que lo bautizó
A primera hora, antes de que los tractores se pongan en marcha, el Umia suele llevar un velo de niebla que se desgarra entre los fresnos. Desde el puente de Pontearnelas —ese de arcos desiguales que muchos aquí llaman «ponte dos padriños»— se oye a veces el chapoteo de los peces cuando se apartan de la sombra.
La senda fluvial arranca justo aquí. Son varios kilómetros de grava compactada entre Pontearnelas y Barrantes, prácticamente llanos. Te cruzarás con gente paseando al perro, ciclistas con ropa de domingo y algún abuelo caminando despacio con bastón. Si vas sin prisa tardarás más de lo que marcan los paneles: hay lavaderos de piedra donde la gente se queda un rato mirando el agua y restos de molinos que obligan a parar, aunque sea solo para asomarse.
Cuando el pan se medía en «cuncas»
A mediados de verano, cuando se celebra la Festa do Pan, la carballeira del pueblo se llena de humo de horno de leña y de voces preguntando precios. Durante unas horas aquello funciona como un obrador al aire libre: mujeres con delantal amasan sobre tablas grandes mientras los niños imitan el gesto de marcar la masa con el pulgar.
El pan de aquí siempre ha sido contundente. Tradicionalmente se hablaba de cuncas —la palma abierta— y de ferrados —el puño cerrado— para medir. Las hogazas salen envueltas en papel de estraza y todavía calientes. Si la partes en el coche, el olor a cereal tostado se queda dentro todo el camino.
El tinto que bautiza una parroquia
A comienzos de junio Barrantes suele llenarse de mesas largas y vasos de barro. Es la fiesta del tinto, una variedad que se cultiva sobre todo en este valle y que tiene un color oscuro, casi opaco cuando lo miras a contraluz.
Se sirve en cazuelas o tazas de barro que se calientan enseguida en la mano. El primer sorbo suele ser áspero, con algo de mora y un punto metálico que muchos asocian al suelo húmedo de la ribera del Umia. La música empieza al mediodía y la gente va y viene entre las mesas durante horas, con niños correteando y mayores sentados en sillas plegables mirando el movimiento.
Entre castros y molinos que susurran
Si te sobra tarde, sube al Castro de Besomaño antes de que caiga el sol. El outeiro apenas se levanta sobre la vega, pero desde arriba el viento trae el ruido de los aspersores y el zumbido lejano de la carretera. Hoy lo que queda son taludes redondeados y piedras cubiertas de musgo; aun así se distingue bien la forma circular del antiguo asentamiento.
Muy cerca, la Ruta da Pedra e da Auga se interna por un valle húmedo donde aparecen uno tras otro viejos molinos hidráulicos. Algunos conservan parte de la rueda o los canales de granito; otros son solo muros bajos invadidos por la vegetación. El agua corre todo el tiempo por regatos estrechos y pulidos. Caminar aquí es escuchar ese murmullo constante que se mezcla con pájaros y hojas moviéndose.
Cuando regreses hacia Barrantes, fíjate en la iglesia de San Andrés. El edificio actual es relativamente reciente, aunque en los muros aún aparecen piezas más antiguas reutilizadas. A ciertas horas del día la puerta suele estar abierta y dentro se respira ese olor a piedra fría y cera gastada tan común en las iglesias rurales.
Al salir, no es raro encontrarse a alguien vendiendo empanadas caseras envueltas en papel. Las de millo crujen más que las de trigo y el relleno todavía humea cuando las abres. La mayoría se las come allí mismo, apoyado en el capó del coche o sentado en un banco, mirando cómo la luz de la tarde se queda atrapada en los alambres de las parras que cubren algunas fachadas.
En otoño llega la vendimia. Durante esos días las manos acaban teñidas de morado y las cooperativas trabajan sin descanso. A veces se organizan comidas populares o pequeños actos en torno al vino nuevo, con mesas largas en el atrio o bajo carpas improvisadas. La conversación suele alargarse más que el programa oficial.
Cuándo ir: primavera si te apetece caminar junto al Umia con agua abundante; comienzos de verano si coincide con la fiesta del tinto; finales de verano para el ambiente del pan y las viñas cargadas. En algunos fines de semana de julio y agosto el entorno se llena bastante.
Cómo llegar: Ribadumia queda en el corazón de O Salnés, entre Cambados y A Illa de Arousa. Se llega por carreteras comarcales bien señalizadas desde la AP‑9 y otras vías principales. El terreno es bastante llano y moverse en coche resulta sencillo; en el centro de Barrantes conviene aparcar en las calles más anchas y continuar a pie.