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sobre Cerceda
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“¿Y eso qué narices es?” Fue lo primero que pensé cuando vi el cartel. Íbamos dando vueltas por carreteras secundarias de la comarca de Ordes cuando apareció un búho enorme hecho con chatarra al lado de la carretera. Tres metros fácil. No era un sueño raro: era Cerceda diciéndote que aquí pasan cosas que no te esperas en un pueblo de cinco mil y pico habitantes.
Y eso, cuando viajas por Galicia, siempre es buena señal.
El pueblo que decidió llenar todo de museos
Cerceda tiene algo curioso: para el tamaño que tiene, acumula bastantes museos. Haces la cuenta rápida y salen más de los que uno esperaría en un municipio así.
El más famoso es el Museo do Búho. Y no es una vitrina con cuatro figuras: la colección ronda los miles de búhos de todo tipo. De madera, de cerámica, de metal, de plástico… Si alguna vez alguien fabricó un búho decorativo en cualquier parte del mundo, hay bastantes posibilidades de que uno haya terminado aquí.
Lo interesante no es solo la colección, sino la historia detrás. La propietaria lleva décadas reuniéndolos y te los enseña con esa mezcla de orgullo y paciencia de quien conoce cada pieza. Sales de allí con la sensación de haber entrado en la casa de alguien más que en un museo al uso.
Luego está el Museo da Minería, que ayuda a entender por qué Cerceda cambió tanto durante el siglo XX. La gran mina de lignito de Meirama marcó el ritmo del municipio durante años. Hoy la actividad minera ya no es lo que era y el paisaje ha cambiado bastante —de hecho la antigua explotación terminó transformándose en un enorme lago—, pero el museo explica bien cómo funcionaba todo aquello y qué significó para la zona.
Caminar por donde antes pasaba un tren de carbón
La Senda Verde de Cerceda sigue el trazado de un antiguo ferrocarril minero. Antes por aquí circulaban trenes cargados de carbón; ahora pasan ciclistas, gente paseando al perro y algún corredor que parece entrenar para una maratón.
Son unos cuantos kilómetros bastante llevaderos porque el recorrido apenas tiene desnivel, algo que siempre se agradece. A ratos vas entre bosque y a ratos se abre el paisaje hacia el valle. Si te gustan esas rutas tranquilas donde puedes caminar sin mirar constantemente el mapa, este tipo de vía verde funciona muy bien.
Cerca está también el castro de Montemaior, uno de esos asentamientos antiguos que aparecen en muchas colinas gallegas. Las excavaciones sacaron a la luz piezas de valor, incluidos torques de oro, lo que da una idea de que la zona estaba lejos de ser un rincón perdido hace dos mil años. Hoy el lugar es más discreto, pero sigue teniendo buenas vistas del entorno.
El día que medio municipio está comiendo cochinillo
En verano hay una cita bastante conocida en la zona: la Festa do Cochiño de Acevedo. Suele celebrarse a finales de julio y ese día el pueblo se llena.
La dinámica es sencilla: mesas largas, platos de cartón, pan y raciones de cochinillo que van saliendo sin demasiadas ceremonias. No es una comida elegante ni pretende serlo. Es más bien comida de fiesta popular: gente de pie, grupos grandes, conversaciones que empiezan con el clásico “¿de dónde venís?”.
Si vas ese día lo normal es encontrar bastante ambiente y cola para recoger la comida. Forma parte del plan.
El parque acuático que salva muchos veranos
Otra cosa que sorprende cuando miras el mapa es que Cerceda tiene un parque acuático bastante conocido en Galicia.
No es uno de esos complejos gigantes que ves en la costa mediterránea. Aquí la escala es más contenida: varios toboganes, piscinas, zonas de césped y muchas familias pasando el día. En julio y agosto se llena de chavales que llegan en grupos y de padres que se instalan con la toalla mientras los niños suben y bajan de los toboganes como si no se cansaran nunca.
En un par de horas te has montado en todo, pero para un día de calor en el interior de A Coruña funciona sorprendentemente bien.
Mi consejo de amigo
Cerceda no es un pueblo de postal. Hay polígonos, carreteras con tráfico y barrios que crecieron rápido cuando la mina estaba en pleno rendimiento. Pero justo por eso tiene ese punto de lugar vivido, no preparado para la foto.
Yo lo plantearía como una escapada corta: paseo por la Senda Verde, curiosidad en el museo de los búhos, y si coincide alguna fiesta local, mejor todavía. Durante el año también hay ferias ganaderas y eventos tradicionales que siguen reuniendo a bastante gente de la comarca.
No es el típico destino del que todo el mundo habla. Y a veces, cuando viajas por Galicia, eso juega a favor. Porque acabas encontrando cosas raras —como un búho gigante de chatarra en mitad del camino— que no salen en las guías. Y son las que luego recuerdas.