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sobre Frades
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El olor a tierra mojada sube por las botas cuando cruzas el primer repecho después de Ponte Carreira. Son las nueve de la mañana, ha llovido durante la noche y los campos de maíz tienen ese verde casi eléctrico que solo dura unas horas. En este punto entiendes rápido cómo es el turismo en Frades: carreteras comarcales tranquilas, fincas abiertas y esa sensación de estar en un sitio donde la mañana empieza despacio.
Por la carretera apenas pasan coches. Una mujer mayor lleva un cubo de plástico azul con lechugas recién cortadas. Te mira, asiente, sigue caminando. Nadie parece tener prisa en Frades, y eso que Santiago queda relativamente cerca en coche.
Un municipio hecho de aldeas
Frades no funciona como el pueblo que uno imagina al mirar el mapa. No hay una plaza mayor clara ni una calle principal donde acabe todo el mundo. El municipio se reparte en aldeas pequeñas, algunas con cuatro o cinco casas, otras algo más grandes: Gafoi, Vilar de Frades, San Mamede.
San Mauro, donde está el ayuntamiento, es más bien un cruce de carreteras con servicios básicos y poco más. La vida aquí está muy repartida: casas separadas por prados, hórreos junto a los caminos, perros que ladran cuando pasa un coche que no conocen.
La primera vez que vi el embalse de Portomouro fue en octubre. El agua estaba tan quieta que los eucaliptos se reflejaban enteros, sin una sola arruga. Hay un punto en la carretera, a mitad de una cuesta, donde la curva se abre y aparece el embalse de golpe. Paré allí mismo.
Se oyó un chapoteo lejano: un pescador en una barca de aluminio remaba despacio, con la caña apoyada entre las rodillas. Los embalses rara vez salen bien en las fotos, pero cuando estás allí cambia la cosa: el agua oscura, las laderas suaves alrededor y ese silencio que solo rompen las aves o el motor lejano de un tractor.
Iglesias y piedra antigua
En Vilar de Frades hay un antiguo conjunto monástico de origen muy antiguo, ligado durante siglos a comunidades benedictinas y rehecho varias veces a lo largo de la Edad Media. La iglesia conserva formas románicas sencillas y un interior donde la madera del techo está oscurecida por el paso del tiempo y el humo de velas de muchos años.
La puerta principal suele estar cerrada, pero a veces hay alguien cerca que abre si preguntas. Dentro todo suena hueco: el eco de los pasos, el roce de la chaqueta contra los bancos. Huele a cera y a piedra fría. No hay paneles modernos ni recorridos marcados, solo el edificio y el silencio.
Más arriba, en Gafoi, la iglesia de Santa Mariña parece más pequeña de lo que uno espera al acercarse. Probablemente tenga origen medieval, aunque las reformas posteriores han cambiado bastante el aspecto. La piedra clara coge un tono dorado cuando el sol cae de lado al mediodía.
A un lado del atrio queda un hórreo viejo con la base oscurecida por la humedad. A menudo no hay nadie alrededor. Algún gato se estira sobre el muro y se marcha en cuanto oye pasos.
El pazo en lo alto de la loma
El Pazo de Galegos aparece después de una pista de cemento que sube entre eucaliptos. Desde abajo no se ve nada; de repente la loma se abre y aparece la casa: volumen grande, casi cuadrado, con torreones en las esquinas y un escudo de armas tallado sobre la fachada.
Hay una historia bastante repetida en la zona: que la viuda de Carlos II, Mariana de Neoburgo, pasó aquí una noche cuando viajaba hacia Santiago a finales del siglo XVII. No es raro que estos pazos acumulen relatos así; muchos funcionaban como lugar de paso para gente importante que cruzaba Galicia.
Hoy la finca es privada y el interior no se visita. Desde la verja se alcanza a ver el patio y una fuente que lleva tiempo sin agua. Las contraventanas verdes están cerradas y el lugar tiene ese silencio de las casas grandes que apenas se usan.
Cuándo ir y qué tener en cuenta
La primavera suele ser el momento más agradecido para recorrer Frades. Los prados están muy verdes y los caminos todavía no levantan polvo. También es cuando los arroyos bajan con más agua. Eso sí, la lluvia aparece con facilidad, así que conviene llevar calzado que aguante barro.
En verano los días son largos y tranquilos, pero el sol cae fuerte en las pistas abiertas. Aquí hay poca sombra fuera de los bosques y los trayectos entre aldeas pueden hacerse largos a pie.
Conviene llevar algo de efectivo y agua si vas a moverte por el municipio. Los servicios están repartidos y no siempre hay un cajero o una tienda cerca cuando los necesitas.
Frades no tiene grandes monumentos ni calles pensadas para pasear mirando escaparates. Lo que hay son caminos que se vuelven barro después de llover, vacas mirando desde el otro lado de una alambrada y carreteras estrechas donde el único sonido es el del viento moviendo los eucaliptos. A veces eso basta.