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sobre Vilanova de Arousa
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Las bateas aparecen al amanecer como un dibujo a lápiz sobre el agua. Desde el paseo de O Terrón, la ría de Arousa parece un espejo rayado donde el mejillón crece en silencio. A primera hora, cuando aún hay poca gente caminando junto al mar, Vilanova huele a pan recién hecho y a marisco vivo. Algunos barcos regresan al puerto con la pesca de la noche; las sardinas, todavía brillantes, saltan en las cajas como monedas recién pulidas.
El turismo en Vilanova de Arousa se encuentra primero con esa escena: la ría abierta, las plataformas de cultivo flotando en hileras irregulares y el sonido constante del agua golpeando los muelles.
El sabor de la ría
En el mercado de abastos el ruido empieza pronto. Las pescaderas hablan alto entre ellas mientras pesan almejas y berberechos todavía húmedos de ría. El marisco llega con ese olor limpio, salino, que se queda en las manos incluso después de lavarlas.
Los berberechos suelen venderse aún vivos, cerrando las valvas cuando alguien roza la cesta. Las almejas se abren allí mismo para comprobar que están frescas. No hay demasiada decoración ni explicaciones: básculas, hielo picado, cajas de plástico y conversación.
En muchas casas la empanada de zamburiñas sigue haciéndose como siempre, con un sofrito lento de cebolla, pimiento y tomate antes de cerrar la masa. Si preguntas por la receta, lo más probable es que te respondan con medias frases y algún gesto con la mano. Aquí esas cosas se aprenden mirando.
El Camino que viene por mar
Desde el puerto deportivo salen embarcaciones que remontan la ría hacia el río Ulla siguiendo la llamada Traslatio, la ruta marítima vinculada a la tradición jacobea. Es uno de los pocos tramos del Camino de Santiago que se hace navegando.
La travesía avanza entre bateas, islotes bajos y bandadas de cormoranes que se quedan quietos sobre los postes de madera, con las alas abiertas para secarse. Cuando la marea baja, el agua cambia de color y aparece ese olor a barro salado tan propio de las rías.
Algunos patrones de la zona cuentan historias de familiares que transportaban gente río arriba mucho antes de que esto se organizara como ruta para peregrinos. Entonces eran viajes sencillos, sin más historia que remar, comer algo de pan con pescado y dejar a la gente lo más cerca posible de Compostela.
La colina donde el viento dobla
Subir a Monte Lobeira implica una carretera estrecha que serpentea entre pinos y eucaliptos. El último tramo suele hacerse despacio, buscando un hueco donde dejar el coche.
Arriba, el mirador abre toda la ría de Arousa de golpe. Las bateas forman un tablero irregular que se mueve apenas con la marea. Con buena visibilidad se distinguen las otras orillas: O Grove hacia el oeste, la península de O Morrazo más lejos, y las aldeas desperdigadas del otro lado del agua.
Cuando entra niebla, algo bastante habitual en ciertas mañanas, el monte queda como suspendido sobre una nube baja. El viento trae a ratos el sonido de campanas lejanas o el motor de alguna lancha que no se ve.
Si subes en otoño o invierno, abrígate aunque abajo haga buen día. Allí arriba el aire corre con ganas.
Cuando el pueblo huele a mejillón
Cada verano, normalmente en agosto, Vilanova dedica varios días al mejillón. Durante la fiesta el paseo marítimo cambia: mesas largas, ollas enormes soltando vapor y gente esperando su ración con un trozo de pan en la mano.
Las conchas negras se amontonan rápido. Al abrirse, el olor a mar caliente se mezcla con el de la cerveza y el del limón recién cortado. No es raro ver a familias enteras trabajando juntas en las casetas, abriendo valvas y llenando platos sin parar.
Conviene acercarse pronto si quieres caminar por la zona sin aglomeraciones. Por la noche y durante el fin de semana el pueblo se llena bastante y aparcar cerca del paseo se vuelve complicado.
Cuando cae la tarde, la luz baja sobre las fachadas de la parte vieja y la ría se vuelve dorada durante unos minutos. Desde el mirador donde está el cartel de “Presume de Vilanova”, casi siempre hay alguien sentado mirando el agua o consultando el móvil sin prisa.
Las bateas siguen allí, quietas en apariencia. Debajo, colgando de largas cuerdas, los mejillones crecen al ritmo lento de las mareas que llevan siglos marcando la vida aquí, en el mismo pueblo donde nació Valle‑Inclán, a pocas calles del puerto.